lunes, 18 de enero de 2016

IM KELLER (EN EL SÓTANO, IN THE BASEMENT, Ulrich Seidl, 2014)


 
IM KELLER (EN EL SÓTANO, IN THE BASEMENT, Ulrich Siedl, 2014)

 


¿Qué es lo normal? ¿Qué significa lo correcto? ¿Alguna de las personas que salen en pantalla no son normales? ¿Acaso sus aficiones o sus maneras de relacionarse, de obtener placer, no dejan de ser humanas? Es más que probable que nuestro sentido estético o del placer nos haga repugnar determinadas situaciones, compadecer otras, abominar de alguna, pero en el fondo, el retorno de Seidl al documental después de su trilogía “Paraíso, Fe, Esperanza”  fe y su no menos turbadora “Import/Export” no supone más que enfrentarnos con nuestro propio retrato social. Seidl, cuya capacidad de remover y sacar a la luz lo más enfangado de nuestro comportamiento es superlativa, opta por el documental para que no tengamos dudas. Así son y así se comportan esta decena larga de ciudadanos austriacos que se revelan como realmente son en el interior de sus sótanos, algo que seguramente no será exclusivo de esa sociedad y hasta podría encontrarse al lado de nuestra casa.
 
 
 


Si en el origen del documental se encuentra la noticia del “monstruo de Amstetten”, aquel padre que durante 24 años tuvo a su hija secuestrada en un sótano, violándola y abusando de ella sistemáticamente, lo desconozco. Pero si Seidl ha querido enfrentar a sus conciudadanos con la evidencia de que no es tan excepcional comportarse de manera privada de un modo muy distinto a como nos comportamos en público, ha dado en el clavo con precisión. La composición de Seidl es fría, su cine siempre ha sido frío y distante, pero en este documental se coloca deliberadamente a una distancia aún mayor de sus protagonistas. Quedan enmarcados en los fotogramas de tal manera que sus cuerpos quedan empequeñecidos en relación con sus sótanos, el sótano aparece tan grande que simula la verdadera casa, el verdadero hogar de las personalidades ocultas, o semiocultas de esta galería de personajes en la que no nos cuesta ver muchos de los males que están latentes en la sociedad occidental.
 
 
 


Aceptamos mejor la violencia, física o verbal, que la representación del sexo violento, aunque éste sea consentido. Y el documental, porque no hay que olvidar que se trata de un grupo de personas que han decidido abrir sus sótanos a la cámara y no ocultar su condición, no se esconde. Por la pantalla desfilarán racistas, cazadores compulsivos, misóginos, nazis, sádicos, amas, esclavos, masoquistas, prostitutas, matrimonios aburridos, jóvenes indefinidos. Seidl los retrata con la cámara en sus espacios de libertad, mantiene su mirada durante segundos que se hacen eternos para que miremos esos rostros, rostros anónimos y anodinos que se exponen como en un escaparate, rostros también incómodos por enfrentarse a la apertura de su espacio, pero se supone que nadie les ha obligado a hacerlo. Una feria de vanidades y de egos ocultos que han encontrado un mecanismo de expresión para reivindicarse y exponer su intimidad. Es cierto, en apariencia ninguno de ellos daña a nadie, todo lo que aparece en pantalla es consentido y compartido, desde la más absoluta nimiedad del coleccionista de trenes en miniatura hasta la reunión de nazis.
 
 
 


Imagino una sala llena de espectadores sin saber lo que van a ver y una progresiva riada de ellos abandonando la sala despavoridos, heridos en su concepción de un mundo “normal” de personas “normales”. Puede ser lógico, conozco exhibidores con derechos para proyectar que prefieren no hacerlo y devolver la película como si tal cosa, no solemos aceptar que lo que no nos gusta también forma parte de la sociedad, nos rodea, está con nosotros normalmente oculto, y cuando una anomalía sale a la luz es simplemente porque tras ella ha ocurrido una desgracia extraordinaria. Son seres normales que tienden a dar rienda suelta a sus aficiones, a sus perversiones, a sus ideologías, en la intimidad, algo de lo más usual. Lo que no es tan usual es que lo ocurre tras esas ventanas a ras de suelo de los sótanos de viviendas unifamiliares de clase media acomodada, o sin estrecheces, se exhiba públicamente. No es normal que una mujer de edad para ser abuela se deje filmar en su sótano escogiendo día tras día a un muñeco con nombre diferente para tenerlo en brazos, hablarle, dirigirse a él como si fuera su verdadero hijo, que suponemos que nunca ha existido, o que una pareja se deje filmar en sus prácticas sexuales masoquistas, o una ama veje y humille al esclavo que es su marido, o literalmente le cuelgue de un gancho mediante una cuerda atada a sus testículos, o un nazi confraternice a toque musical de banda de metal con sus camaradas de todas las edades, o un sesentón haga prácticas de tiro virtual con sus camaradas disparando contra musulmanes al tiempo que sus conversaciones giran alrededor de la inferioridad racial de los musulmanes, o que una mujer madura, atada con sogas y desnuda, cuente cómo fue víctima de violencia de género al tiempo que se somete a prácticas masoquistas que la proporcionan placer.
 
 
 


Lo anormal no se encuentra en que existan éstas y otras prácticas privadas, libremente consentidas y libremente aceptadas por sus partícipes. Lo raro, y de ahí la virtud de Seidl, es que alguien quiera exponerse públicamente ante sus vecinos, sus amigos, sus familias, mostrando su intimidad de esta manera. No puede escandalizarnos, o no debería, ver lo que hacen, tan antiguo como la historia de la humanidad, sino la falta de pudor para retratarse y exhibirse. Seidl no juzga, no tiene porqué, ni ridiculiza a sus personajes, simplemente les filma mientras hacen lo que quieren en sus sótanos, son sus actos los que los definen y no la obra del director. En suma, hay muy poca diferencia entre los personajes de ficción de sus películas y estos seres reales en una sociedad privilegiada. No sé si la realidad supera al arte, pero en este caso ambos van de la mano. Posiblemente ningún guionista hubiera sido capaz de reunir, en una sola película, esta galería de comportamientos socialmente mal vistos pero que no pierden ni un rasgo de humanidad en su muestra, comportamientos que nos incomodan como a la mujer que, en el último plano de la película, se revuelve dentro de una jaula intentando encontrar una posición cómoda para pasar la noche.