miércoles, 30 de septiembre de 2015

POLICEMAN (Policías en Israel, Nadav Lapid, 2012)


POLICEMAN (Policías en Israel, Nadav Lapid, 2012)

 

“Israel es un país de derechas con cine de izquierdas” Nadav Lapid.
 


“Es tiempo de que los pobres tomen algo de los ricos, es tiempo de que los ricos empiecen a pagar” de Shira en “Policeman”
 


Una de las más sugerentes y poéticas películas de 2015 hasta la fecha, al menos estrenada en España, ha sido “The kindergarten teacher”. Constatada esa realidad leo sobre el director y en su filmografía aparecen otras dos películas, una de 2006 y otra de 2012, galardonada en Locarno, en el BAFICI de Buenos Aires, de la que quienes han podido verla hablan muy buenas cosas. Y por fin la encuentro, recién “estrenada” en la plataforma de pago FILMIN, y vuelvo a disfrutar de una sólida narración, de un retrato de la sociedad israelí, de la complejidad de un mundo formado por el aluvión de culturas con una base religiosa identitaria, un explosivo cóctel en el que la ira y la venganza pueden situarse en cualquier lugar, en cualquier colectivo.
 
 


“Policeman” es un tríptico, dos partes para presentar a los dos bandos, sus motivaciones, sus miserias, sus aspiraciones, sus miedos, sus abusos, y una parte final de colofón donde las dos partes confluyen, se enfrentan, se destruyen. En la primera parte se retrata a un grupo de policías de las fuerzas especiales antiterroristas de Israel, su más que aparente impunidad al servicio del mantenimiento del estado frente al enemigo árabe, su guerra sucia interna, su desequilibrado reino del terror, su calculado aislamiento para que la vida profesional no afecte a la vida personal, con algún toque de humor viril, machista, competitivo. En la segunda asistimos al germen de un grupo terrorista de ultraizquierda israelí, su pretendida lucha anticapitalista llena de comunicados de inspiración poética, su intención de acabar con  los ricos de Israel y repartir esa riqueza entre el pueblo. La tercera parte es la inmolación, el ejercicio de la acción terrorista secuestrando a uno de los mayores millonarios del país en medio de la boda de su hija, y su refugio en los sótanos del propio hotel a sabiendas de lo suicida de la situación. Sólo buscan la publicidad y sembrar la semilla necesaria para que más jóvenes sigan su ideal y su camino, a la revolución por el sacrificio, que se tornará en martirio.
 
 
 


Antes del asalto definitivo, cinco fotos de los integrantes del grupo sobre un mural colocado por el jefe del operativo y todos los rostros tachados de antemano. Un estado de derecho prepara, y se prepara, para acabar con el grupo terrorista usando los mismos métodos que cuando actúan contra los palestinos o los árabes israelíes, la aniquilación. “No son árabes” dirá uno de los policías al ver las fotos, pero eso es accesorio, hay que ir más allá de la acción concreta para imaginar que lo que se va a hacer ahora es lo mismo que hicieron cuando para matar a un terrorista mataron a varios de sus familiares, situación que les tiene a un paso del banquillo de los acusados.
 
 
 


Nadav Lapid, pese a lo árido, escasamente poético de la situación, tiñe la película de humanidad, y no se entienda humanidad como sinónimo de sentimental o de reacciones humanitarias, sino como película llena de reacciones humanas, muchas de ellas meditadas y conscientes, pero brutales, sin apenas mostrarnos la violencia que se palpa. Esos agentes de policía dispuestos a agredir, a hacer uso de las armas en cualquier incidente personal para el que van a hacer valer su uniforme, van mostrándose como personas ante nuestros ojos hasta que se produce un corte brutal y el espectador tiene que volver a retomar la historia desde el principio. No usa Lapid el montaje alternando policías y jóvenes terroristas, sino una vez que hemos entrado en el universo de Yaron, el policía violento, machista, racista, en estado de celo ante el embarazo de su mujer que le impide mantener relaciones sexuales, y de su grupo de amigos policías, que forman una familia cerrada al exterior y que no duda en sacrificar al miembro enfermo del grupo para salvar al resto, el director nos cambia de lugar, de escenario, de actores, de situación, provocando una desubicación momentánea, como si alguien hubiera equivocado los rollos de la película y se hubiera trastocado el orden de la narración, pero no, mientras hemos visto a Yarom liderar al grupo de compañeros, alardear de condición física, tratar de seducir a una menor exhibiendo su arma de fuego, Shira, la joven de condición económica alta dispuesta a romper con su familia burguesa y capitalista ha ido viviendo esos días en paralelo, aunque lo vamos a ver a continuación, sin saltos en el protagonismo, sin volver al grupo policial y partiendo de un episodio de violencia gratuita del que ella es víctima. Nos toca enfrentarnos ahora con otro Israel, el Israel activista de los 70 que se reproduce en los jóvenes veinteañeros de la primera década de este siglo. Otro mundo, otra mentalidad, del judaísmo practicante al ateismo militante, del reaccionario comportamiento militar a la reivindicación de la lucha de clases, de los trabajadores que el sistema destina a mantener su orden de las cosas al sector de la población que quiere acabar con ese orden y establecer una sociedad igualitaria mediante el uso de la violencia, reivindicar el kibbutz fuera de todo nacionalismo y religión, colectivizar el pais para evitar las grandes fortunas que esquilman a la mayoría de ciudadanos.
 
 
 


Lapid usa la poesía con las imágenes y con los momentos, introduce el amor como elemento de desequilibrio, la música como reivindicación de la belleza dentro del caos y como preámbulo de la muerte, una interpretación callejera como símbolo del impuesto revolucionario. Lapid ha de ser un director de referencia para el siglo XXI, acostumbrados a que quien parece prometer se agote en su segunda película, su cine mantiene la radicalidad, tanto de propuesta como de forma. Sus dos películas no dan esperanza, en esta “Policeman” el encuentro entre policías y terroristas es inevitable, es un choque del que no dudamos su resultado final, es el resultado de dos mundos estancos, sin comunicación posible, sin puntos de unión que permitan el acercamiento. Yarom es narcisista, perfeccionista, violento, pero encantador con sus amigos y con su esposa, los masajes que proporciona a su mujer, independientemente del matiz erótico que se les quiera dar, muestran de Yarom su perfeccionismo, su dedicación a la tarea encomendada sin plantearse la más mínima duda. Por su parte, la mente de Shira, siendo igualmente cerril está condenada al caos, ante lo que es rechazable se opta por la radicalidad, no es tan diferente de Yarom salvo en la finalidad de su comportamiento, ambos tienen clara su misión aunque sean incompatibles. El intento de los terroristas de que los policías sean escuchados por ellos carece de lógica para el comando, hay una misión que cumplir. Esa diferencia de objetivo condena a los terroristas desde el principio, ellos no quieren combatir contra los policías sino contra la clase dirigente y la plutocracia económica, mientras que para la policía el objetivo es eliminar a quien pretende, o amenaza, con asesinar a la segunda fortuna del país, “una de las personas que hacen Israel”. Unos saben a lo que se enfrentan, los otros también, pero entre medias hay unos policías que viven de mantener el orden en el que se desenvuelven aquellos que no necesitan esgrimir una pistola para defenderse de ataque alguno porque cuentan con ayuda externa.
 
 
 


Por eso el final, esa mirada de aparente vacío de Yarom ante el cuerpo moribundo de Shira revela la realidad de un país más poliédrico de lo que se vende, no todo Israel busca la misma seguridad ni el mismo exterminio palestino, no todos son uniformemente sionistas ni uniformemente judíos, no todos son militaristas ni justifican la ocupación de territorios, por eso resulta tan chocante para el comando antiterrorista enfrentarse a israelíes no árabes acostumbrados a no tener que justificarse por eliminar a compatriotas o extranjeros de otra religión.

 

martes, 29 de septiembre de 2015

VIAJE AL OESTE (Journey to the west, Xi jou, Tsai Ming Liang, 2014)


 
VIAJE AL OESTE (Journey to the west, Xi Jou, Tsai Ming Liang, 2014)
 
 


“Todas las cosas compuestas son como un sueño, una fantasía, una gota de rocío, un relámpago. Así es como debe meditarse sobre ellas y observarlas” (sutra budista que pone fín a la película)
 
 

 

No cometeré la torpeza de recomendar el cine de Tsai Ming Liang de manera abierta y sin recelos, no quiero parecer un “pedante avant la lettre” que recomienda cine que no se va a encontrar ni en las salas ni en las tiendas de dvd con copias subtituladas en castellano. El cine de Ming Liang es demasiado personal, demasiado trascendente como para gustar a una mayoría, es cine para minorías muy escasas, para aquéllas que se atreven a ver películas sin argumento, o sin diálogos, y que son capaces de inventar o entender la propuesta, o simplemente de disfrutar de sus imágenes, o también de no entender de nada y denostarlas, pero después de asumir el reto de una difícil propuesta.
 
 
 


Ming Liang lleva un par de años traladando a imágenes el deambular místico de su monje budista, si no me equivoco, desde “Walker”, pasando de los alrededor de 20 minutos de aquélla a los 56 de ésta. La idea y el desarrollo es muy similar, asistimos a planos estáticos en los que el movimiento del monje se eterniza, nuestra mirada entra en conflicto entre la aparente inamovilidad del monje y la velocidad del entorno en que se mueve. Esta vez nuestro monje deambula por las calles de Marsella tras abandonar su monasterio y eternizar durante 15 minutos una bajada de escaleras de una estación de metro mientras la vida urbanita transcurre a su lado a toda velocidad, continuando con su peregrinación hacia el oeste, pero esta vez cuenta con un seguidor que se le suma en tan peculiar como agotador viaje, Denis Lavant pasa a seguir al monje, no hay diálogos ni se cruza palabra alguna, ni entre ellos ni con nadie más. A las imágenes sólo les acompaña el sonido ambiente de la gran ciudad.
 
 
 


Ming Liang no es compasivo con el espectador, le somete a la tortura de un gran primer plano de medio rostro de Lavant durante 12 minutos, los 12 minutos iniciales a la espera de la revelación, 12 minutos en los que hasta dudamos si Lavant ha muerto ya que ni pestañea. Un rostro y la oscuridad pasan a ser un perfil tumbado boca arriba en plena naturaleza y la aparición de nuestro monje que comienza a caminar. Nuestra mirada no está acostumbrada al ritmo de la minoría, desearíamos empujar, obligar a avanzar más deprisa, pero nuestro monje y su discípulo se mueven conforme piensan. No es vida para acelerarse, si corremos no vemos, no miramos. Lo que pasa rápido no se contempla, pero, ¿estamos dispuestos a vivir en la contemplación, en saborear pequeños instantes haciéndolos perdurables?
 
 
 
 


El plano final nos revela que hay vida, pero que depende cómo se mire, esa vida también es deformable, ocho minutos donde apreciamos a los habitantes de Marsella jugando, paseando, oyendo música en una plaza, pero no es la visión directa sobre ellos, sino la visión reflejada en el techo espejado de una estructura que sirve de soportal, la imagen de la vida y no la vida misma, hemos dejado al monje y su discípulo, rumbo a otro destino. Nosotros nos quedamos contemplando. Un experimento visual digno de quien no se conforma con hacer lo que todos, buscando nuevos materiales narrativos al alcance de muy pocos y que, sinceramente, enervará a muchos. Una especie de videocreación destinada a iniciados, a buscadores de innovaciones narrativas, a amantes del cine del director malayo. Por eso no me disgusta, ni me sorprende, es lo que uno puede esperar de los grandes, que se renueve aunque no se le entienda, incluso aunque disguste.
 
 

lunes, 28 de septiembre de 2015

IRRATIONAL MAN (Woody Allen, 2015)


 
IRRATIONAL MAN (Woody Allen, 2015)
 
 


En el filo de la navaja entre lo íntimo y lo divulgado, el éxito o fracaso de una persona puede estar solamente determinado por un hecho concreto, por el lado de la barandilla en el que caiga el anillo. Incluso los conceptos de éxito o fracaso resultarían ineficaces para una persona. ¿Qué es el éxito? ¿Qué es el fracaso? ¿Hasta dónde éxito o fracaso los determina el cliché, el concepto social, la conveniencia de hacer o conseguir  lo que quiere la mayoría? Cuando una persona es capaz de pensar que la vida no tiene sentido el shock puede ser devastador y para ello no vale ni el éxito ni el fracaso. Llevado a sus últimas consecuencias pensar que vivir no tiene nada de trascendente, ni de perdurable, ni una meta que, traspasada, determine que has conseguido el objetivo o no, debería provocar una seria reflexión sobre el suicidio, ahí se encuentra Abe, profesor universitario, sin acuciantes problemas de dinero, deseado por las mujeres, todo parecería indicar que no existe excusa para su agotamiento vital, para su renuncia a disfrutar de la vida.
 
 
 
 


Al personaje que interpreta Joaquín Phoenix se le han acabado las ganas de vivir, o eso dice. Su pose autodestructiva puede tener algo de afectada y falsa, pero mientras vende su mirada de cordero degollado, se instala en un nuevo campus con una fama de mujeriego que le precede, y no oculta su afición al alcohol desmesurada. Con un curriculum de seducción de alumnas y problemas con el alcohol parece complicado que sea contratado por ninguna universidad, pero necesitamos ubicar al especímen en un nuevo hábitat para que se aclimate y demuestre su potencial. Oído como profesor no aceptaríamos que por su sabiduría fuera capaz de interesar a ninguna de sus alumnas, así que serán las argucias más viejas en la historia de la humanidad las que utilice, el halago y la autocompasión, consciente o no son sus armas para que Jill se fije en él. Más discutible aún es la presencia de la profesora dispuesta a romper su monótona vida diaria compartiendo proyecto de futuro con Abe.
 
 


Abe (Joaquin Phoenix) flirtea a sabiendas con Jill (Emma Stone), aparenta pocas ilusiones y necesita un aliciente vital, algo que le haga dar sentido a una vida que, vista hacía atrás carece de perspectiva apetecible y que mirando hacia delante ha consumido los mejores años. Surge el dilema moral de un profesor de filosofía que, previamente, ha planteado en su clase, de otra manera, bajo la apariencia del imperativo categórico de Kant, la trama de la película, si nadie puede mentir y un criminal te preguntara donde se esconde la víctima y tu lo sabes estarías obligado a revelarlo para no faltar a ese imperativo, pero quizás  en ese mundo ideal no hubiera crimen ni fuera necesario el castigo. Es decir, los axiomas filosóficos están muy bien para sesudas charlas intelectuales, pero la vida tiene otros condicionantes marcados por el dinero, el sexo, las pasiones, el poder, frente a los que una vida guiada por los principios absolutos de la filosofía y de la moralidad está destinada al fracaso.
 
 
 
 
https://youtu.be/1GXHjxvSi24 (Bach, preludio nº 2)


Allen introduce el azar en su película para estimular la vida de Abe, como si quisiera ser Rohmer, o como en las novelas de Auster, pero su introducción es tan forzada que resiente su credibilidad. Los mcguffin funcionan así, o te los crees y la historia va rodada (qué decir del inexistente Mr. Kaplan de Hitchcock) o resultan tan poco convincentes que los entiendes como un mal recurso para dar continuidad a la historia. Allen necesita asideros durante la película para que la endeble armazón no se le venga abajo, uno es ese azar fortuito y exagerado, otro la presencia de la profesora universitaria que ayuda a desvelar lo que nadie conoce sin que ella se de cuenta. Ese azar que da sentido temporal a la vida de Abe se sitúa en el universo de la ponderación de valores, cuando los valores son relativos las consecuencias últimas pueden ser más fáciles de prever o de aceptar, pero cuando la dicotomía se transforma en valorar si es lícito o no matar a una persona para evitar un mal mayor, el ser racional que se supone que es el profesor de filosofía entra en barrena y actúa por sentimiento, no por racionalidad.
 
 


Allen retuerce argumentos ya muy usados en su cine, “Delitos y faltas” y “Match Point” son el mismo terremoto interior provocado por la muerte forzada, por la idea del crimen perfecto. Matar o perder lo que se tiene. Aquí hay un giro al argumento, es matar para vivir, no porque se trate de un asunto de legítima defensa sino porque matando Abe puede dar sentido a su vida. Una vez que Abe toma su decisión su vida paralizada se desbloquea, lo que era un año de impotencia mental se convierte en sexo juvenil (uno sospecha que ese año sabático sexual está provocado por las consecuencias de un despido encubierto de otra universidad y por el alcohol, pero son cosas que imagino por malpensado, porque el personaje de Abe me parece un simulador a lo largo de toda la película), lo que era amistad en palabras de Abe se traduce en relación sentimental y a ojos de todos con su alumna Jill (¿es creíble esa situación? Hasta donde sé las relaciones profesor-alumna, médico-paciente van contra las normas deontológicas, parece ser que para este profesor suponen un plus de interés para ser contratado). El existencialista Abe se transforma en el hedonista Abe, de taciturno a alegre, de huraño a sociable (un mérito de actor tan excepcional como Phoenix) y la película da un giro, recuperadas las ganas de vivir comienza la película de intriga cómica con pretensiones de tragedia griega, aquí “Misterioso asesinato en Manhattan” revive de manos de Jill, que pasa a ser la protagonista de la película asumiendo el papel de Diane Keaton, mientras Abe alterna los papeles que representaba el vecino Mr. House y Alan Alda.
 
 
 
 
https://youtu.be/mGQLXRTl3Z0 (Bach, suite nº 2)


Pero cuando llega la constatación de lo sucedido a Allen se le atranca el discurso, que venía ya a tirones previamente. En ese momento de indudable, o que podía haber sido de indudable profundidad filosófica, Allen no sabe aportar argumentos sólidos ni fiables, por eso deja hablar a la joven “no tengo ni el conocimiento ni tu inteligencia, pero esto no puede ser”, resumiendo de un brochazo todo el planteamiento moral del inicio. Al final Allen juzga y castiga, aunque de manera muy simplista, pero para que sea más asumible, el castigo vendrá precedido de otro pecado imperdonable. Allen, para aplicar su castigo, necesita de argumentos moralizantes, implícitos, nunca expresos, como si considerara insuficiente lo ya hecho y pudieran existir espectadores que empatizaran con el profesor hay que hundirle en la consideración ajena antes de castigarle. Allen juega, o pretende, crear cine ligero, volátil, con temas trascendentes, durante muchos años le sirvió y en algunas ocasiones proporcionó serias reflexiones llenas de profundidad, en su última década parece transitar por un razonable canto a la vida, a sus ganas de vivir con independencia de qué dirán, y sus películas se difuminan en la memoria y ya no somos capaces de reencontrarnos con el genio, que de vez en cuando asoma como en Midnight in Paris. Aquí pretende hacer una tragedia ligera que oscila entre la comedia romántica y el drama paradójico hasta llegar al momento culminante de sus últimos 15 minutos donde no sentimos la desesperación ni la agonía. Llena su película de citas, Kant, Hegel, Heidegger, el Extraños en un tren de Hitchcock, y sobre todo Dostoievski, pero se aparta frontalmente del escritor ruso para quitar peso al conjunto, y el resultado se desequilibra.
 
 


Año tras año repetimos la misma cantinela, ¡qué pena, con lo bien que lo hemos pasado con el cine de Allen!, y sin ser una película mala, notas que está a años luz de su mejor cine, que ya solo puedes aspirar a un chispazo puntual, a obras correctas sin más, a desear que no sea horrible porque no soportas que quien te dio tan buenas horas pierda su genio de esta manera. Y no, te vas resignando a que Allen haga cine porque no quiere morirse, porque necesita crear para sostenerse, pero mientras, sus obras te van resbalando, ésta última te va aburriendo durante muchos minutos, te abruma una insistente voz en off que no te deja pensar ni disfrutar de las imágenes, una voz que te cuenta lo que podrías ver y que apenas sirve para desarrollar la verdadera trama, te marea el insistente uso de un estándar de jazz que suena sin parar una y otra vez, imaginas que refleja la mente de Abe dando vueltas y vueltas juzgando y juzgándose, o la de Jill, pero cansa, cansa, hastía y, también, distrae sobremanera. 24 horas después de ver la película un aparente estado de complacencia sobre su visión me ha desaparecido, ni Phoenix ni una convincente Stone (esta chica está exponiéndose demasiado, se la ve en muchas películas y se va a encasillar en un papel de joven seductora no siempre bien dirigida, ojo a su lamentable interpretación en Aloha y ahí se verá la diferencia entre un buen director, Allen, y un aprendiz vendehumo como Cameron Crowe) consiguen mantener un recuerdo de la película como para recomendarla. A los fanáticos de Allen les convencerá, a otros les parecerá el cierre de una trilogía sobre el asesinato “justificado” perfecta, para mi, al final, es una de las películas de Allen que querría no haber visto para quedarme con Manhattan, Annie Hall, La rosa púrpura del Cairo, Misterioso asesinato en Manhattan, Match Point, Delitos y faltas……….ésa es la historia y la grandeza de Allen, no el de sus últimos ¿10? años. Pero si por algo hay que alabar la película, quedémonos con otra sobresaliente interpretación de Phoenix, por escoger la canción The in crowd como leitmotiv  y por la fotografía de Janusz Kaminski