domingo, 3 de enero de 2016

AMY (Asif Kapadia, 2015)


 
AMY (Asif Kapadia, 2015)
 
 

En el lado oscuro de una persona suele vencer el espíritu y el afán de supervivencia, en una existencia frustrante o frustrada, el animal humano se empeña en continuar adelante con la esperanza de un cambio de fortuna que haga encarar el futuro desde una posición más soportable. Pero hay ocasiones en que la maquinaria no está dispuesta a aceptar, que la frustración y desorientación es tan grande que nada, ni casi nadie, puede torcernos la voluntad de eliminarnos. Sea por la vía rápida del suicidio, o por la más lenta del envenenamiento consciente con todo tipo de sustancias, la desilusión por la vida vence a los instintos y terminas liberándote de una vez. Amy no puede permanecer continuamente dormida, la felicidad del sueño es una ilusión que desaparece al despertar, su rostro semitapado por una manta aparenta descanso, al abrir los ojos y mirar, reaparece el vacío.
 
 
 

“Amy” es un documental, el origen, creación , éxito, declive, resurgimiento y destrucción de una mujer que ha adquirido, muy pronto, la condición de mito. Una mujer, que con apenas 25 años de edad se dio cuenta de que la vida había puesto el “no hay salida” enfrente de ella, y que decidió vivir rápido y morir deprisa para acabar con su sufrimiento personal cuanto antes. Si el documental tiene valor reside en su capacidad de empatizar con una persona alejada del glamour y de las modas, el itinerario visual que nos ofrece la película nos sumerge en el mundo de sufrimiento que rodeaba su relación con los hombres y con las drogas de todo tipo, una circunstancia que nos acerca a la persona y nos aleja del mito, y en consecuencia, hace dolorosa la visión de una historia conocida.
 
 
 
 

No esperará el espectador sorpresas, no estamos ante un biopic-biodoc musical, aunque la música tenga su especial importancia por ser la faceta con la que esta joven deslumbró con apenas dos discos, “Frank”, un disco muy purista en su vertiente jazzística, y “Back to black”, un disco más fácil, más pegadizo, más soul que jazz y donde las letras revelan el tormento personal de quien acababa de sufrir una ruptura sentimental que parecía definitiva, no puede haber sorpresas en una vida que tuvo que sufrir el tormento de la exposición pública permanente, de la persecución implacable de una prensa que olía la sangre como las hienas y prefería lo ordinario a la sublime voz de la cantante. La pasión desborda las canciones y la música porque éstas son reflejo absoluto de la propia vida de Amy. Sin duda eso hacía más difícil su proceso creativo, la constante reproducción de las mismas canciones le recordaba una y otra vez lo que no le había gustado en su vida pasada. Crear se dificultaba si su vida se estancaba, la presión de productores y familia para rentabilizar la marca chocaba con el carácter independiente y voluble de una mujer superada por el éxito y consciente de su futuro con fecha de caducidad prematura.
 
 
 
 

Buscado por el director o no, y estando el documental plagado de grabaciones de video casero, de la película surge la duda inminente, ¿hay derecho a saquear la memoria de un muerto de esta manera? ¿somos conscientes de encontrarnos ante un asalto a la intimidad de una persona en su propio domicilio, en su vida privada? Obviamente las imágenes están ahí y uno cree que no hay intención mercantil en sus poseedores, pero esas imágenes son el reflejo de una persona frágil, inestable, caprichosa y volátil pero dotada de un don que la hacía particularmente bella en lo suyo, pero invadimos todavía más ese espacio que la cantante luchaba por preservar sin conseguirlo. Nada puede ser casualidad en una celebridad de las de verdad. Sin el poso de amargura y sufrimiento, las canciones de Amy Winehouse se hubieran convertido en éxitos pop de fácil consumo y fácil olvido. Lo que nos mantiene unidos a estos dos discos es su trascendente calidad derivada del dolor, una voz  atormentada digna heredera de las reinas del jazz, divas como Ella Fitzgerald o Billie Holliday, igualmente sufrientes y dolorosamente dependientes, extremadamente sensibles para cantar su dolor y exponerse públicamente.
 
 
 
 

Kapadia nos ofrece el retrato de una mujer a la que no nos gustaría parecernos, nos ofrece el reverso, la cara b de un disco aparentemente lleno de éxito y dinero en el que pululan intereses ajenos a la recuperación de la drogadicta. Hay muchas lágrimas en la película, lágrimas sinceras pero lágrimas de quienes ayudaron al desenlace por no saber hacer parar a tiempo una maquinaria que destruía más que creaba. Cuando ahora oímos “Rehab” no hay ritmo ni sonido que nos pueda hacer olvidar que ese “no, no, no” estaba anunciando un final premeditado, que el “Back to Black” es una de las crónicas de desamor más hiriente y directa dirigida a una persona que no quiso ser valiente en el momento definitivo y llenó de heridas un corazón dispuesto a sufrir y a colapsar por exceso de sentimiento. Cuando recordemos la sensación de vergüenza ajena que nos transmitió la artista en su concierto de Belgrado, ahora seremos capaces de saber lo que sentía y el porqué de esa situación, sabedora de que arruinaba su carrera y su ya mermado crédito y respeto, era un suicidio artístico que preludiaba la parada de un corazón cansado de latir. No podemos esperar más discos de Winehouse, ni más bailes armónicos de su pareja de acompañantes en el escenario, pero podemos reproducir una y otra vez sus canciones, canciones compuestas por ella y sobre ella, y sentir el duro peso de la amargura y la derrota en una voz grave y profunda a la que le faltó experiencia pero le sobró talento, quizás ese exceso de talento  que terminó matándola.