viernes, 22 de enero de 2016

LE BALLON ROUGE (El globo rojo, Albert Lamorisse, 1956)


LE BALLON ROUGE (El globo rojo, Albert Lamorisse, 1956)
 
 
 


Se ve, se vuelve a ver, se revisa, emociona en las mismas imágenes, encuentras detalles que en otras ocasiones pasaron inadvertidos. Sólo las ropas y los automóviles te indican que ha pasado mucho tiempo desde que Lamorisse filmó a su hijo Pascal por las calles de Belleville y Menilmontant, barrios cosmopolitas y populares de París, acompañado por un misterioso globo rojo. Han pasado 60 años, uno sobre otro, pero la película permanece fresca y moderna. El elogio de la imaginación difícilmente perderá su magia. Un globo inteligente, comprensivo, juguetón, fiel. Un globo que se convierte, en apenas un par de días, en el amigo verdadero de Pascal; un globo que le espera a la intemperie, pasa la noche en la ventana, le acompaña al colegio, le sigue cuando a Pascal no le dejan montar en el autobús con él.
 
 
 


La magia de unas imágenes que sabes que no pueden ser ciertas pero que crees, por la maravillosa fuerza de una historia simple, que puede ser verdad. Un niño a quien vemos sin relaciones con ningún adulto ni ningún otro niño. Vestido de gris, en una década que tiene el recuerdo de la guerra muy reciente y viviendo en un barrio fundamentalmente obrero, ese niño parece no tener ni padres ni amigos. Sólo una mujer mayor, que podría ser una abuela o una madre tardía, le acompaña o aparece en pantalla como referente adulto. Una persona que, lo primero que hace, es expulsar ese globo de la casa. Los juegos, la imaginación, parecen prohibidos en la vida doméstica de Pascal.
 
 
 


Ese globo no te puede abrazar, no puede hablar. Sólo puede seguirte, esperarte, acompañarte, dejarse coger o jugar a no dejarse agarrar. Amarrado a un poste, el niño que lo libera obtiene su agradecimiento y su compañía. No será de nadie más, y quien intente o consiga retenerlo tendrá que tener muy en cuenta que, a la más mínima ocasión, el globo escapará para volver con Pascal. Para Pascal ese globo, sin saberlo, y seguramente sin entenderlo por su corta edad, representa un desafío a la autoridad. El globo es único, no hay más como él, o, al menos, no son conocidos, viven y aparecen en la clandestinidad. Es sinónimo de individualidad, de marcar diferencias con el grupo, con la masa informe destinada a pensar y actuar en un único sentido. La simple compañía del globo provoca a Pascal más problemas que los que tenía antes, y sin embargo, prefiere los problemas a perder a su amigo globo.
 
 
 


Esa frescura, ese aire naïf de las imágenes, esa cara ilusionada del niño acompañado por un globo mientras los parisinos observan intrigados cómo puede conseguirse que un objeto inanimado se comporte como si fuera otro niño más, o como una mascota que brinda amor incondicional a su amo, dota a la película de todo el aspecto de un cuento infantil. Un cuento infantil en el que la pesadilla, el papel del ogro, no lo ostenta ningún adulto castigador, sino el resto de niños. La envidia de no poseer algo parecido provoca que, si no todos pueden tener ese globo fabuloso, nadie lo va a tener. En el camino de Pascal se empezarán a cruzar otros globos, uno azul con el rojo de Pascal que pertenece a una niña vestida de blanco, los colores de la bandera invitando a la mezcla y a la modernidad.
 
 
 


En un París que aparenta la grisura del invierno tardío o de una primavera retrasada, la nota de color que proporciona ese globo cautiva la mirada, niño y globo pasan a ser uno solo, una imagen de optimismo y felicidad que, quien no puede disfrutarla, difícilmente va a tolerar. El globo perturba porque es inexplicable, pero perturba más a quien se cree racional, a los adultos. Por eso se castigará a Pascal como si fuera el culpable de que el globo deambule por el patio del colegio o por las clases mientras espera que termine la jornada escolar. Si la situación no es racional, mejor no entenderla y aplicar soluciones irracionales para reestablecer una autoridad quebrada. El color, el color. El color de los globos y esos cuatro últimos minutos en los que los globos de París cobran vida y acuden a consolar y agradecer a Pascal su relación con su colega el globo rojo. Al final había más globos, más identidades ocultas dispuestas a revelarse, a liberarse, a soltar amarras y lanzarse a un infinito cielo sobrevolando un mundo ajeno a la ilusión.
 
 
 
 
 


Pascal pierde un globo como efecto de la envidia y de la soledad, pero cuando a Pascal le recogen centenares de globos eso ya es imparable, no hay quien pueda detener a la alegría, a la imaginación, a la libertad cuando quienes lo promueven son muchos, incluso mayoría. La libertad sale por las ventanas y marcha en busca de Pascal, colores de todas las formas y tamaños, colores y texturas. Rodean a Pascal para invitarle a sumarse a ellos, él es el niño globo, el único capaz de entenderse con todos ellos, el único dispuesto a volar por encima de París con absoluta libertad y alegría. Un goce visual lleno de ternura y esperanza. Quién pudiera volar así sobre la ciudad…….