viernes, 15 de enero de 2016

EL NOME DE LOS ARBOLES (Ramón Lluis Bande, 2015)


EL NOME DE LOS ÁRBOLES (Ramón Lluis Bande, 2015)



Esta película funciona como las  caras b de los vinilos de antaño, como si se tratara del otro lado del espejo de Alicia. Puede verse aisladamente, como obra individual, pero alcanza mejor significado y proyección si se ha podido ver previamente “Equi y n,outro tempu” crítica, porque ambas películas funcionan como haz y envés, lo que una muestra la otra oculta, lo que en una prima en otra se ausenta. Si en “Equi……” el predominio casi absoluto era para la imagen, en “El nome de los árboles” lo que funciona, por encima de todo, es la palabra, la oralidad. El poder de la palabra alcanza pleno significado con los relatos de los viejos paisanos asturianos interrogados por la cámara. Son sus recuerdos de la represión franquista de posguerra contra los “fugaos”, contra los guerrilleros que siguieron haciendo la guerra durante más de 15 años los que bombardean nuestra mente sin necesidad de imágenes de archivo. Cautivo y desarmado el ejército rojo, un puñado de hombres siguieron sin creérselo y sin aceptarlo, pensando, ingenuamente, en que la segunda guerra mundial traería de vuelta a España la libertad secuestrada.




Viendo ambas películas, más que preguntas, te planteas las incógnitas que hacen permanecer en el olvido páginas y páginas de nuestra historia. En ocasiones alcanzas rápidas respuestas comprobando nombres y apellidos de los que mandaban hace 50 años y de los que ocupan altas responsabilidades en la actualidad. Cuando el discurso oficial se encierra en la superficialidad de invocar “no hay que reabrir heridas”, en el fondo lo que se está queriendo advertir es que no conviene molestar a los que mandaron y siguen mandando. Más de 35 años después cuesta creer que los derrotados en la guerra civil hubieran aceptado el pacto de transición a la democracia si hubieran sabido el desprecio, el silencio, la falta de colaboración y actividad que iban a encontrar en los organismos oficiales para, por lo menos, que el testimonio de aquellas personas que, con mayores o menores aciertos, pretendieron reivindicar la república, estuviera presente y fuera reconocido, aún sin el castigo de los asesinos. El caso paradigmático es el de las decenas de miles de desaparecidos para los que no existe voluntad política de recuperación de sus restos, con poderes que rozan la prevaricación absoluta al incumplir una ley en vigor en vez de derogarla si no la comparten.




Ramón Lluis Bande opta por hacerse cargo de un trabajo propio del historiador, del profesional del archivo de la memoria, de preservar un legado próximo a desaparecer por el inevitable paso del tiempo. Cada vez quedan menos de aquellos luchadores, y de sus vecinos. Cada vez el recuerdo corre más riesgo de borrarse, de cambiarse, de alterarse inconscientemente creyendo cierto lo que se ha imaginado. La fabulación mental es propia del ser humano y puede suceder que creamos como real lo que solamente imaginamos, incorporándolo a lo realmente ocurrido, llegando un momento en el que no podemos discernir una cosa de la otra. Por eso hay que documentar esos testimonios, anotas fechas, nombres, parajes, identidad de los traidores o los ejecutores. Así podremos evitar que se pierda absolutamente la historia salvaje de este país durante un periodo muy largo del siglo XX.





En “Equi….”reseña lo fundamental era mostrar los lugares donde tuvo lugar el ajusticiamiento, la tortura, el fusilamiento. Planos fijos silenciosos del estado actual de aquellos lugares, que seguían al rótulo de la fecha y nombre del lugar donde murieron los guerrilleros. Sin embargo en “El nome” el proceso es el de la búsqueda de aquellos lugares que ya vimos y la búsqueda de algún testigo directo, de algún vecino que pueda aportar el relato oral de la barbarie, que cuente cómo y de qué manera aquellos hombres fueron  cayendo uno tras otro. Y si es posible, encontrar a algún superviviente cuyo testimonio se quebrará por la emoción, por el recuerdo de unas situaciones a vida o muerte, por años y años de ocultación, de miedo, de persecución.




Bande no se oculta tras la cámara, ni lo hace su productora Vera Robert. Ambos aparecen y participan de la búsqueda, acompañan o trasladan a los ancianos testigos al lugar más próximo a la tragedia para recoger en la grabación sus recuerdos del hecho, de las personas, del último momento. Asumen una posición de cronistas,  recopilando historias que, de otra forma, se perderían. Ese camino por los montes, los prados, las cuestas complicadas de transitar no es casual, hay un deambular muy orientado, desde la distancia de aquellos que conocen lo sucedido pero no lo vivieron, a quienes estaban cerca pero sin sentir el zarpazo del dolor familiar, para, poco a poco, irnos acercando  a la herida abierta, sangrante, sin cauterizar. La del verdadero protagonista, la del huido, la del que vió a sus amigos acribillados y al que sólo la fortuna salvó sin explicación. Un camino arduo durante el que nadie ha dispuesto una parada que nos proporcione oxígeno. La historia es empecinada, no se deja disolver en lemas ni proclamas, basta remover la tierra para que salga a la luz el hueso que nos delata. Por eso el cine de Bande se convierte en esencial para su propósito, porque a falta de comportamientos públicos ejemplares, la memoria debe dejar de estar en el olvido y salir a la luz. Trabajos como éste permiten mantener viva una esperanza de reparación que no llega desde quien tiene que prestarla.