sábado, 30 de enero de 2016

KRIGEN (Una guerra, Tobías Lindholm, 2015)


 
KRIGEN  ( Una Guerra, Tobías Lindholm, 2015)
 
 

En determinados momentos el sonido desaparece, cuanto mayor es la intimidad o el ensimismamiento de los personajes, el director nos excluye de la palabra y del sonido ambiente, respetando, al máximo, los propios silencios de los personajes o su estado de shock emocional. Mientras ellos, fundamentalmente el comandante Claus, bordean el vacío existencial o el ensimismamiento de la culpa, nosotros como espectadores somos lanzados a ese estado de silencio forzado, somos invitados a acompañar al militar y pensar, ¿habríamos actuado de otra manera en la misma situación?, probablemente no, el miedo y el instinto de supervivencia nos obligaría a intentar salvarnos.
 
 
 

Parece que al cine nórdico, en este caso danés, no le molesta ni le incomoda, presentar una realidad tan oportunamente silenciada en España. Los daneses enviaron tropas a Irak, a Afganistán. Mal que le pese al oficialismo servil, los ejércitos no son máquinas de paz, son una respuesta para un conflicto, un elemento disuasorio y de fuerza, cuando no el propio origen. De los inefables territorios hortofrutícolas en los que nuestros soldados parece que disfrutaban de las delicias de las mil y una noches, a la realidad de lo que sucedía, media el abismo que existe entre un político decente y otro que no lo es. Que yo recuerde, sólo el notable documental “Game over”, de Alba Sotorra, se ha atrevido a mostrar en imágenes la verdad de nuestras tropas en Afganistán, y cómo se ha disparado para eliminar sospechosos. Tal y como hace el contingente al mando del comandante Claus en la película. Tras la acción insurgente sigue la reacción controlada pero igualmente letal. De esa manera la rueda sigue girando y el conflicto bélico se perpetúa, con civiles interpuestos e indefensos.
 
 
 

El ejercicio de extrañamiento espacial que para el soldado y su familia supone compatibilizar la ausencia, mientras la vida continua sin pausas en su entorno, ha sido muchas veces retratado en el cine. Bien porque socava la relación entre la pareja, porque desequilibra psicológicamente al que está en medio de un conflicto bélico, o porque hace visibles los problemas que ya existían antes de irse de misión al frente. Esto también está muy bien tratado en “Krigen”, que nos acerca al “American sniper” de Eastwood sin necesidad de viajes y misiones encadenadas. Los meses que van transcurriendo hasta que el militar pueda regresar a su casa, agotan psicológicamente a los adultos y empiezan a producir disfunciones en los menores. En ese engarce entre las misiones diarias del batallón danés y el estrés de Marie, encargándose sola de los tres hijos del matrimonio y de su trabajo, se encuentra lo mejor de la película. Ambos territorios se van convirtiendo en campos de batalla que deben ser pacificados, pero por más que Marie y Claus lo intentan en su ámbito, la situación, en vez de mejorar, empeora.
 
 
 

Hasta las acciones más bien intencionadas pueden producir consecuencias, los dos son sometidos a situaciones límite que precisan de su demostración de liderazgo. Dos imprudencias para conseguir evitar un mal mayor, o simplemente el desbordamiento del límite humano para asumir responsabilidades. El retorno de Claus a casa no es consecuencia de la finalización de la misión ni va a suponer el retorno de la estabilidad familiar cotidiana. Es una decisión del mando tras un bombardeo con bajas civiles ordenado por Claus para salvar a sus hombres. A partir de este momento el relato se vuelve mucho más convencional y clásico. Pese al toque de corte psicológico para reflejar la culpabilidad interna del militar, lo que termina predominando es el relato judicial. Un relato judicial con un final consecuente, en el que, como bien dice el abogado, no se vende ética ni moral, sino absoluciones. La incertidumbre de la investigación, y el convencimiento de Claus de que no puede decir toda la verdad, porque de hacerlo, no cabrían matices en su decisión y sería condenado, afectan al entorno. Frente al deber moral personal se impone el deber familiar, pensar no sólo en lo correcto y en uno mismo sino en los que dependen de ti. Del mismo modo que ordenó el bombardeo sin asegurarse plenamente de la localización del enemigo, con el objetivo conseguido de salvarse, Claus ha de renunciar a parte de su integridad personal para salvar a su familia.
 
 
 
 

En ese frío y desolado invierno del campo danés, la solidaridad y el calor de los soldados que apoyan a su jefe, no va a devolver a éste la sensación de derrota personal. No va a olvidar los desérticos páramos, los cuerpos asesinados de los afganos que confraternizaron con los soldados extranjeros, ni los miembros amputados de los soldados daneses víctimas de emboscadas, ni los pies de los niños muertos en los bombardeos. Esos pies que ahora arropa en su casa gracias a la decisión que le sienta en el tribunal como acusado, Claus sabe que se salvó y salvó a sus hombres, pero que en su decisión arrastró a civiles. La duda permanente de si pudo actuar de otra manera le va a perseguir y va a pesar demasiado en su vida futura. Dejamos a Claus sentado en el exterior, en un silencio absoluto ausente de sonido ambiente. Recomponer los trozos y recuperarse nos importa menos, como saber que, detrás de la decisión política de hacerse una foto salvando al mundo, hay personas que padecen las consecuencias allí, y otras que las van a soportar en el futuro a su regreso a casa. Esto no se cuenta ni se gestiona, pertenece al ámbito de la persona. Yo te creo el riesgo, pero tu pagas y asumes las consecuencias.