lunes, 30 de noviembre de 2015

PAULINA (Santiago Mitre, 2015)


PAULINA (Santiago Mitre, 2015)
 


Segunda película y acierto pleno. Una de las películas más sugerentes del año, una película hecha para pensar y no para la mera contemplación, no hay belleza de por medio sino el relato crudo y descarnado de una mente humana sometida a un suceso inesperado y violento. No compartí el entusiasmo casi generalizado con la primera película de Mitre, “El estudiante”, la historia del orígen de un trepa político desde el ámbito del mundo universitario. La historia plagada de recursos, muchos, de cara a la galería, forzamientos de guión para llegar a un resultado de denuncia que iba perdiendo verosimilitud por el camino, contenía apuntes esperanzadores para un futuro, pero el progreso ha sido extraordinario. En ese sentido el cine argentino actual se caracteriza por tres modelos, al menos, muy definidos, el cine comercial y de consumo masivo, desde la comedia bobalicona al drama romántico, un cine de masas con actores normalmente muy solventes, sería el cine tipo “Darín, Grandinetti, Peretti, Campanella”, el cine que quiere ser de autor pero cuyo remate opta más por lo trillado y, hasta incluso, superficial, como puede ser el ejemplo de Marcelo Piñeyro y Pablo Trapero, o las propuestas radicales de Lisandro Alonso o José Campusano, sin ánimo de ser exhaustivo. Agradezco enormemente que Mitre, en su segunda película haya optado más por acercarse a estos últimos que por situarse en la corriente que le acercaba a Trapero con su “El estudiante”.
 
 
 


La sinopsis es muy simple, los resultados y consecuencias, las preguntas y las no respuestas, no tanto, de hecho son el sustrato de la película y su verdadera fuerza, las lagunas, los silencios, las no respuestas. Una joven abogada, con todos los contactos necesarios para prosperar bajo el ala de un padre juez y bien relacionado, decide abandonar esa profesión para trabajar como cooperante en una escuela rural. A los pocos días de llegar a una de esas zonas del planeta donde las fronteras políticas tienen poco peso porque se diluyen en una geografía que no entiende de delimitaciones, en la confluencia entre Argentina, Paraguay y Brasil, cuando ya ha comprobado la difícil tarea que tiene por delante, con chicos poco dispuestos al estudio y al respeto, es violada. Sabiendo quienes son los jóvenes que participan en el crimen, la mayoría sus propios alumnos, opta por callar y actuar de manera individual y con una máxima de justicia social en su horizonte. Su comportamiento no es comprendido por nadie, ni casi nadie le deja optar porque ella encuentre la solución a su problema, si es que lo tiene.
 
 
 


“Cuando hay pobres de por medio, la justicia no busca la verdad, busca culpables”. Esta frase que Paulina dice a su padre cuando éste la acorrala para que siga el camino de la ley, la justicia y el castigo a los delincuentes, incapaz de comprender, como casi todos los espectadores, que Paulina opte por evitar la justicia oficial, define a la perfección  el carácter, ideología y pensamiento de Paulina. Sacrificadas las comodidades de una vida fácil en la capital, con un prometedor futuro económico por delante, ha optado por redistribuir la riqueza mediante el trabajo personal, dando parte de lo que ella ha recibido y de lo que a ella le sobra intentando participar en un programa solidario de integración de comunidades desfavorecidas. Para Paulina acudir a la policía, al juzgado, identificar a los culpables, es emitir un juicio basado en un comportamiento objetivo pero abstracto, y ella busca, por un lado obtener respuestas, si es que eso es posible, saber los porqués de ese ataque y por otro no renuncia a su labor humanitaria. Si Paulina acude al sistema está reconociendo que su labor no sirve para nada, que no hay no redención ni aproximación al problema sino un agravamiento, pero si deja de acudir somos nosotros los que no entendemos la opción de Paulina.
 
 
 


El personaje de Paulina cuenta con el contrapunto esencial del padre, la figura del padre representa aquello en lo que Paulina se convertiría con el paso de los años, una persona que ha tenido los mismos ideales de justicia social y reparto de la riqueza que la hija y que en su juventud los ha llevado  a cabo haciendo justo aquello que ahora reprocha a su hija, una persona que ha alcanzado un puesto poderoso, una posición económica envidiable, que dispone de “vida y hacienda” ajena bajo el imperio de la ley, pero no siempre la aplicación de la ley supone la aplicación de la solución más justa, sino solamente de la más legal. Nadie le reprochará que aplique la ley, pero en ese camino la pregunta de Paulina es la real, ¿para qué sirve esa justicia?. Cuando Fernando responde abrumado y molesto si es que su trabajo no cambia la vida de ninguno de los que pasan por su juzgado, Paulina reconoce haberse excedido, si, es verdad, cambia su vida, lo que no significa que Paulina reconozca que cambia a mejor. Por eso la opción de Paulina choca con el modelo de vida del padre, de progresista a burgués canónico y conservador, como la respuesta a la violación choca con el castillo en el aire que sostiene el trabajo de  Fernando. Hablando en primera persona no somos pocos los juristas desencantados, desencanto producto de la necesaria aplicación de una ley que soslaya las soluciones de fondo y que sólo da una respuesta para un problema concreto, y dentro de la jurisdicción penal, normalmente para reprimir al más desafortunado. Mitre utiliza el ejemplo más extremo, una violación no cuenta con parabienes de ningún tipo, casi nadie buscaría excusas o atenuantes decentes, por eso la película roza la incomodidad, se entendería mejor, o empatizaríamos con Paulina si en vez de una violación hubiera sido víctima de un robo, pero la fuerza de la película se diluiría exponencialmente ante la levedad del delito, es necesario que se contraponga un crimen grave para que analicemos los porqués, o lo intentemos.
 
 
 


Paulina ha optado por eliminar la justicia legal de su horizonte, sabe que son culpables, que son delincuentes, que son unos bestias y unos salvajes, pero la justicia y su condena no sirve a ninguno de los implicados, ni a ella como víctima, ni a los señalados como culpables, señalados y ya estigmatizados porque todo el pueblo sabe, y no sirve porque ese castigo es ineficaz, no va a cambiar al individuo ni le va a resocializar. Como espectadores sabemos cuál es el motivo y el origen de la violación, es la mujer equivocada, ello no disminuye la culpa ni la justifica, porque en el ánimo del grupo está vejar a una mujer que termina siendo una distinta de la que se creía, Paulina va encajando piezas en su investigación personal, investigación externa, pero también interna, tratando de responderse las múltiples preguntas que se le plantean. Paulina no pierde el paso, no deja de hacer lo que quiere hacer, no se plantea abandonar y dejar a su suerte a esa comunidad que ampara el silencio, señalar es apartarse del grupo y ejercer su situación de poder, callar es acercarse a lo que quiere salvar aun a pesar de aumentar su carga, y de qué manera. La silueta de cinco jóvenes recibe a Paulina según se acerca a la ciudad, una silueta que amenaza, que perturba, desde la altura de una colina observando la carretera que pasa por debajo, la misma carretera de la que será sacada a la fuerza poco después. Una comunidad en ruinas como ese edificio en armazón que no ha llegado a ser, como no han llegado a ser hombres esos violadores juveniles, mera armazón desnuda y vacía, enfrentados a diario por su propia víctima que nada reprocha ni nada exige.
 
 
 


Paulina descoloca a sus agresores, a sus amigos, a sus familiares y a los espectadores, sobre todo a estos últimos, acostumbrados al relato con principio y fín, con causas y consecuencias, con comportamientos socialmente aceptados, del delito a un castigo, de un error, una consecuencia. Cuando Paulina declina la compensación de la ley pasa a ser observada en la comunidad y en su entorno como alguien desequilibrado. “Nadie que haya sufrido mi experiencia sabe cómo me siento y lo que quiero”. En ese largo plano final, punteado por los títulos de crédito, y donde se reconoce el precedente de la película argentina de los 60, “La patota”, no caben dudas, la película termina sin que Paulina realice juicio alguno, determinada a seguir con su plan inicial sin que nada ni nadie le vaya a hacer variar el rumbo ni cambiar de decisión. La pregunta que nos cabe hacer es si alguno de nosotros somos capaces de juzgar el comportamiento de la victima, de asumir el papel vengador que ella desiste de ejercer. Ausentes del dolor y de las consecuencias, ajenos al compromiso de Paulina, resulta estéril plantearse el por qué ella actúa como lo hace y deberíamos preguntarnos qué es lo que haríamos nosotros en una circunstancia similar.
 
 


NO puedo terminar, porque sería todo un desprecio para la obra, obviar el exquisito tratamiento formal de la película, el uso constante del fuera de campo, las elipsis narrativas, las dobles o triples situaciones convergentes contadas desde diferentes puntos de vista pero que no ofrecen diversas versiones sino el completo cuadro de lo sucedido, unir las piezas desde la fragmentación para colocarnos en el lugar de Paulina, ella tampoco conoce todo hasta que empieza a preguntar, de hecho hay cosas que no sabrá y otras que imaginará. Pero nosotros las veremos, contaremos con más información que nos dejará más estupefactos, llegar a ese conocimiento desde las imágenes o el diálogo, con la cruda sucesión de escenas para que el espectador complete el tiempo o sitúe en orden lo que ve, tampoco nos concede las respuestas que necesitamos, quizás porque Paulina esté buscándolas y no le hayamos dejado el tiempo necesario para encontrarlas, ansiosos por castigar no hemos dejado que la víctima llegue a asumir lo que quiere y lo que necesita tras el crimen, un tiempo fragmentado en sectores que van convergiendo hacia una respuesta que no permitimos que se exprese, anhelantes de castigo nos negamos a oir a la víctima y sus razones, nuestra solidaridad pasa por que Paulina acepte nuestras exigencias, sino nos situaremos al margen, como ese novio que desaparece a las primeras de cambio contrariado y sin voluntad de entender. Una película para pensar, sin duda una película completa, un bofetón a la comodidad de la aplicación estricta de la ley.

 

domingo, 29 de noviembre de 2015

LA INMENSA NIEVE (Carlos Rivero, 2015)


 
LA INMENSA NIEVE (Carlos Rivero, 2015)
 
 


Algo importante tiene esta película cuando en apenas media hora es capaz de abrir muchas posibilidades y dejarlas todas resueltas, o que el espectador pueda plantearse varias alternativas en la historia y todas ellas queden perfectamente explicadas. Puede que todo se deba a una malformación de quien escribe pensando que las cosas son más complejas de lo que parecen y que lo que se cuenta es más literal y lineal de lo que me parece, pero todo me indica que no, que hay un abanico de situaciones que conducen a un replanteamiento de lo sucedido al protagonista, perdido en un inmenso mar blanco, en la blancura que provoca la imposibilidad de superar una pérdida, la blancura como sinónimo de vacío y de frustración, sensaciones y situaciones muy agradecidas para recogerlas en imágenes.
 
 


Un paisaje en plano fijo, un bosque nevado, un hombre haciendo un equipaje, unas personas mayores alegres ante lo que puede representar un reencuentro con alguien querido, una parada en el viaje, una mirada desafiante y apagada ante la inminencia de entrar en un lugar que trae recuerdos no necesariamente buenos, o, ¿simplemente estamos ante el inicio de una relación? ¿es el recuerdo de lo perdido o el momento inicial de lo que no se sabe cómo va a transcurrir? ¿Está el protagonista recordando ese primer día y noche con alguien muy importante o realmente estamos ante ese primer encuentro que no se sabe cómo va a proseguir y que sirve de excusa para no terminar un viaje que no apetece hacer?.
 
 


La gélida superficie que rodea la película se suaviza con la perfección del plano, los momentos de silencio se llenan con la profundidad de las miradas, la sensación de la derrota con la perspectiva optimista de presenciar el inicio de una relación más que el epílogo de lo que fue. La nieve y los espacios vacíos que rememoran los encuentros y momentos de ilusión, una película pequeña perfectamente fotografiada y que permite hacer volar la imaginación sobre la historia. La metáfora del encuentro casual, del azar en la vida, un camarero que decide por el cliente y los únicos comensales en un restaurante permiten construir todo un imaginario de una relación, porque ¿realmente va a haber o hubo relación o todo es una ensoñación en la mente de un protagonista que no quiere volver donde se le espera?. Un ejemplo adecuado de buen cine y un director a seguir.
 
 

sábado, 28 de noviembre de 2015

FIDELIO L,ODYSSEE D,ALICE (Fidelio la Odisea de Alice, Lucie Borleteau, 2014)


FIDELIO, L,ODYSSÉE DE ALICE (Lucie Borleteau, 2014)





Hay viajes muy largos que te dejan en el punto de partida, hay singladuras en las que el rumbo se desvía en función de las palpitaciones del momento, desajustes provocados por la ausencia, la distancia, la necesidad. Estelas que van quedando detrás del barco para desaparecer como los recuerdos. De Ulysse a Alice la pronunciación del francés es muy similar, apenas una ligera modificación de pronunciación y una única letra distintiva, apenas un cambio ligero como el que va de un hombre a una mujer cuyo sexo no implica diferentes aptitudes o capacidades de trabajo. Alice es nuestro Ulises que busca su Ítaca, una Ítaca que no es un lugar sino un sentimiento, con un amor que se disuelve en la distancia y se reactiva en la cercanía.




Alice (Ariane Labed) es marinera, maquinista en un buque de carga. Llamada a sustituir a un hombre muerto en plena travesía, debe dejar durante tres meses a su novio Félix (Anders Danielsen, protagonista de Oslo 31 de agosto) para embarcarse rumbo a Senegal desde Marsella. El embarque en el navío, su primer barco, cambiado de nombre, provoca el reencuentro con el capitán del que se enamoró en su primer viaje profesional. Alice y Gaël (Melvil Poupaud) reconocen que el tiempo no ha apagado la atracción. Tres meses en un mismo barco dan para mucho, incluso para rendirse a la evidencia. El viaje de Alice se transforma en una vida paralela, la que se puede llevar en el espacio cerrado e infranqueable de un barco y la que retomarás cuando llegues a tierra, son paréntesis en lo que importa retener sin la amenaza del descubrimiento, lo furtivo apenas cuenta si se sabe que no hay manera de que Félix pueda dudar de ella en alta mar.






Para Alice resulta cómodo alternar amor y amante, son dos fases de una misma vida que no se solapan, sino que se suceden, y en esa sucesión la situación para ella es excitante y no crea remordimiento alguno. Es cuando ambos hombres empiezan a exigir exclusividad cuando el conflicto surge y altera la normalidad de unas relaciones vividas con libertad hasta entonces. El diario del marinero muerto es el contrapunto necesario para que Alice piense sobre su propia existencia y sobre el sentido del amor. Una persona afable pero incapaz de amar, frente a una mujer dispuesta a amar a más de un hombre. También el exceso de amor puede ser dañino, puede provocar perderlo todo si los demás no aceptan tu propia forma de vivir, Alice aprovecha el hoy porque mañana puede ser tarde.





El fantasma del marino no se materializa, pero se transforma en un personaje esencial que parece vagar por la sala de máquinas, por los espacios vacíos de un buque renqueante y sentenciado. Todos llegaremos al final de la travesía, unos agotados y enfermos, otros exhaustos de tanto vivir, algunos decididos a terminar antes de que la vida se transforme en un mero pasar los días, Alice aprende sobre la marcha a decidir sobre lo importante y lo que quiere mantener, si los demás no aceptan su determinación y su sensualidad deberá cambiar de acompañantes, pero no puede cambiar de forma de vida ni de exposición amorosa porque dejará de ser ella misma.





Alice ama demasiado y está dispuesta a amar a más, frente a ella siempre termina encontrando hombres para los que el amor ha de ser exclusivo y excluyente. Alice diferencia a la perfección amor y sexo, no los confunde, sabe que lo suyo con Gaël y con Félix no es casual ni frívolo, y no tiene nada que ver con los desahogos portuarios o las intimidades con la tripulación. El viaje en este caso no le sirve a Alice para reencontrarse o colocarla en su lugar, ese lugar lo tiene muy claro desde el principio, si acaso le sirve para reafirmarse en su posición según avanzan las páginas del diario del viejo marino embarcado con un propósito, una especie de suicidio anunciado, con la amenaza de una  enfermedad incurable que le ata a tierra, un embarque necesario para ser arrojado por la borda y no morir donde nada ni nadie le espera. En el vacío afectivo del marino ausente Alice siente la afirmación necesaria para saber que es mejor sufrir por exceso de afecto que por falta de cariño, las últimas miradas de Alice nos demuestran que no es un animal herido, que su sufrimiento ha de ser eliminado cuanto antes, que un amor perdido puede ser sustituido si se lo propone. Alice nunca abandonará Ítaca.

jueves, 26 de noviembre de 2015

O FUTEBOL (Sergio Oksman, 2015)


 
O FUTEBOL (Sergio Oksman, 2015)
 


Las últimas ediciones de Locarno suelen servir para calibrar el peso del cine español más arriesgado, más novedoso. Oksman fue uno de los representantes que exhibieron su cine en la pasada edición bajo la etiqueta “España”, aunque él es brasileño, junto con Mauro Herce, Lois Patiño, Xacio Baño y José Luis Guerín, todos ellos premiados en diversos festivales, y todos ellos, como es marca del país, sin estrenar en salas a nivel general. Lo conseguirá Guerín, porque tiene otro prestigio y porque se distribuye a sí mismo, pero estamos ante esa idiota categorización de cine para estrenar y cine de festivales, como si el público fuera, en general, un rebaño de borregos incapaz de escoger entre diferentes propuestas y sensibilidades, como si con la etiqueta “cine de festivales” sólo un puñado de perros verdes fuéramos capaces de disfrutar con otra manera de contar historias y con otras historias que contar.
 
 


“O futebol” hurga en ese nuevo cine donde la ficción y la realidad se confunden hasta el punto de que no terminas de saber dónde empieza una y termina la otra, o si hay algo de verdad en lo que se ve o si todo es imaginario. La película está al servicio de espantar unos fantasmas y lo que consigue es concluir con el fantasma de una ausencia definitiva, marcada por enormes tiempos muertos de cotidianeidad, lo que comienza intentando ser un intento de reencuentro padre-hijo se transforma en la imposibilidad de comunicación y en el abrupto final producido por una muerte repentina. Porque los protagonistas de la historia son el propio director y su padre, actuando como ellos mismos, reencontrados tras 20 años sin verse en junio de 2013, en Sao Paulo, donde se emplazan para pasar juntos el mundial de fútbol de 2014, una cita a un año vista que se cumple,  y tras ese breve preámbulo a las puertas de un estadio la historia se retoma justo el día en que comienza el campeonato. Cada escena irá precedida del rótulo con el partido que se jugaba ese día en el mundial, ni sabremos el resultado ni veremos la acción, ni nos interesas, porque el fútbol es la excusa de la reunión, pero el fútbol aparenta un ente que sirve para no hablar, para no enfrentarse al incómodo silencio del que nada tiene que decir.
 
 


Una película en la que el fútbol parecería el lugar común que uniría a padre e hijo pero que juega como elemento distanciador, el fútbol empapa las conversaciones, los horarios, la conducta de la ciudad, pero el fútbol no se ve, ni se ve en pantalla ni los protagonistas acuden a verlo, lo más cerca que se encuentran de un estadio es a varias decenas de metros, encerrados en un coche e intentando averiguar el resultado del partido por las reacciones y exclamaciones del público, el fútbol es el punto de conexión común, pero fuera del fútbol apenas si queda nada. En la relación entre Sergio y su padre hay un horizonte perdido, un horizonte quebrado por un divorcio que distanció físicamente, y quizás emocionalmente, a ambos. Una ruptura que, pese a quererlo, les impide hablar con confianza, ni tan siquiera saben qué decirse, es tal la distancia, tan amplio el abismo, que los diálogos son escasos. Hay tanto silencio en la película que hasta los recuerdos han de proyectarse desde viejas películas caseras de súper 8, recuerdos de viajes y de una boda en la que todo terminó mal, unas escenas de felicidad puntual del pasado que contrastan con el fracaso presente de una empresa de reparación eléctrica condenada a la quiebra, como la propia situación personal del padre. Anciano, solo, ausente, reprochándose esa relación perdida con un hijo que, ahora, se encuentra en una situación complicada con su propio hijo al divorciarse de su esposa.
 


Cuando más dudas te plantea lo que ves, cuando más convencido de que lo relatado puede ser más una composición ficticia que la real situación entre padre e hijo, llega la vida y te da un zarpazo. La angustia del personaje anciano, asediado por deudas, sabedor de que su situación económica  es prácticamente irreversible, esperanzado en que esa aparición inesperada del hijo sea una señal de que todo puede revertir, llega la muerte a arreglar los problemas y poner punto y final al intento de comunicación. Inesperadamente, ajena al plan de rodaje, la realidad se cruza en la historia y fulmina a uno de los personajes. O futebol se transforma en la crónica del fín, de un vagar interminable por calles desérticas en una noche donde se celebra la final del mundial, una noche en que Sergio, como el personaje de “Avanti popolo”, también película brasileña, circula por calles estrechas y mal iluminadas por las calles de la ciudad, una ciudad alejada del mito turístico, unas calles de un barrio humilde por las que el director se mueve con el coche de su padre, un barrio que ni fue el suyo, un coche que, como el resto de pertenencias del padre, terminarán en un contenedor o abandonadas, objetos solitarios de un personaje solitario que murió acompañado.
 
 


Los personajes se refugian en el fútbol para mantener lazos del pasado presentes, es una forma de mantener viva una historia colectiva, pero también una historia familiar o de amistad. Pero también la memoria enflaquece, los recuerdos del hijo no coinciden con los del padre, la distancia resulta insalvable y dolorosa porque es la constatación de un imposible reencuentro. Juntos, pero sin apenas mirarse, uno al lado del otro, uno detrás del otro, sentados en el interior de un vehículo filmados desde el asiento trasero, sin ver sus rostros, sus reacciones, vista fija al frente atentos a la circulación, uno por conducir y otro por sentirse inseguro con ese conductor, un conductor que no fue capaz de mantener un rumbo que les permitiera permanecer conectados. El fútbol se transforma en el pasado, mientras que el presente termina con una derrota abrupta en el interior de un hospital. Un mes en la vida de dos personas, tiempos muertos de silencios y rutinas, una excusa de ocupación para mantener cierta distancia con un hijo demasiado tiempo ausente, una vida llena de casi nada más que de cajones repletos de revistas de pasatiempos, un viaje de acercamiento que termina siendo una despedida, unas normas marcadas en un campo de fútbol que saltan por los aires cuando lo que se impone es la vida. Una película con la que te apetece volver una y otra vez al cine para respirar verdad.