miércoles, 27 de enero de 2016

COUP DE CHAUD (Golpe de calor, Raphäel Jacuolot, 2015)




COUP DE CHAUD (Golpe de Calor, Raphäel Jacoulot, 2015)





Una sombra agachada se proyecta sobre una pared en una noche lluviosa, la sombra confluye con el cuerpo al final del plano, sobre una verja. El cuerpo doblado sobre sí mismo, se tambalea, se sostiene con dificultades para llegar a un patio donde se derrumba. El siguiente plano es una cruz de un cementerio. Las dos personas de ambas escenas son la misma. Desde el principio de la película, Jacoulot deja claro que estamos ante un enorme flashback, la segunda escena es anterior a la primera, ahora se trata de explicarnos qué ha ocurrido entre tanto y porqué. Alrededor del personaje de Joseph (Karim Leklou), el único que hemos visto hasta entonces, se irá tejiendo la historia de un verano muy caluroso, en el que se incrementan las frustraciones de la mayoría de habitantes de un pequeño pueblo de la Aquitania francesa.







Los ambientes de clase modesta o baja, que funcionan a la perfección en los relatos criminales de Simenon, junto con ese virus corruptor que empieza a extenderse por una comunidad en proceso de degradación, que tan bien reflejaba el cine de Chabrol. Estos serían dos referentes excepcionales para centrar el tono del relato que afronta Jacuolot, y el resultado es positivo. Que personalmente no me guste quien termina siendo el culpable, el autor material de los hechos que intuímos en la primera escena, no es relevante para el resultado final. La decisión de castigar judicialmente a una persona concreta, por unos hechos que todos han provocado, puede producir rechazo íntimo, personal, pero no afecta a la estructura y al contenido profundo del relato. Incluso esa decisión encierra el mensaje de cuál es el efecto perverso de una calumnia, cómo puede influir incluso en el ánimo del menos afectado, del menos interesado en eliminar lo que molesta a toda una comunidad, la solución puede ser injusta para el escogido pero incrementa la sensación de inmoralidad del conjunto.







Joseph es un personaje que anda a medio camino entre la discapacidad intelectual y la vida marginal. Sabemos que tiene un déficit cognitivo, que forma parte de una familia gitana que se dedica a la chatarra, pero que está integrada en la comunidad, aunque el racismo residual no se puede esconder. Joseph se comporta como un niño grande, tiene problemas para respetar la propiedad ajena y sólo obedece a su madre. En caso de duda, cualquier gamberrada que ocurre en el pueblo, cualquier sustracción, cualquier daño, se achaca siempre a Josef. Es el estigma del diferente, un estigma que también saben aprovechar los ciudadanos honorables, la presunción de inocencia es un logro de las sociedades modernas que sus ciudadanos no terminan de creerse ni de aplicar. Por supuesto que Joseph molesta y altera la vida cotidiana del pueblo, pero la solución se ve tan sencilla, tan asumible. Bastaría con una terapia especializada, con un centro ocupacional que le recondujera y limitara sus impulsos. Una de las maniobras vecinales intenta conseguir su internamiento forzoso en una institución psiquiátrica bajo la alegación de que es un peligro para la comunidad. La decisión de los psiquiatras es devolver al joven a su domicilio, “c,est une personne avec debilité, trés afective, pleine de bonheur”, dice el informe. Algo que afecta enormemente a su alcalde (Jean Pierre Darroussin), porque percibe que la comunidad se está deteriorando, que se está siendo injusto con un chico complicado para ocultar otros problemas, otras debilidades, otras insatisfacciones de las que Joseph no tiene la culpa.







El grado de degradación moral en el que van cayendo los vecinos aumenta a velocidad exponencial. La mala cosecha se achacará a la falta de agua, pero el robo de una bomba de extracción se imputará a Josef, sin pensar en otras alternativas que eran más evidentes; si una chica llega a casa tarde y llorando porque un amigo ha abusado de ella, lo más fácil es culpar al tonto del pueblo a quien no se le va a admitir defensa alguna. Ese murmullo, la calumnia que “é un venticello”, como decían Mozart y Paisiello en Don Giovanni, se extiende por todo el pueblo. Una vez abierta la veda, las puertas que antes estaban abiertas para Joseph, se van cerrando una tras otra, el miedo se extiende de manera irracional y el deseo de eliminar al diferente también. Los vecinos le exigen quedarse en su casa sin salir, las amenazas de muerte, las agresiones, colocan a Joseph en la situación de preso sin juicio, no hay prueba que le incrimine más que la mentira de los demás, una mentira que no se quiere investigar porque no es imaginable para los honrados ciudadanos. Poco a poco se va cerrando el círculo que se inició con la película, esa noche lluviosa de tormenta de verano, esa agua que llega demasiado tarde, nos anuncia el desenlace. La noche que da inicio a la película llovía, ahora llega el momento de saber quién y porqué. Con independencia de quién sea ese autor, la película nos ha ido desvelando, poco a poco, la miseria moral de una comunidad, la inexistencia de remordimiento alguno, la liberación que para el pueblo supone conocer la noticia a la mañana siguiente.







La encuesta policial es el único momento de enjuiciamiento ajeno que van a sufrir los habitantes del pueblo. Como consecuencia del resultado inesperado de esa noche, el policía va a interrogarles sobre cada uno de esos asuntos que parecerían proporcionar una causa a muchos de ellos para haber apuñalado a Joseph. Ninguno de ellos fue, ninguno será capaz de entender porqué lo hizo el detenido (la película si nos explica esa situación emocional, e incluso, abusa de la presencia de un personaje que parece aportar poco para anunciarnos que reserva un momento decisivo para él), pero en el fondo de su mente, cada uno de ellos sabe, o no quiere saber porque prefiere olvidar, que todos contribuyeron a ese desenlace, que entre todos tejieron la cuerda que asfixió al protagonista, una persona que casi nadie querría como vecino, pero que era molestamente infantil, fácilmente educable. Un crimen cometido por una persona pero del que todos fueron inductores y hasta cómplices. Ese final con una mesa compartida por muchos de los vecinos, vecinos que vuelven a sonreir y disfrutar de una calle que en los días anteriores permanecía vacía, es una gran metáfora de la hipocresía general. Sólo el alcalde parece dispuesto a mantener una dignidad personal asumiendo su error, superado por la corriente y la presión del grupo, sabe que el pueblo no ha sido justo con Joseph ni con su familia. Ese alcalde que ya no saluda a sus vecinos es el ejemplo de la verdadera condena moral que todos ellos merecen, pero Jacuolot quiere proporcionar cierta esperanza, al menos 3 de los 4 jóvenes son capaces de reconocer su equivocación, el daño que causaron al repudiado. Una piscina con dos chicas arrodilladas y otro dentro del agua, lavando sus pecados, funcionan como mensaje de que no todo está perdido, que la generación de los padres si que está corrompida, pero que ellos han aprendido la lección y puede que no la repitan en el futuro.