jueves, 7 de enero de 2016

FURY ROAD MAD MAX (George Miller, 2015)


 
FURY ROAD (George Miller, 2015)

Max, el chatarrero.
 

Reivindico el papel de la crítica como algo esencial para descubrir, para fomentar el consumo de cualquier producto cultural, para crear, incluso, un estado favorable a determinado tipo de cine, en este caso, y sobre todo para hacer llegar a un potencial público el estado de expectación sobre una obra futura aportando argumentos sólidos que inviten a su visionado posterior. Entre la crítica y el aficionado al cine que escribe hay un abismo insuperable, o debería haberlo. El de la formación, el del conocimiento del lenguaje cinematográfico, el del bagaje cultural necesario para atreverse a cuestionar o alabar una obra de arte. Lo de muchos de nosotros es mero diletantismo, un ejercicio de onanismo en el que produce satisfacción reflexionar sobre lo que gusta y aún más saber que hay personas que te leen. Lo que muchas veces pongo en duda es hasta dónde mucha de la crítica profesional difiere, en su formación cinéfila de la mía, o dónde poner la barrera del profesionalismo frente al amateurismo cuando leo una reseña cinematográfica sobre un estreno, y sobre todo cuando la crítica acoge sin rechazo aparente cuál es el momento para hablar de una película porque una distribuidora decide lanzar un estreno aunque el crítico de turno haya podido ver la película en un festival un año antes y se haya guardado el comentario hasta el momento del lanzamiento comercial, de una manera entonces, en que la propia crítica entra a formar parte, posiblemente de manera inconsciente, de un mecanismo comercial que le tendría que ser ajeno.
 
 

No se cuantos cientos de críticos acreditados concurren al festival de Cannes año tras año, he leído que cerca de 2000 acreditados de prensa. Imagino que el festival de Cannes es más serio al otorgar acreditaciones, porque conozco por experiencia personal lo relativamente fácil que puede ser acreditarse como prensa en muchos otros de categoría inferior, donde muchos no dejamos  de ser infiltrados, usurpadores que hemos encontrado un hueco minoritario para que nos publiquen en algún sitio y gozar de ciertos privilegios al asistir a los pases de las películas pero que no dejamos de ser aficionados, o muy aficionados al cine pero sin mayores pretensiones. Y digo esto porque ¿es posible que se produjera una catarsis colectiva entre la crítica presente en Cannes que lanzó imparablemente a esta película y la elevó, innecesaria e inmerecidamente, a las altas cumbres del año cinéfilo sin que nadie después se haya atrevido a levantar la voz de la disidencia?
 

Como ya he desistido de coincidir en gustos con casi nadie más que con mi propio convencimiento, pero como estoy dispuesto a reconocer que una película vista en un mal día puede merecer un juicio apresurado y condicionado (díganmelo a mí, que me salí de la sala donde proyectaban El elogio del amor de Godard y ahora es mi película preferida del autor, o cómo con alrededor de 18 años pude patear la espiga de oro a Terence Davies y ahora lo considero un autor de primer orden con las mismas películas que antaño me aburrían sobremanera) y dado que la totalidad del universo crítico del mundo (recordar que ha sido considerada por 500 críticos de FIPRESCI la mejor película del año) la considera una maravilla auténtica, comparable (sic) a las obras cumbre de John  Ford o Preston Sturges,  tengo que hacer el esfuerzo de volver a verla por si mi primer juicio fue erróneo, apresurado, en definitiva, si fue prejuicio más que juicio.
 

Un segundo visionado confirma mis sospechas, en el universo de Max, Fury Road es un agujero negro, del que sales con el mismo bagaje que has entrado, tan vacío que hasta Max se convierte en un desconocido que pierde hasta el apellido porque no importa ningún quién en la película, sino sobre qué vas montado y qué arma utilizas. Te has movido a la velocidad de la furia y al llegar a la calma la nada más absoluta te acompaña. El cine como entretenimiento es una finalidad muy loable, incluso el puro espectáculo por sí mismo justificaría la existencia de cientos de Mad Max, y entre ellos estableceríamos la calificación de mejor o peor hecho, de más o menos entretenida, de más o menos espectacular, de mejor o peor interpretada. Cuando busco una película se lo que quiero encontrar, y el cine tipo Max está en las antípodas de mi necesidad de contemplar cine, pero se reconocer lo que es cine para pensar o cine para entretener, y si puedo pensar y al tiempo entretenerme ya es la bomba, lo que ocurre es que al entretenimiento le espero unida la sustancia, la masa madre que haga elevar el producto hacia cierta exquisitez que me haga salivar, y no es el caso.
 

Si existiera alguna persona que fuera virginalmente al cine a ver Fury Road sin conocer quién es Max me apostaría cualquier cosa a que esa persona saldría del cine sin ser capaz de explicarme los porqués de ese personaje, ni si es “mad” o no. Eso justifica el término de “chatarra reciclada” que me merecen las sagas y series con un mismo personaje, que se eternizan retroalimentándose de su propio mito, y en el recuerdo de un precedente glorioso hunde su justificación su propia existencia posterior. Road Fury está ideada para no pensar, porque si paras te caes, no hay pensamiento porque no hay idea intelectual que la sustente, de hecho, si la película para, no hay película. Para algunos eso sería la reivindicación suprema del cine primigenio, la vuelta a los Lumiére que rodaban la llegada de un tren a una estación o la salida de unos obreros de una fábrica, pero aquello era mostrar una técnica en un mundo que desconocía lo visual en movimiento, pasado más de un siglo eso ya no nos debería bastar o no debería ser suficiente excusa para encumbrar una película.
 
 

Eliminar lo superfluo, llegar a lo esencial, desnudar el cuerpo de ropajes y aderezos y ceñirse al esquema básico. Mentira, no hay película más adornada, más repleta de aderezo y artificio que esta secuela de Max, su evidente poderío visual se concentra en la creación estética de un conjunto  de seres disfrazados y cargados de ornamentos en los que ese cargamento de aditivos oculta la mala calidad del género que se recubre. En Fury Road la mente viaja a velocidad constante y acelerada, el vértigo de la persecución te lleva por un desierto interminable a ningún sitio, pero si paras mueres, es la propia velocidad la que adormece el intelecto incapaz de pensar, dopado de adrenalina para seguir una carrera sin fin que, de los 120 minutos de película fácilmente alcanza los 80 de persecución frenética. Vehículo que se estrella o se estropea implica destrucción, y Miller sabe que su artefacto visual sin movimiento no es nada, por eso la ruptura central es tan importante, porque demuestra que la película no es nada, que sin persecución no hay historia porque en realidad, la historia no existe, ese impasse llegado el ansiado paraíso evidencia lo pobre del producto, como si las ruedas del tráiler hubieran quedado enfangadas en arenas movedizas la película se hunde y hay que poner otra vez en marcha el motor. Si el camino de ida hay que repetirlo a la inversa es para volver al punto de partida, para que Miller nos diga, “os he engañado, os he llevado de viaje a ninguna parte, os he puesto una zanahoria y habéis echado a correr sin saber por qué y me habéis seguido”.
 
 

Esa esencia de película vaciada de lo superfluo que se glosa por la crítica choca mal con dos horas de imágenes. Imágenes de comic que nos recuerdan al típico “cartoon” de persecuciones, al coyote y al correcaminos, a Bugs Bunny y a Elmer, a Tom y Jerry, y en el fondo la profundidad intelectual de la película anda muy pareja a la de un cartoon de cinco minutos, si me apuran hay más psicología en los personajes de Hannah Barbera que en Max, Furiosa o Inmortal Joe. No se discuten los roles ni los poderes, no hay tiempo, el espectador ni cuestiona las imágenes porque las imágenes son incuestionables, el ruido y la furia de la persecución no admiten reflexionar sobre qué, porqué y para qué, por eso cuando llegamos de vuelta a la colmena uno siente que ha viajado para nada, que lo mismo daba ir que venir porque el truco estaba claro desde el principio, que la marca sobrevolaba por encima de todo y con esta película otra saga más volvía al top ten de la industria por la puerta grande y justificaba nuevos rodajes, pero la pregunta que me hacía tras verla la primera vez seguía sin respuesta, ¿qué ha visto la crítica para incluirla entre lo mejor del año? Sigo sin entenderlo, siguiendo el chiste de Faemino y Cansado en el que un crítico de cine se confesaba en un programa ocultando su identidad porque le gustaban las mismas películas que al público, supongo que un año de Garrel, de Hou Hsiao Hsien, de Zvyagintsev, de Reitz ……puede ser tan árido que hay que soltarse la melena de vez en cuando.
 
 

Y pensando en la película uno se imagina cómo ha de ser el storyboard de la misma, pero también cómo el guión de diálogos ha de estar contenido en un par de folios a doble espacio. Lo maravilloso que pudiera haber sido que el guión se hubiera encargado a alguien que buscara dar personalidad a los personajes en vez de trazar cuatro rayas esquemáticas de película de baratillo. Desaprovechar a Tom Hardy de esta manera no parece lógico, dos horas con la misma expresión y el mismo gesto no permiten valorar interpretación alguna, como la de los demás actores, pese a que leo loas encendidas referentes a la interpretación de Charlize Theron, pero es que el guión no permite duda ni sombra alguna, es transparente al máximo, diáfano, es tan magro que se puede leer a través de él. Viendo Fury Road uno recuerda “Metrópolis” de Lang, hay muchas concomitancias entre esa ciudad elevada y los mundos superior e inferior de muchas de las películas de Lang, pero qué diferencia de intelecto, qué de cosas cuenta Metrópolis y qué nadería cuenta Max y su chatarrería ambulante. Una sociedad de castas de la que nada sabemos ni nada importa explicar, un señor absoluto cuyo poder se sustenta ¿en?, ¿qué mas da? Si uno lee los ingentes listados de mejores películas del año cree advertir, al menos, un hilo conductor, la compensación final del producto ofrecido. En la última entrega de Max sólo podemos hablar de lo técnico, que no es menor, pero no es suficiente, montaje, imaginería visual, concepción del espectáculo, diseño de producción, dominio de la cámara y de la fotografía en según qué planos, y una pirotecnia de efectos especiales sobresalientes, producto de un presupuesto que supera los 100 millones de dólares y hecho para recaudar una cantidad exponencialmente mucho más elevada, pero una gran película merece, para mi gusto, venir acompañada de muchas más cosas, una película sin guión y sin interpretación posible no me parece coherente con la loa generalizada, como una película sin autor tampoco me convence.
 
 

Escucho algo sobre el feminismo de la película, y me sonrío. Miller apunta pero dispara con  salvas, es verdad, las que se rebelan son mujeres, pero su rebelión es para ellas, para huir, no para modificar el sistema dictatorial de la colonia. Cuando esa pretendida rebelión aparenta triunfar, y el dominio masculino puede verse cambiado por otro femenino, maternal, generoso e igualitario, la película termina, pero para que las mujeres decidan adoptar ese rol de cambio, de subvertir el orden para mejorarlo, resulta que la idea no es suya, la idea parte de un hombre, de un hombre reducido a la inexistencia de un nombre desconocido, es decir, el mensaje último vendría a ser que ellas, por si solas, no son capaces de darse cuenta de que la huida es absurda porque lo que hay que hacer es cuestionar el modelo desde dentro. Parafraseando a Unamuno, venceréis pero no me convenceréis con esta película.