viernes, 27 de febrero de 2015

UNA CASA EN CÓRCEGA (Au cul de loup, Pierre Duculot, 2011)


 
UNA CASA EN CÓRCEGA (Au cul du loup, Pierre Duculot, 2011) Calificación 6
 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
Partícipe de esa corriente de cine heredera de las historias mínimas, la infame traducción del título, cuyo original es algo así como “en el quinto pino”, para no ser demasiado vulgar en el verdadero sentido de la traducción, la película es otro ejemplo de la enésima intentona de reflejar en imágenes la necesidad de huir y romper, de eliminar las convenciones sociales y las cadenas que nos vamos poniendo alrededor del cuello para convencernos de que lo que nos pasa es definitivo e inmutable y no hay salida, cuando la realidad nos enseña que siempre se puede cambiar, aunque normalmente no queremos ni nos atrevemos. Periódicamente el cine francés o francófono (ésta es una coproducción franco-belga) utiliza la casa lejana y apartada como equivalente a un renacer, a un cambio de vida necesario, volver a ser uno mismo por encima de lo que los demás esperan de nosotros, casualmente los protagonistas terminan siendo siempre mujeres asfixiadas por su entorno, recuerdo Villa Amalia de Jacquot, Mi refugio de Ozon, y ahora esta “Casa en Córcega”, bastante menos interesante que las precedentes, pero con su punto de necesaria reivindicación.
 
 
 

Cristine se encuentra en esa situación en la que la vida te dirige inexorablemente a un matrimonio sin convicción, a una vida en común  monótona y previsible, a un trabajo de mierda en el negocio del suegro que, para atarte cerca de casa ni te hace contrato, a unos padres que se esfuerzan en serlo para el resto de tu vida, a una ciudad gris y aburrida de la Bélgica francófona (entre Charleroi y Lieja, de lo más feo de Bélgica por cierto), y en la que una herencia inesperada de una abuela rebelde en su juventud entrega a Cristine la posibilidad de volver a ser ella misma y romper con el presente y el futuro castrador. Para eso tendrá que desplazarse a Córcega y buscar esa casa semiderruida y abandonada, utilizada como refugio de cazadores, en un pequeño pueblo entre montañas, previa ruptura en dos tiempos con lo que te ataba hasta entonces. Hay que volver a empezar desde cero.
 
 
 
 

Apenas nada va a sorprender en la película, salvo el paisaje corso, aparecerán los tipos pintorescos que habitan el mundo rural de una comunidad especial, el amor por lo propio y la tradición, la reivindicación de la vida sencilla y en naturaleza, conocer a tus vecinos y preocuparse unos del bienestar de los otros, la reconciliación familiar aceptando los demás que tienes derecho a ser como eres y donde quieras, el nerviosismo de conocer a alguien que te interesa, la decepción, el final prometedor, el ritmo contenido y la duración justa de una historia que da para poco más, un ejemplo de cine con escasas pretensiones y que sabe lo que pretende sin demasiadas trampas, porque si las hay se ven venir desde su comienzo, es la historia de una huida controlada, cambiar de sitio para ser tú sin que los demás se crean con derecho para decir cómo y quién eres, aconsejable o no, a veces es sanidad mental la que obliga a romper con todo, o casi todo, dejar lo accesorio y centrarte en lo importante, que, necesariamente, empieza por uno mismo.

jueves, 26 de febrero de 2015

MANDARIINID (Mandarinas, Tangerines, Zaza Urushadze, 2013)


MANDARIINID (Mandarinas, Tangerines, Zaza Urushadze, 2013) Calificación 6
 
 


Probablemente sea, de las recientes opciones al oscar a mejor película extranjera de esta temporada mucho menos redonda en comparación con sus competidoras Ida, Timbuktú o Leviathán, más vista, más asequible, más amable dentro de su dureza,  pero tiene la enorme virtud de su concisión, de sus diálogos escasos, de los espacios cerrados y del absurdo de la guerra cuando los combatientes tienen  que compartir comida y cama en una tregua forzosa por su condición de convalecientes en territorio neutral.
 
 


Cómo se gesta una coproducción entre Estonia y Georgia sería digno de saber, porqué emigraron miles de estonios a Georgia a lo largo del siglo XIX también me da curiosidad, pero lo que empieza a ser una constante, tras la desintegración de la URSS en una pléyade de mayores o menores repúblicas independientes, es la voracidad del oso ruso, la innegable vocación imperial del gigante euroasiático, dispuesto a dividir en provecho propio y a conseguir anexiones o alianzas duraderas para ampliar su potencial geopolítico. Uno de esos conflictos desmembró Georgia, como ahora Ucrania, en una guerra con dos repúblicas hasta entonces nunca oídas, Abjasia y Osetia, sospechosamente armadas de la noche a la mañana, y en ese panorama histórico se desarrolla esta breve película en medio de un campo de mandarinos.
 
 


En una comunidad estonia, de la que apenas quedan habitantes, pues han preferido abandonar la región y volver a su país originario para no perder lo más importante, que es la vida, un par de agricultores de origen estonio permanecen empeñados en recoger la producción anual de mandarinas cuando se ven atrapados en medio del conflicto, dos mercenarios abjasos de origen checheno y tres georgianos se enfrentan a tiros frente a la casa de Ivo, como resultado uno de cada bando sobrevive, y a duras penas Ivo y Niko cuidan y curan a ambos salvándolos de una muerte segura.
 
 
 


El devenir de la historia puede ser previsible, del odio inicial a la convivencia forzada, los dos soldados van desdeñando la idea de matarse una vez dada la palabra de que no lo harán en la casa del anfitrión, pero la guerra suele incorporar circunstancias ingobernables ajenas a la voluntad de los protagonistas. En la figura del anciano Ivo no deja de sentirse el peso de un dolor irrecuperable, el peso de ausencias más duras que las de la nieta que ha huido a Estonia, un dolor de los que ancla a un territorio aunque no sea tu verdadera patria, si es que eso existe, un dolor que te hace renunciar a la seguridad de un territorio en paz decidiendo quedarte donde siempre has vivido con el riesgo de que cualquiera de los dos bandos termine considerando que eres un traidor y quiera eliminarte.
 
 
 
 


La película acaba cuando más complicada se hace la continuación, cuando el giro argumental necesario para demostrar lo absurda que es una guerra civil sitúa a Ivo y su huésped checheno en una situación de difícil futuro, pero quizás sea lo mejor, acabar cuando el laberinto puede volverse irresoluble, dejar que cada uno haga su vida en el futuro como pueda o como le dejen, con el recuerdo de una familia lejana en cada caso. En esta película se advierte el tono de las películas fronterizas a lo bélico rodadas por Kusturica y Paskalievic, pero sin el humor desaforado y violento de los Balcanes, sin el ritmo acelerado de la música zíngara para bodas, bautizos y funerales, el Caúcaso tampoco ha sido un remanso de paz en la historia de la humanidad, aunque haya mandarinas para todos, terminarán pudriéndose en los árboles como los cuerpos muertos antes de tiempo bajo tierra.
 

miércoles, 25 de febrero de 2015

HIPPOCRATE (Thomas Lilti, 2014)


 
HIPPOCRATE (Thomas Lilti, 2014) Calificación 5,5
 


La distancia en francés entre pronunciar “Hippocrate” e “hypocrite” es la misma que la del castellano entre “Hipócrates” e hipócrita, o lo que es lo mismo, entre el profesional con escrúpulos y el que hace tiempo perdió los suyos, entre la sanidad mental del médico convencido de que la decisión del paciente es lo más importante y la del que sólo ve rendimiento empresarial en una gestión. “Hippocrate” forma parte de ese amplio número de películas francesas con tono amable, bien cierto, de factura convencional y dirigida al gran público, alejada de reflexiones metafísicas o sesudas composiciones de personajes, no hay diálogos grandilocuentes ni retos de difícil explicación para el espectador. Ronda el calificativo de cine comercial, pero sí que permite reflexionar sobre algún que otro aspecto de nuestra sociedad que inquieta a los ciudadanos y parece resbalar a los políticos, sobre todo en algunas comunidades autónomas, o en unas más que otras, arrasando con lo que funcionaba para justificar la entrada de capital privado.
 
 


Y es que viendo “Hippocrate” sentimos muchas de las reivindicaciones del sistema de salud público español reflejadas en la historia, instalaciones viejas, aparatos estropeados, mucha buena voluntad de los profesionales para solventar la carencia de medios, ineficacia política, derrumbamiento de lo público, colocación de amistades en los puestos de dirección con independencia de si proceden o no del ámbito sanitario, médicos dispuestos a vender su alma al diablo con tal de asegurarse puestos de libre designación, una masa silenciosa de médicos que tragan y sólo protestan en el café (algo tan común en muchos gremios), y de vez en cuando, algún que otro profesional que da primacía a la voluntad del paciente, aunque cueste más dinero, que a la voluntad de la orden administrativa.
 
 
 


“Hippocrate” refleja el racismo latente de las élites francesas incluso entre profesionales, habla de la explotación laboral y salarial de los jóvenes médicos internos de los hospitales públicos franceses, habla de la eutanasia, del derecho a morir con dignidad, de cómo en muchas ocasiones el fervor médico se ceba en un mantenimiento de una vida aunque sea a costa del sufrimiento o y en contra de la voluntad del paciente, en cómo un error médico provocado por el mal estado de los aparatos se oculta y se silencia engañando a los familiares. Benjamín (Vincent Lacoste) comienza a trabajar en un hospital como médico similar a los residentes españoles en el servicio de medicina interna, advertimos su torpeza y hasta su falta de carácter, su primera actuación es una punción lumbar que hace daño al espectador, pero es el hijo del director médico del hospital (Jacques Gamblin). En las antípodas se encuentra Abdel (Reda Kateb, césar 2015 a mejor actor secundario), también trabaja como residente, pero es un médico hecho y derecho, sólo que al proceder de Argelia no puede trabajar como tal sin pasar por ese periodo de formación que él no necesita y una prueba especial para extranjeros que quieren practicar la medicina en Francia. Son dos modelos de profesional y dos modelos de vida, la del joven despreocupado porque nunca le ha faltado de nada y el profesional por vocación que deja país y familia buscando un mejor futuro para encontrarse con un sueldo miserable que solo le permite alquilar una habitación dentro del propio hospital.
 
 
 


La evolución de ambos es previsible, la envidia fruto de la diferente situación social irá dando paso a cierta admiración de Benjamín por la humanidad y sabiduría de Abdel, de los desencuentros iniciales a la amistad final, de apocado y tímido médico a organizador de una revuelta imaginaria donde se da cita la necesaria y freudiana muerte del padre para poder crecer como persona. “Hippocrate” podría haber sido mucho mejor película pero tampoco es desdeñable en lo que cuenta, podría haber sido más arriesgada a costa de perder audiencia, podría haber sido mucho más cruda y más cercana en manos de gente dispuesta a rodar historias de conciencia social y de clase, su final “feliz” haciendo tabula rasa de todos los desastres previos es más que previsible porque estamos ante un determinado tipo de cine blanco que no gusta de hacer sangre, pero, como las manchas que tienen las batas que Benjamín recoge de la lavandería para trabajar, hay cosas que no se pueden borrar en lo que hemos visto, y hay cosas que nos recuerdan a ciertas cacerías mediáticas y políticas hacia ciertos doctores en España, como el Dr. Montes, o a historias de primas a quienes menos recetan o menos gasto consiguen, o a la implantación de esas llamadas unidades de gestión hospitalaria destinadas a reducir costes de la única manera posible, limitando el confort del paciente. Es una película de un hospital francés, pero podría ser un hospital español, país en el que las sagas familiares médicas prodigan, sin que el hecho de tener el mismo apellido signifique ser igual de bueno, pero ¿quién dijo que hay igualdad de oportunidades?
 

martes, 24 de febrero de 2015

ÁNGELES VIOLADOS (Okasareta hakui, Koji Wakamatsu, 1967)


 
ÁNGELES VIOLADOS (Okasareta Hakui, Koji Wakamatsu, 1967)
 
 

El Japón de finales de los 60 era un país convulso, un país con violencia política, con grupos de extrema izquierda simulando a otros movimientos similares en Europa y con la contrapartida de movimientos nacionalistas que añoraban la imagen mitificada del Imperio desde una concepción política anclada en un pasado filofascista. Koji Wakamatsu forma parte de un grupo de directores dispuestos a hacer lo contrario de lo que se espera, tanto en forma como en contenido, se trata de un cine hermético, cercano a la sensibilidad oriental pero alejado de sutilezas y poesías, salvo que admitamos que la violencia también puede ser poética. Al tiempo que los grandes clásicos del cine japonés, Kurosawa, Ozu, Mizoguchi, Naruse…..filmaban sus obras, otro grupo de cineastas comenzaban a entender el arte como una manera de provocar y reivindicar, el sexo, algo que incomoda públicamente a una sociedad tan pudorosa como la japonesa, se reivindica como subgénero cinematográfico, nace el pinku-eiga japonés, erotismo teñido de componentes soft, pero que para Wakamatsu va a permitir mezclar sexo y política, sexo y violencia, eliminando el componente de simple excitación barata por el de mostrar cuerpos, sexo y violencia.
 
 
 
 

El reconocimiento internacional le llega con este “Ángeles violados”, premiada en Cannes, historia de sometimiento, humillación, mutilación y muerte de 5 de las 6 enfermeras que invitan a un “voyeur” a su apartamento para que se regodee visualmente mientras dos de ellas hacen el amor. Ninguna de ellas se espera la reacción violenta del invitado sorpresa, ni el sadismo del asesino, obsesionado por una imagen publicitaria de la mujer llena de estereotipos sexuales que le provocan frustración y odio hacia el género femenino porque es incapaz de tener una erección con una mujer, mutando esa necesidad sexual en crimen y sufrimiento, cada uno más sádico que el anterior. El cine de Wakamatsu no es fácil de digerir, ni tan siquiera es fácil de ver tanto en sentido literal como metafórico. En España, como buen país de segunda categoría, o tercera, que es en lo cultural, sus películas no existen, están todas ellas editadas en países como Reino Unido y Francia (fue objeto de homenaje en la Cinemateca en el año 2010-2011) y no por haber sido censurado como lo fue durante muchos años en China, EEUU y Rusia (qué casualidades, menudos tres ejemplos de respeto a los derechos humanos) sino por olvido del mercado.
 
 
 
 

Una película de menos de una hora que permite lecturas misóginas, pero también misántropas, su inicio en un fotomontaje sirve como preámbulo de la personalidad de un hombre enfermo que busca una mujer entre todas aquéllas que no le satisfacen, mira y remira desnudos femeninos en revistas, se le ve disparar al mar que es tanto como clamar en el desierto o ser impotente, no sirve de nada, sólo aquella mujer que se comporta con aparente tranquilidad  y normalidad ante el horror salva su vida y se convierte en ser adorado, aunque no obstante su desnudez, se vislumbra la imposibilidad del amor físico y la superioridad femenina sobre la masculina, sólo cuando las mujeres tratan de comportarse como se supone que un hombre querría, son eliminadas, si actúa con inteligencia domina la situación y puede desaparecer. Las imágenes levantarían ampollas en su momento, ahora pueden rememorar tristes momentos de dominación sexual (que no cesan), de sumisión de la mujer al hombre, aunque esa carrera final por una playa con un ángel blanco superviviente que corre desnuda perseguida por el hombre vestido y sin posibilidad de alcanzarla demuestra que fue ella, real u oníricamente, quien venció en el reto.

lunes, 23 de febrero de 2015

THE BETTER ANGELS (A J Edwards, 2014)



THE BETTER ANGELS ( A.J.Edwards, 2014) Calificación:5,5
 

En esta película todo parece de Terence Malick, las imágenes en blanco y negro parecen de Malick, las interpretaciones, los encuadres, las voces en off, los paisajes, la naturaleza cruel y al tiempo bella, los actores parecen de Malick, todo es Malick pero no es de Malick, aunque la producción sí lo sea, y el director sea uno de sus habituales colaboradores. Por eso nada es molesto en esta película, pero nada es perfecto, nada falta y mucho sobra, cada parte roza lo sublime pero el conjunto queda cojo, ausente del alma que se pretende insuflar a un proyecto que aspiraba a ser una trilogía sobre la juventud de Lincoln y se ha quedado en una sola película de 90 minutos alrededor del año 1817-1820 y un abrupto final que nos coloca en 1865, el año del asesinato del presidente. La voz en off dirá “no hay nadie con quien valga la pena hablar, no hay nada de lo que merezca la pena hablar ahora que él se ha ido”





Se supone que en la infancia forjamos nuestro carácter, que los acontecimientos de la infancia moldean nuestra forma de ser, nuestros gustos, nuestras afinidades. Que el recuerdo de la infancia se magnifica porque en esos años todo tiende a ser recordable y ante la ausencia de pasado, casi nada se olvida, la memoria está vacía y admite toneladas de información, incluida la residual. “He llegado a ser como soy gracias al ángel de mi madre”, en el año 1817, en los bosques de Indiana, la familia Lincoln sobrevive a golpe de esfuerzo y sacrificio, una plaga alimenticia diezma el ganado y la cosecha, y mata a muchos de los colonos por envenenamiento, entre ellos a la madre de Lincoln, uno de los mejores ángeles del título. Frente a la tiranía e inflexibilidad paterna, la figura de la madre surge como descanso, como alivio, como fuente de ternura y comprensión, ante su ausencia el carácter de Lincoln ha de empezar a moldearse desde la falta de sensibilidad en su vida. La reivindicación de la maternidad y de la femineidad inspira la película, es de agradecer ante tanta aridez masculina.





El segundo ángel será la segunda esposa del padre, abrumado por la imposibilidad de encargarse de dos hijos y un sobrino recogido tras la muerte de sus padres (es el narrador omnipresente en la película), la presencia del papel sutilmente interpretado por Diane Kruger ayudará a completar la esperanza de la madre ausente, que el don de Abraham no se pierda entre surcos y gavillas, que entre bueyes y cereal la inteligencia de Abraham pueda desarrollarse mediante el estudio, autodidacta que aprendió a leer y escribir solo, el reducido ámbito de la cabaña campestre no es suficiente para que el adolescente pueda escoger un camino diferente al marcado por el padre.





La inflexibilidad paterna termina claudicando ante la humanidad de la nueva madre, generosa, amante, entregada, innatamente consciente de la diferencia que marca al joven frente al común. En un reconocimiento de sus limitaciones afectivas, el padre de Lincoln asume que no es derrota personal que Abe opte por la vida urbana y del estudio, porque en el fondo, la premonición materna (de las dos mujeres) creyendo en la capacidad del chico se complementa con la enseñanza paterna, no dejar nada a medias, asumir la responsabilidad, liderar mediante el reconocimiento de los errores , tanto los propios como los de los demás, aprender a luchar y  a usar la fuerza física, padre y madre complementan la personalidad del hombre que ha de ser Abraham, nosotros no lo vemos, lo intuímos, lo sospechamos por el conocimiento del personaje, el padre no sabe ver el liderazgo del chico, pero asume que personas más inteligentes que él lo adviertan.





El toque “Malick” resulta tan evidente que termina lastrando el resultado final, es como si el director no se hubiera atrevido a firmar el proyecto o su presencia fuera tan patente que el director se hubiera sentido intimidado por la misma no atreviéndose a ser original, de hecho el rodaje en blanco y negro no aporta nada, incluso si se pretendía así hurtar la comparación esto deviene imposible, es un producto tan similar en factura a las miradas malickianas que nada nos sorprende, y quizás sea éste su principal defecto, su lastre originario, de tal manera que viendo estos ángeles uno reproduce mentalmente el tratamiento de las miradas de los niños de Malick, o las sutiles y vaporosas presencias de Olga Kurylenko en la fallida “To the wonder”, o le vienen a la memoria los árboles de “El árbol de la vida”, la figura paterna rocosa, amante pero dura y cortante, los campos de cereal entre los que se pierde la figura de los jóvenes jugando también nos recuerdan otras escenas pasadas, todo es tan reconocible que nos olvidamos de la infancia de Lincoln y asistimos a un remake del propio productor.





La película termina siendo un homenaje, no se si consciente o no, a la filosofía naturalista de Thoreau, resulta imposible asistir a las imágenes campestres y de bosques sin el permanente recuerdo en la memoria del Walden, o de los poemas de Witman o la obra de R.W.Emerson, como la música también busca esa trascendencia y misticismo propia del ideólogo de la película, Copland y Dvorak para hablar del nuevo mundo, Bruckner y Wagner para unir las imágenes con lo superior, demasiado Malick presente en un producto irregular pero de perfecta factura visual y con unos intérpretes muy convencidos de lo que hacían.