domingo, 28 de junio de 2015

A GIRL WALKS HOME ALONE AT NIGHT (Ana Lily Amirpour, 2013)


A GIRL WALKS HOME ALONE AT NIGHT (Ana Lily Amirpour, 2013)

 

ATLÁNTIDA FILM FESTIVAL.

 
 
 

Si, otra recomendación del Atlántida, de ese tipo de cine que difícilmente se encuentra a diario, una película iraní con dinero norteamericano, así que termina siendo menos iraní que cine “indie” norteamericano. La directora seguramente ha aprovechado sus estudios en Norteamérica para decidir no volver a su país para trabajar como cineasta, y desde luego, este tipo de cine no sería permitido en Irán. Una película en blanco y negro, hablada en iraní, con rótulos en la ciudad en ese idioma, con actores mayoritariamente iraníes, con mujeres que usan velo aunque se dediquen a la prostitución, con camellos que se mueven a ritmo de hip hop, con gente común que reniega de sus familias, con mujeres solitarias que regresan a casa de noche, incluso con algún que otra escena de desnudo o de inequívoco significado sexual.


 
Imagen y música se conjugan a la perfección con la historia y consiguen un ensamblaje perfecto para crear esa atmósfera de irrealidad que transpira el relato, porque, en el fondo, la película es una historia de vampiros, de una vampira que selecciona a sus víctimas usando la balanza del bien y del mal, amenazando a los buenos para que nunca dejen de serlo porque ella estará siempre vigilando o eliminando a aquellos que han conseguido que la ciudad merezca el nombre de “Bad City”. Hay una cadencia armoniosa en el ritmo con que se cuenta la historia de Arash y la mujer sin nombre, sus caminos son divergentes hasta que empiezan a aproximarse por culpa de los hombres malos que rodean a Arash, en ese ambiente hasta el propio Arash está a punto de convertirse en una víctima más de la mujer, hasta que ésta descubre en ese vampiro disfrazado una pureza interior poco común en “Bad City”, la ciudad del pecado, como la creada por Frank Miller, pero trasladada a un régimen islámico muy poco ortodoxo, donde se mantienen ciertas convenciones acerca de la moral y el sexo pero de puertas afuera, porque puertas a dentro, hombres y mujeres se ofrecen sin  tapujos y donde un hijo puede terminar echando de casa a un padre enganchado a la heroína y que le ha trasladado unas deudas como consecuencia de su dependencia.

 
 
 
 

La imagen de la mujer, cubierta por el hiyab y siguiendo a los caminantes solitarios en la noche de la ciudad, ya para morderles, para advertirles o para ayudarles, se transforma así en la imagen de la limpieza y la regeneración. Una ciudad como la de la película, a medio camino entre un suburbio norteamericano y un poblado del oeste, rodeada de pozos de petróleo, es el caldo de cultivo ideal para el crimen y el pecado, la tarea de la mujer es, por lo tanto, ingente. Se transforma, o se ha transformado así, en una especie de fuerza policial cuyos resultados se analizan a la mañana siguiente cuando los cuerpos son recogidos de las calles y lanzados a una enorme fosa común. Cruzarse con “ella” es enfrentarte a la limpieza de tu comportamiento, si en una noche puedes llegar a tu casa significará que tu sitio no es “Bad city” y tendrás que huir para mantenerte limpio en el futuro.




 


Hay resonancias visuales ineludibles a La ley de la calle de Coppola, aunque el resultado sea menos onírico y potente, hay, y salta a la vista, referencias muy identificables al primer Jarmusch, al de sus películas en blanco y negro llenas de frescura y humor negro, y es evidente, en la historia entre la vampira y Arash rezuma el origen de la historia previa de Eve y Adam en “Sólo los amantes sobreviven”, película ésta que terminará transformándose en clásico a fuerza de convertirse en referente para otros muchos cineastas. El vampiro ha abandonado su capa para transformarla en un velo islamista, y la decisión de ser sacrificado o no, no depende tanto de la observancia de las normas del profeta como del hecho de no causar daño a los demás, con eso es suficiente para sobrevivir e, incluso, para que una vampira se enamore de ti y viceversa. En ese camino que se inicia al final de la película se encuentra el inicio de una gran amistad, acompañada de una banda sonora apreciable a ritmo de canciones de grupos como Federale, Free electric band o Bey Ru.



 

sábado, 27 de junio de 2015

TRAFFIC DEPARTMENT (Drogowka, Wojtek Smarzowski, 2013)


TRAFFIC DEPARTMENT (Drogowka, Wojtek Smarzorwski, 2013)

 
ATLÁNTIDA FILM FESTIVAL


Lo que parecería iniciarse como una sucesión de gamberradas laborales, de corruptelas generalizadas, de abusos de poder en el interior de una comisaría de Varsovia, una especie de policía municipal, va degenerando, rápida y progresivamente, hacia un relato de cine negro y corrupción en las instituciones del estado de alto voltaje. Cuando tras una noche de juerga desenfrenada, un grupo de policías entregados al alcohol, a las drogas, la prostitución y las carreras de coches por las calles de la ciudad, tienen que desplazarse a la mañana siguiente, presos de la resaca y el olvido de la noche anterior, a cubrir la seguridad de una visita papal, el relato se desdobla y emerge una historia dura y seca, llena de aristas y todas cortantes. Uno de los policías que no ha aparecido a cubrir su servicio aparece muerto a golpes y arrojado a un río, es uno de los agentes a quien la mayor parte de la comisaría debe dinero porque se dedica a prestar, es uno de los agentes al que una parte de ellos odia por haberse acostado con sus mujeres, es el agente que más peligrosamente bordea la ilegalidad en su trabajo y que ha ido amasando una pequeña fortuna desconociéndose el cómo.
 
 

Cuando los de asuntos internos y el fiscal señalan a uno de los agentes, el menos corrompido, pero igualmente poco fiable, como el autor del asesinato por haberse enterado la noche anterior de que su mujer le era infiel con el muerto y además le debía 80000 zlotys, comienza a tener sentido toda la amalgama de imágenes grabadas con móvil, con cámaras de seguridad, con video cámaras…..que han ido surcando el relato hasta entonces. La memoria del sargento Krol aparece fragmentada, sus recuerdos de la noche anterior van recuperándose con la ayuda de fogonazos y de las grabaciones que va consiguiendo. Creyendo que no ha sido capaz de cometer ese crimen, emprende una huida a la búsqueda de la verdad, con la ayuda y las traiciones de sus compañeros de trabajo, quienes no dudan en poner en riesgo su puesto ayudando al fugado, Krol reconstruye la vida del muerto, del agente Lisowski, quien se revela un auténtico criminal con conexiones mafiosas. Uno de esos elementos necesarios para que el crimen organizado prospere, pero un peón igualmente desechable si existe riesgos.
 
 

A la corrupción inconsciente, aceptada y asumida dentro del departamento, “cobramos lo mismo que hace 15 años”, no es difícil relacionar una corrupción a nivel gigantesco según se va escalando en la pirámide del poder. Y Smarzowski dispara a todo lo que se mueve, Gobierno, fiscales, policía, iglesia católica, Unión Europea, constructoras, es todo un entramado  destinado a enriquecerse fraudulentamente utilizando recursos públicos para malvenderlos y comprarlos a través de sociedades interpuestas, un sistema transnacional que se extiende hacia Moscú y hacia la mafia italiana. El cáncer de lo público encarnado en sus propios servidores, Polonia representada como un paraíso corrupto e impune, un país en el que la integridad vale menos que nada, donde divulgar ciertas noticias ni te asegura que se haga justicia ni que se te olvide.
 
 

En una sociedad obsesionada por las nuevas tecnologías, por tener que contar la vida al milímetro, por grabarse en cualquier situación, ya sea comprometida o aparentemente banal, no resulta excesivamente complicado rastrear lo que hiciste hace tiempo, basta con que uses el teléfono móvil como un órgano vital, para facilitar las cosas a quien te quiera buscar las vueltas. Los políticos grabarán a los constructores, los constructores a los políticos, los policías a otros policías, los policías violentos las palizas para su propio regodeo, las putas grabarán a sus clientes para que su proxeneta cuente con mecanismos de defensa o para protegerse ellas mismas de abusos demasiado insoportables, y todo quedará grabado, y aunque se hagan desaparecer los archivos, siempre existirá alguna copia que fue imprudentemente difundida, o una cámara de vigilancia que captó una imagen comprometedora. Cuando el fango impide respirar y tienes más que perder que ganar, se te ofrecerá una mínima tabla de salvación a cambio de un silencio humillante. ¿Qué es lo que quedará cuando te reveles y como el escorpión piques a la rana? Que tu ejemplo servirá de aviso al resto de tus corruptos compañeros. No son pocos los que creen que un nivel de corrupción mantiene engrasada la maquinaria para que todo funcione, pero puede que esa sea la excusa perfecta para terminar amparando cualquier comportamiento por excesivo que sea, ¿qué diferencia al policía que extorsiona del político que se enriquece indebidamente? El volumen de lo ganado no puede ser el argumento justificador, porque, al final, la política está formada por ciudadanos bastante corruptos a los que no se pide cuentas porque, en el fondo, muchos desearían estar sentados en esas poltronas para hacer lo mismo.
 

Estupenda forma de retratar una sociedad gangrenada de la cabeza a los pies, sin la profundidad o el poso místico de Leviatán de Zgviantsev, alejada del dolor y la culpa generada por el peso de un exacerbado catolicismo muy propio del cine polaco, esta película puede disfrutarse como un simple relato criminal, como la reproducción en imágenes de cualquier boom literario nórdico de novela negra, o se puede interpretar como un ejemplo más de la podedumbre que se ha instaurado en las sociedades occidentales, agravada, en este caso, por el rápido paso, sin depuraciones necesarias, de un régimen dictatorialmente corrupto a un régimen de capitalismo sin control ni límites.

 

jueves, 25 de junio de 2015

THE KINDERGARTEN TEACHER (La profesora de parvulario, Nadav Lapid, 2014)


THE KINDERGARTEN TEACHER (Nadav Lapid, 2014)
 

¿Se puede hacer una película donde la poesía se transforme en personaje? ¿se puede filmar la poesía sin caer en lo cursi? ¿Cabe la poesía en el cine sin transformar la imagen en algo poético? Pues Nadav Lapid lo ha intentado y lo ha conseguido, y lo dice alguien no especialmente sensible a la poesía, alguien que se pierde en la maraña de figuras literarias donde las palabras han de significar muchas otras cosas distintas a las literales, al que la sublimación de lo amoroso a través de versos le produce cierto rechazo, en el fondo, alguien como la inmensa mayoría de los que circulan por la película, alejados y ajenos al lenguaje poético, pero Lapid no cae en el recurso fácil de rodear de bellas imágenes los poemas del niño protagonista, sino que las palabras calan en el espectador en medio de escenas de lo más prosaicas, con el niño yendo y viniendo como una fiera enjaulada para mantener la inspiración, como esos jóvenes musulmanes o judíos que aprenden las suras o el talmud a golpes rítmicos de su cuerpo.
 
 
 

Sólo tres personas, Yoav, el niño poeta de cinco años, Nira, la profesora de la guardería y Aaron, el tío del niño, pero sin contacto con él, son capaces de alcanzar la posibilidad de emocionarse con los poemas del pequeño, el primero sin llegar a entender el significado de lo que, como revelaciones místicas, va recitando de manera sorpresiva para que los adultos lo escriban, y los adultos extasiados por el poder de la palabra revelada y sorprendidos por la capacidad de quien no debería expresarse de esa manera cuando no conoce el significado de lo que dice. En un mundo donde la poesía y el poeta han sido barridos y destruidos, parecería aventurarse la llegada de un nuevo Mesías a un territorio donde, precisamente, se encuentra la tierra prometida. Israel y sus contrasentidos se proyectan alrededor de la historia del joven poeta y la atormentada profesora incapaz de poder salvaguardar esas dotes y de protegerlas.
 
 

A lo largo del metraje Lapid relacionará, con maestría, los momentos poéticos con la cotidianeidad de un país creado de la nada y en aluvión, donde el odio racial entre israelíes se manifiesta a través de los himnos deportivos de dos niños de cinco años que llaman nazis a los hinchas del equipo contrario y desean que se consuman en el fuego, donde la televisión es capaz de reírse de su propio pasado haciendo chistes sobre judíos y sobre Hitler, donde no es lo mismo ser un judío sefardí que un judío askenazi, donde ser negro y judío tiene el mismo peso racial que en el resto del mundo blanco ser negro. Las contradicciones de un país con un enorme peso laico donde lo religioso se inmiscuye subliminalmente en todo lo que interfiere en la vida de sus habitantes, donde el ejército es algo más que una institución y se ha transformado en una salida laboral que marca una diferencia de clases.
 
 

Lapid juega con la cámara haciéndonos comer el rostro de los personajes, sobre todo de los niños, la cámara alternará las alturas de los ojos de quien mira para comprobar cómo la realidad cambia según seas más alto o más bajo, pero el muro terminará siendo infranqueable porque no hay quien rompa la cuarta pared, esa que Nira ansia rebasar para encontrarse en otro mundo, huir a Egipto para salvar al nuevo Mesías que, sin embargo, no querrá ser salvado. No es tiempo para poesías, y lo que Nira entiende como su propia salvación personal consciente de su escasa capacidad poética y su nula posibilidad de realización profesional y familiar, se transforma, finalmente, en su propia perdición, en su final, en el agotamiento de una salvación imposible. Frente a frente con su imagen, Nira no podrá hacer otra cosa que resignarse a perder una vez que es rechazada por el pequeño, que solicita ser salvado ante la impotencia de la profesora, un rechazo lleno de amor pero en el que el pequeño es consciente de que la vía adoptada por su profesora le conduce a su propio fracaso futuro.
 
 

Ser poeta en estos tiempos es convertirse en un perdedor, en un ser desgraciado y doliente, sufrir por culpa de los demás y sufrir por ser incapaz de comunicarte ya que nadie te entiende, en ese mundo donde se necesitan dos sueldos para poder cenar en los restaurantes del padre de Yoav, los sentimientos no se valoran, en ese mundo que es nuestro mundo, un mundo que vive de espaldas al amor sublime porque, quizá, no exista forma humana de conocer lo que eso significa. Como Yoav contesta cuando se le pregunta a uno de sus poemas, el principal que significa el leit motiv de la historia, el dedicado a Hagar (esposa de Abraham por cierto), él no sabe lo que es el amor, pero puede hablar del amor, del mismo modo que al decir que “Hagar es demasiado bella, demasiado para mí”, dice que para saber quién es Hagar hay que pensar en ella antes de oir las palabras.
 
 

Para Nira hay que salvar a este niño como sea porque es el futuro de la poesía, y para ello intentará rescatarle de la vacuidad, de los entornos que echen a perder su don, le enseñará a leer poesía y le explicará lo que no entienda, egoísmo personal o afán altruista, irá haciendo lo posible para que las personas que no ayuden al niño desaparezcan y ella se convierta en su mentora, pero, ¿preguntó a Yoav si quería ser salvado o si necesitaba ser salvado? Yoav tiene un don, de él depende usarlo cómo y cuando quiera, no abusemos de una presunta superioridad moral e intelectual cuando en nuestras enseñanzas mezclamos saber con superstición. NIra alcanza el éxtasis y la emoción  oyendo las revelaciones poéticas del niño, pero después querrá que interprete a Judas Macabeo en una impropia clase de religión con música, o supuesta música. NO habrá más liberación real en la película que la que permiten tres extraordinarios momentos musicales, nunca más libre cada uno de los bailarines voluntarios que en esas escenas, fuerza vital alejada de corsés religiosos e intelectuales, los mismos ritmos con los que Yoav es salvado de su camino a Egipto.

 

martes, 23 de junio de 2015

WHILE WE,RE YOUNG (Noah Baumbach, 2014)


WHILE WE,RE YOUNG (Mientras éramos jóvenes, Noah Baumbach, 2014)
 

Pocas cosas más patéticas que un cuarentón simulando ser eternamente joven, creerse que los 40 son los nuevos 30 y no aceptar que ya empiezas a tener síntomas de artrosis en las articulaciones, posponer algo tan serio y para lo que no todo el mundo está preparado como tener hijos hasta que el cuerpo no te sostiene, convertirte en abuelo prematuro más que en padre, ponerte a bailar rap o hip-hop como si fueras un adolescente mientras la espalda te deja crujido, probar todas las novedades del momento siguiendo modas impuestas para creerse eternamente activo y de espíritu incombustible, ponerse unas gafas blancas para tapar la realidad de que lo que te jode no son los cristales sino la presbicia.
 
 
 

Y ya llegados a la mitad de la cuarentena la gente se va dividiendo en dos grupos, como poco, los que tienen hijos y se infantilizan al extremo de disfrutar con cualquier mamarrachez destinada a unos niños que se echan a llorar asustados por el espectáculo que provocan los padres, y los que nunca han querido tener hijos o no han podido, y ante el abismo que provoca ir sumando años y años, pretenden seguir con un ritmo de actividades y aficiones que les haga olvidar que todo se acaba y que han dejado de ser adolescentes hace mucho. Los años nos hacen desconfiados, arrogantes, retadores, te niegas a aceptar otras verdades que no sean las tuyas, en el fondo te aterra reconocer que te has equivocado y que al mirarte en el espejo ya te puedes conformar con no creerte un pusilánime, un vendido o un hijo de puta, el espejo no te devuelve unos bíceps espléndidos sino algo que empieza a descolgarse, y los esfuerzos porque la grasa no se acumule no valen el sacrificio de beber un buen vino o saborear la carta de un restaurante recomendado en las guías.
 
 
 

Ya tienes años en los que hacer amistades resulta, si no imposible, poco creíble, puedes haber perdido la timidez para relacionarte, pero sabes mostrar una fachada y ocultar el interior, justo al revés de como eras de joven, donde callabas para no descubrirte y cualquier reto te encendía las mejillas. Y con cuarenta y tantos serás capaz de criticar todo lo que hace la gente a tu alrededor y no verás la cantidad de tonterías propias  en las que incurres, serás capaz de llevar un polo de pico para mostrar medio pecho ya en pleno decaimiento, te pondrás sombreros porque lo has visto a un modelo de poco más de veinte años o porque Elvis Costello los ha usado siempre, te comprarás ropa de colores chillones para vencer el gris de tu piel, falta de brillo y tersura. A los 40, no te engañes, empieza el declive, y luchar con disfraces contra ello sólo consigue sumar, a los años, el ridículo, como en el que caen Josh y Cornelia aunque ellos no se enteren.
 
 
 

Cuando Josh y Cornelia han alcanzado la plácida monotonía de una pareja estable de cuarentones, cualquier canto de sirena juvenil les puede hacer salir del sopor, con el riesgo de ser vampirizados o devorados por mentes más ágiles, más despiertas, más despiadadas. A Josh (documentalista de una sola película, a quien el éxito le ha dado la espalda y vive bajo el peso insoportable de ser el yerno de un afamado y laureado cineasta de la realidad), empantanado en un documental con el que lleva 10 años trabajando, que una pareja de guapos y aduladores veinteañeros se le acerque después de una clase universitaria para felicitarle por su película, le rompe todas las defensas. Deseoso de ese reconocimiento, de ser conocido por su obra y no por ser yerno de…….no es capaz de ver más allá de lo que su mente desea. A Cornelia y Josh (Naomi Watts y Ben Stiller, quizás uno de los errores de la película y que lastran su dinamita interna con actuaciones sobreactuadas, algo que en el caso de Stiller no es sorpresa, pero si en una Watts que va perdiendo fuste película tras película), aislados en su burbuja burguesa, con los amigos entregados a la crianza de retoños, separados de los ambientes que frecuentaban, cansados tanto de si mismos que les cansa cualquier cosa que les recuerde lo que eran, y que se sienten desplazados e incómodos en ese mundo, la llegada de esta joven pareja les hace descubrir una ciudad que ya no conocían, pero al tiempo, desoyen lo que la prudencia de los años les debería recordar y hacerles poner alerta.
 
 
 

Y en este juego de engaños, autoengaños y medias verdades, Baumbach siembra un par de escenas estupendas mezclando la ficción con el cine documental, planteando la dicotomía entre si sólo vale el cine documental que se ciñe a la realidad, aunque aburra, o vale que el cineasta mute, provoque, falsee esa realidad para conseguir sus fines, tres generaciones de cineastas se enfrentan en pantalla con distinta forma de ver el cine y su futuro, como la vida de Josh y Cornelia, que era más real antes de  conocer a Jamie y Darby (solventes y creíbles Adam Druver y Amanda Seyfried), aunque los meses compartidos con estos hayan sido un aliciente, un revulsivo para su relación acomodada al cariño y a la falta de sorpresas. Al final parecería que Baumbach nos vende una historia de tradicionalismo, de final  convencional, pero los dos últimos planos revelan que no es así, que la película de Baumbach está llena de dinamita y vitriolo  contra una generación que ha crecido en años y poco en madurez, que es incapaz de mantener una conversación entre amigos sin estar mirando el móvil cada cinco minutos, y lo que es peor, que ha transmitido estos valores a las nuevas generaciones. Mientras éramos jóvenes a lo mejor éramos despreocupados, lo malo es que al llegar a la madurez nos hemos convertido en despreocupados y estúpidos, menudo avance.
 
 

Advertirán temas y preocupaciones del cine de Baumbach, pero no estamos ante la grandeza de “Una historia de Brooklyn” o  “Frances Ha”, ni tan siquiera ante la solidez de “Margot y la boda”, no obstante, pese a los guiños andersonianos, los puntos de fuga propios de Frances Ha, las crisis existenciales teñidas de comedia herederas de Una historia de Brooklyn, o el peso del paso del tiempo de “Margot” son perceptibles en esta película irregular a la que no hace un favor su reparto de “estrellas”.