domingo, 10 de enero de 2016

FILMAR OBSTINADAMENTE (Boris Nicot, 2015)


 
FILMAR OBSTINADAMENTE (Boris Nicot, 2015)
 


Una superficie tranquila puede transformarse, por efecto del enfoque de una cámara, en un “maelstrom” que amenace con engullirnos, sólo hay que saber buscar en lo filmado para incluir la inquietud desde la calma. El tiempo es un escultor de la memoria, y nuestra memoria tiende, obstinadamente, a modificar el recuerdo de manera interesada. Por eso el cine documental es tan importante, porque en las imágenes desnudas se contiene un pedazo de realidad que difícilmente va a poder ser manipulado siempre y por todos, porque algo quedará que permitirá reconstruir ese pasado quebradizo que, en muchas ocasiones, no querrá ser recordado como fue, sino como se quisiera que hubiera sido.
 
  


En un país tan obstinadamente reacio a enfrentarse con su pasado reciente, donde se han acuñado términos destinados a mitificar realidades hirientes para muchos de sus ciudadanos como es España, contemplar la labor de un cineasta de la talla de Patricio Guzmán y la importancia de la misma para preservar la historia reciente de su país, Chile, desde Salvador Allende a los restos carcomidos y putrefactos de una dictadura sanguinaria y anacrónica como la de Pinochet deviene fundamental. Y el documentalista no tiene porqué ser imparcial, basta con que sea honesto. Puede partir, como hace Guzmán, de una convicción personal de que Pinochet fue un asesino y Allende un presidente por y para el pueblo, pero ofrecer eso en imágenes, sin maniqueísmos y sin trampas es muy distinto y muy difícil.
 
 


El documental de Nicot repasa la obra de Guzmán pero lo hace con un objetivo, no el de ilustrarnos sobre una filmografía, sino implicarnos en el proceso creativo de un artista empeñado en recuperar la memoria, en establecer vínculos permanentes entre generaciones partiendo de momentos históricos muy remotos para llegar a nuestros días encontrando un hilo conductor ejemplar. Dice el director, refiriéndose a “Nostalgia de la luz”, que él no descubre nada, ni crea nada, que todo está ahí, delante de nosotros, lo único que ha hecho ha sido filmar, colocar la cámara, si acaso, el único descubrimiento ha sido conseguir unir todo mediante la localización en Atacama.
 
 


Ese mal llamado concepto de “memoria histórica”, que viene a calificar aquello que suele ser intentado ocultar por la verdad oficial, no es que sea relevante, es que se transforma en la esencia del cine del director chileno, un director que vivió el golpe de septiembre de 1973 confinado en el estadio nacional, pero que después no sufrió la terrible represión, tortura y ejecución de miles de conciudadanos, lo que no evita que se sienta un eterno exiliado sin posibilidad de regreso real a Chile, pero sin dejar de sentirse en casa cuando está en Chile. Ideológicamente afín a la Unidad Popular del presidente Allende, su filmografía, mal que le pese, gira en torno a la figura del presidente y a las funestas consecuencias de la falta de aceptación democrática por parte de la derecha de los resultados electorales de 1973.
 
 
 


“Allende”, “El primer año”,“La batalla de Chile”, “La memoria obstinada”, “El caso Pinochet”, “Nostalgia de la luz”, y ahora “El botón de nácar”, de una manera u otra gravitan sobre la misma circunstancia histórica del fervor popular tras la elección del presidente Allende y las consecuencias de la represión a partir de septiembre de 1973. Cuanto más se aleja en el tiempo el periodo 1973-1998, más compleja se hace la actividad de Guzmán para engarzar el recuerdo de los desaparecidos y ejecutados en un entorno que, como el desierto, tiende a echar una capa de tierra y polvo sobre su memoria. Faltándome de ver su última “El botón de nácar”, donde Guzmán establece un paralelismo fascinante entre un botón de nácar que uno de los indígenas chilenos mantuvo en su poder durante todo su cautiverio en el Reino Unido, extrañado de su tierra del fuego por la captura llevada a cabo por el explorador inglés, y un botón de una camisa que apareció en una viga de hierro extraída del océano y que había quedado incrustado tras aplastar el cuerpo de un desaparecido arrojado al océano desde un avión del ejército golpista, en “Nostalgia de la luz” también Guzmán propone un viaje en el tiempo, desde el origen del universo explorado desde los observatorios astronómicos de Atacama, los hallazgos antropológicos de los pueblos que habitaron la región antes de la llegada de los españoles y el uso de los medios técnicos propios de los paleontólogos y antropólogos para localizar las fosas criminales donde fueron enterrados los desaparecidos de la dictadura.
 
 
 


Todo esto nos lo muestra Nicot para enseñarnos el minucioso trabajo de preparación de los documentales de Guzmán, unido a la emoción propia de enfrentar el trabajo del documentalista chileno a las generaciones siguientes de un país que vivió en la infancia la dictadura, llevar su batalla de Chile a un colegio religioso de derechas para que las alumnas, que se atrevían a defender el golpe de estado oigan en la voz de su profesora, “me equivoqué”, refiriéndose a su apoyo al golpe, o proyectar la misma en una escuela artística produciéndose una catarsis colectiva y emocional que sólo el trabajo honesto y veraz puede conseguir. Una mirada al mar, ese mar que el himno de Chile dice que “tranquilo te baña”, también es la mirada a un mundo que oculta mucho más de lo que muestra, ese mar que esconde muchos botones de nácar de nuestra historia, y que sitúa a Patricio Guzmán a medio camino, el de sentirse chileno pero obligado a sentirse también un exiliado por el peso de la historia reciente, prefiriendo mirar hacia delante aunque sea a costa de ofrecer la espalda al espectador y a su país. Una mirada necesaria pero que se advierte abrumada por las cotas de barbaridad y maldad unidas a la naturaleza humana, lo dijo Nietzsche, “la historia es una carnicería”.