sábado, 16 de enero de 2016

DURAK (The fool, Yuri Bikov, 2014)


 
DURAK (The fool, El idiota, Yuri Bikov, 2014)
 
 


Quien todavía no haya reparado en ello debe saber que no todo el cine está en las pantallas comerciales. Que la proporción de películas que se exhibe es inversamente proporcional a la que se realiza; aunque lo más duro es descubrir maravillas que no llegan a los circuitos comerciales no se sabe muy porqué. Las razones por las que “Leviatán” llegó a las salas son numerosísimas y no hace falta reivindicarlas, pero las que impiden que “Durak” alcance la misma difusión y al día de hoy permanezca inédita son incomprensibles. Huye del manierismo estético de Zvyagintsev, del plano sostenido y prolongado, pero esta película de Yuri Bikov no tiene nada que envidiar a su contemporánea. Quizás haya sido esa coincidencia en tiempo y en espacio la que haya perjudicado a una película tan potente, tan poderosa, tan cruda, como ésta. Inmerecida, injustamente, pero es lo habitual, unos llegan y otros se quedan por el camino, y en este caso parece que le tocó a “Durak” permanecer ocultada.
 
 
 


“El idiota” es el título con el que circula en los ambientes castellanohablantes esta película, pero estamos ante un idiota lleno de inteligencia y de solidaridad, es el idiota por ingenuo o por sincero, pero no por falta de capacidad intelectual. Por título y por el dibujo del personaje, nuestro Dima, el fontanero del servicio municipal de mantenimiento, emparenta con el personaje dostoievskiano del príncipe Mishkin. Si a éste una enfermedad le mantuvo alejado de la sociedad, criado entre algodones y recibiendo una formación teórica que le llevó a creer en la bondad humana, en la igualdad entre todos los seres, a Dima también la educación le llevó por el camino correcto, un camino que, en vez de premiarle con una vida desahogada y reconocida por sus vecinos, le tiene señalado como persona de poco fiar por su integridad. Una integridad moral e intelectual heredada de un padre igualmente recto e intachable, la integridad de quienes se conforman con hacer bien su trabajo, recibir su salario, aunque sea miserable, y negar cualquier posibilidad de corromperse, una educación que no enseñó a Dima a saber desenvolverse en la sociedad a la que pertenece.
 
 
 


El largo día que transcurre desde que la acción comienza hasta que concluye, contiene tres de los círculos del infierno de Dante trasladados a la Rusia de hoy. El deambular de Dima por su ciudad tratando de advertir de una catástrofe inminente se parece mucho a un intento de diálogo con los muertos, en este caso muertos vivientes y morales que se niegan a admitir errores, que se niegan a pensar en un mundo donde la ética domine y la corrupción desaparezca. Esos tres círculos del infierno a los que se irá enfrentando en una larga noche invernal serán su propia familia, su propia comunidad y el poder político y sus ramificaciones corruptas. A lo largo de esa noche Dima irá comprobando en su propia carne lo que ya sabe pero se niega a admitir. En un camino suicida a Dima no le queda más que actuar como lo hace porque es incapaz de aceptar que para sobrevivir haya que mirar a otro lado y que haciendo lo correcto surjan los problemas.
 
 
 


Un Averno particular, un descenso al Hades sin necesidad de buscar a Eurídice entre las sombras más siniestras. Lo que Dima busca rescatar del mundo de los muertos es a toda una comunidad, 800 potenciales victimas si el edificio que ha tenido que visitar durante su jornada laboral termina viniéndose abajo, 800 muertos vivientes condenados por la corrupción. Cuando una tubería de agua caliente explota mientras un salvaje arremete brutalmente contra su esposa, golpeándola con saña y violencia extrema, no sólo se rompe la cañería, sino que se atrae al lugar a quien ese día no debería haber estado allí. El alcohol que ha dejado fuera de juego al jefe de mantenimiento acerca a la catástrofe a nuestro protagonista, quien advierte el estado de inminente ruina de un edificio que, oficialmente, ha pasado todas las revisiones e inspecciones habidas y por haber. Su personalidad le impide taparse los ojos. Sabe que no es su responsabilidad el mal estado del inmueble, incluso si no hubiera seguido estudiando desconocería las razones por las que sabe que, en muy poco tiempo, el edificio se desmoronará. Pero esa constatación de un hecho le impide olvidarse de él, le impide dormir y le hace dirigirse a la cueva de los ladrones para hablar directamente con la alcaldesa y exponerle lo que puede llegar a suceder. Es ahí donde Dima refleja su carácter confiado y solidario, pero al mismo tiempo hace encender todas las alarmas de una hipotética inspección de las cuentas municipales si se llega a producir el derrumbe o si hay que desalojar el edificio.
 
 


Dima, en su “idiotez”, no asume el peligro que conlleva acercarse al poder. Le basta con saber que está haciendo lo correcto y que si se limita a intermediarios, nadie hará caso a la gravedad del aviso. En su actuar inconsciente, pero solidario, ni oye ni escucha a las mujeres con las que convive, su madre y su esposa, mientras su padre permanece en silencio porque sabe que su hijo ha aprendido de él, de su forma de comportarse sin tentaciones de venderse. Una madre amargada por vivir durante décadas de un sueldo miserable mientras ve cómo todos los compañeros de trabajo de su marido van aprovechando el trabajo para corromperse con regalos, malversaciones, hurtos……..un matrimonio que opera como reflejo del que forman Dima y su mujer, para los que el futuro pinta de manera similar. Con una diferencia, que Dima sigue estudiando con la idea de poder mejorar por su esfuerzo y sin necesidad de corromperse. La reacción histérica de la madre, y desesperada, demuestra cómo la sociedad de esa pequeña ciudad perdida conoce perfectamente cuál es el modo de actuar de ese ayuntamiento y de sus concejales, como saben que, por encima de los políticos hay otros poderes aún más peligrosos, cada uno a su escala ha asumido la corrupción como forma normal de comportarse, cuanto más arriba más corrupción y más peligro.
 
 
 


Durante esa noche Dima abrirá los ojos a todo un catálogo de corrupción, de connivencia criminal, de reproches hacia su comportamiento, ninguno de los políticos ocultará en su presencia cada una de sus miserias y delitos. Será testigo de todo aquello que su ingenua forma de actuar le impedía creer, y pese a la constancia de que todo lo que le rodea puede desaparecer por limitarse a cumplir con su deber humano como persona, nada ni nadie le impedirá intentar el acto heroico individual, sea cual sea el coste final. En la oscuridad de la imagen, la grisura de edificios y personajes, las sombras de pasillos y habitaciones indignas para albergar a nadie, el retrato de un país enfermo, lleno de carencias y lleno de miseria, desfila ante los ojos de Dima, que es nuestro guía alrededor de la ineficacia del político pero también de la inherente corruptibilidad del ser humano. De ahí que el final de la película alcance pleno significado y cierre un círculo perfecto con la escena inicial de violencia doméstica. Resulta muy complicado hacer reaccionar a una sociedad enferma, los héroes suelen alcanzar esa condición a fuerza de perder posesiones preciadas a lo largo de su camino de sacrificio, pero en la ingenuidad de Dima reside parte de su perdición, creer que el hombre es bueno por naturaleza y hará lo que sea para evitar el mal mayor, creer incluso que en su entorno, los afectados serán capaces de reconocer su esfuerzo y no duden de sus razones personales para comportarse así. Cuando la historia concluya sentiremos el peso insoportable de la insolidaridad, de la carcoma que ha infectado todas las estructuras hasta hacerlas indivisibles. Cada estrato, en su ámbito de influencia, será capaz de comportarse como una bestia. No hay lugar para la gente buena como Dima.
 


Busquen esta joya que nadie tiene pensado estrenar en España, no se van a arrepentir.

 

 

Año: 2014, Duración: 116 min., País: Rusia

Director: Yuri Bykov, Guión: Yuri Bykov, Música: Yury Bykov  Fotografía: Kirill Klepalov