jueves, 28 de enero de 2016

ELECTRICK CHILDREN (Rebecca Thomas, 2012)






ELECTRICK CHILDREN (Rebecca Thomas, 2012)




Esta película necesita la complicidad del espectador. Estamos ante un producto “indie”, todas las formas y contenidos propios de un cine heredero de Sundance se reproducen una tras otra. Imágenes etéreas, adolescentes desplazados, músicas entre trascendentes y “poppies”, cámara elegante y entornos degradados, sueños irrealizables. Adultos inseguros y llenos de miedos y frustraciones, junto a adolescentes que temen llegar al mismo punto final sin posibilidad de superar las cargas heredadas. ¿Por qué me gusta Electrick children? Por que me la tomo como una enorme broma de buen gusto, como un ejemplo de criticar aquello que parece elogiarse. Si alguien interpreta la película como una reivindicación religiosa tiene derecho a enfadarse, yo mismo lo haría si ese fuera el mensaje “mariano y virginal” de la película. No se, ni me interesa conocer, el propósito de la directora, prefiero sacar mis conclusiones sin condicionantes, así me evito el prejuicio religioso.




Cuando hablo de la complicidad es porque hay que saber, o creer saber mirar las imágenes más allá de la literalidad de las palabras que se cuentan, y en otras situaciones habrá que empatizar con Rachel y Clyde para aceptar su comportamiento y sus relaciones. Cómo Rachel (Julia Garner) puede llegar a la conclusión de que su madre no está contando un cuento sino una historia de amor de su pasado, exige esa complicidad, puede que su madre le haya contado la historia tantas veces que la explicación sea la más lógica. Mientras sus hermanas se creen la historia del mustang como raza de caballo, Rachel imagina un mustang como vehículo rojo y a su madre como amante de ese conductor fantasma, sirva éste ejemplo como representante de muchas otras situaciones de la película que no admitirían un análisis racional de lo que sucede. Rachel forma parte de una comunidad religiosa ultraortodoxa cristiana, de ésas tan abundantes en los EEUU, donde cualquiera puede ser pastor de almas a poco que tenga facilidad de palabra. En este caso el pastor es su padre, pero no queda muy claro quien es el padre y la madre de cada quien en un pueblo que vive sin los más básicos adelantos de la vida cotidiana y donde los hijos son tratados como Mr. o Mrs.





La primera gran broma, todas ellas muy negras, de la película, pero efectivas, comienza cuando Rachel anuncia su embarazo por obra y gracia de una canción escuchada en un casette. Esa casette, que tanta importancia tendrá en el desarrollo de la película, representa, en el imaginario de la joven, el vehículo engendrador, es su espíritu santo particular. Si hubo una madre de Jesús virginal nada impide que no se repita en ella misma ese don divino, de hecho se lo están repitiendo día tras día. Integristas o no, los padres rehúsan esa interpretación, convencidos de su imposibilidad, algo que choca frontalmente con su estricta moralidad, pero que estaría en consonancia con su fe, condenan a la chica y acusan a un hermano. No hay juicio pero si sentencia, los dos han pecado. Convencida de la ausencia de pecado, la joven emprende su huida a Egipto yéndose a Las Vegas para encontrar a ese cantante que, con su voz, ha conseguido transmitir la vida como instrumento del señor. ¿Increíble para nuestra mentalidad? Si, pero estamos ante una mujer esencialmente simple y buena, ingenua, religiosamente convencida.





La segunda broma es instalar a los dos jóvenes hermanos, o lo que sean, en medio de la ciudad del pecado. Imaginen a los protagonistas de “Mi Idaho privado”, “Paranoid park” o “Dragonslayer”, y que en su seno se instalen esta pareja de campesinos de la pradera, vestidos como si acabaran de salir de la conquista del oeste, pero con la chica embarazada. El choque cultural es evidente, y lo que podía convertirse en una sucesión de tópicos increíbles, se supera por la ingenuidad y candidez absolutamente superlativas de la interpretación de la joven. Es esa inocencia la que desarma al grupo de rockeros skaters, que no tiene problemas para aceptar con ellos a la joven, y al hermano desterrado, formando un grupo heterogéneo e imposible de compatibilizar, pero en el que la sinceridad de los camperos consigue su aceptación, al tiempo que ellos son capaces de acostumbrarse a la modernidad, aunque sea mientras buscan a ese enviado de dios en la tierra, en forma de cantante.




Tercera broma. La más gratificante y que no se oculta. El homenaje a  la  escena final de “El graduado”. Aquí no está Mrs. Robinson en el papel de seductora mujer madura, aquí prima la inocencia y romanticismo juvenil, pero el sentido del último tramo de la película es el mismo de la mítica película. ¿Copia, innecesario? Es la opción de la directora para mantener intacto el espíritu romántico de la juventud. Volvamos al principio y deseemos vivir en una playa, sin ataduras, solos tú y yo, sin problemas y sin necesidades materiales. También cabe interpretar que la directora ha optado por reivindicar a José, María y el niño Jesús como fin de nuestros problemas, como reencuentro con la verdadera familia. Podemos pensar que estamos ante un relato ultracatólico, pero esa tesis no me convence. Como al chico de la motocicleta, un vehículo y una playa significaban libertad, para Rachel, el Ford Mustang rojo y el mar, son su libertad. No ha dejado de creer, pero sí ha dejado de estar sometida y privada de la posibilidad de elección, aunque para ello, buscando al padre de su hijo haya encontrado a su padre por el camino.





Estos personajes crecerán y toparán con el muro de la realidad, pero mientras tanto han gozado de una libertad que se les estaba negando. Hasta donde repetirán los errores de sus padres será cuestión de esperar. Algo nos indica que van a ser mejores, al menos un par de ellos han roto con la dinámica que les encadenaba a repetir la frustración y la obediencia.