domingo, 20 de diciembre de 2015

THE LOBSTER (Langosta, Yorgos Lanthimos, 2015)


THE LOBSTER (Langosta, Yorgos Lanthimos, 2015)
 
 


¿Qué futuro esperas si tu deseo es convertirte en langosta? ¿Cómo de gris ves tu futuro para reencarnarte en un animal sin apenas inteligencia, temeroso, frágil, a merced de cualquier depredador, incluido el hombre? La fábula distópica de Lanthimos no termina de funcionar, puede que por exceso de duración o por defectuosa selección de protagonistas, porque ni Colin Farrell (no se qué se le ha visto a este hombre para que no pare de trabajar) ni Rachel Weisz dan credibilidad alguna a sus personajes, mucho menos Farell, a quien lo más que se le puede alabar es cómo adelanta la expresividad de una langosta en su interpretación antes de una futurible transformación.
 
 
 


La distopía es una sociedad ficticia indeseable en sí misma, es el término opuesto a utopía, plantea un mundo donde las contradicciones de los discursos ideológicos son llevadas a sus consecuencias más extremas. En este sentido, la distopía explora nuestra realidad actual con la intención de anticipar cómo ciertos métodos de conducción de la sociedad podrían derivar en sistemas injustos y crueles. Lanthimos ha usado en su cine la distopía en todas sus variantes, en sus más reconocidas “Canino” y “Alps” desde el punto de vista familiar y los afectos o desafectos más íntimos de las relaciones íntimas de un entorno reducido, en “Kinetta” retratando un mundo en destrucción que nos conduce a esta “The lobster”, donde lo político se manifiesta en la existencia de dos bandos enfrentados a muerte, Lanthimos da el salto de lo reducido a lo general, del universo cerrado de pequeños grupos a la realidad del mundo globalizado, pero su empeño, interesante como planteamiento, se encalla en su desarrollo, claramente distribuida en tres partes, hotel, bosque y conclusión, el retrato sin concesiones, sin esperanza alguna en el género humano se transforma en un bocado demasiado grande para masticarlo y corremos el riesgo de atragantarnos con la propuesta.
 
 


En la última película de Lanthimos dos tipos de sociedad intentan sobrevivir, la oficial y la sublevada, pero ambas teñidas de totalitarismo, una de reglas estrictas y uniformes, otra de aparente libertad excepto por el respeto a una regla que determina, en un futuro no muy lejano, su propia extinción. El poder ha determinado que nadie puede vivir desemparejado y sin amor, aquellos que vivan sin pareja heterosexual y única ( por lo tanto no caben homosexualidades, ni relaciones múltiples, ni relaciones sin compromiso) pasan a hospedarse en un “hotel” que parece más un campo de concentración, con horarios pautados, actividades programadas, fiestas obligatorias, durante 30 días en los que tendrán que encontrar pareja con perspectivas de futuro o pasarán a la sala de transformación y se convertirán en animales salvajes. Nadie se plantea escoger ser convertido nuevamente en un humano, ante la selección de animal los humanos no se consideran animales, aunque extraviada y desnudada la condición humana por la de meros supervivientes dirigidos y sometidos su naturaleza de supervivientes se exacerba. Hay dos formas de evitar la transformación, encontrar el amor que se equipara a la afinidad o coincidencia en alguna afición, color de ojos, defecto físico, o capturar a los evadidos del hotel. Cada evadido otorga un día más de residencia en el hotel para solteros. También cabe el suicidio como escapatoria rápida a una lenta agonía del plazo de 30 días y posteriormente al sobresalto permanente de vivir como animal salvaje a la espera del disparo.
 
 


Pero la opción de evadirse y unirse a los rebeldes, a aquellos que optan por vivir en soltería pero en grupo no es mucho mejor. Carecen de las comodidades del hotel, están obligados a vivir en el bosque y alerta, a huir de las batidas que periódicamente se organizan para su captura, pero al menos evitan la uniformidad de tener que emparejarse aunque haya que disimular una felicidad impostada. Como contrapartida, el totalitarismo también impera en el grupo, su líder (una convincente e implacable Léa Seydoux) ha decidido que las relaciones sexuales están prohibidas, como único consuelo queda la masturbación, algo que en el hotel también está castigado. En esta fábula distópica lo difícil es sobrevivir y mantener la individualidad, todo se mueve por motivos de uniformidad, nadie puede expresarse libremente porque las relaciones conducen, inexorablemente, al enamoramiento. Pero este grupo añora la ciudad, y en escapadas en pareja acuden a sus antiguos entornos para sentirse algo humanos, para recordar que no todo está perdido, que existen supermercados abastecidos, tiendas de ropa, lujos que han pasado a ser casi imposibles.
 
 
 


El cine de Lanthimos es áspero, correoso, triste, claustrofóbico. Pese a encontrarnos en espacios abiertos, la presión que sufren los personajes se masca, la luz ensombrece el horizonte, el ambiente es gélido, las personas depresivas. La desesperación atenaza cualquier plan de futuro, los solitarios han sido condenados a la desaparición, el espíritu de supervivencia irá haciendo trampear a algunos para crearse nuevas identidades, convencerse de que han de mantener una vida en común con un extraño para sobrevivir. La mayoría de residentes del hotel han optado por la caza como sustitutivo de la obligación de emparejarse, con ello eliminan cualquier rasgo moral en su comportamiento porque la caza es, en definitiva, eliminar a una persona, dormirla para ser transformada en un animal que, más tarde, será cazado como alimento o será presa de otro animal más fiero. La langosta puede que evite ser un depredador y elimina, de esa manera, el ansia de matar, lo que no le evitará una vida de miedo permanente.
 
 
 
 


Pero los huidos tampoco son libres, no son capaces de rebelarse ante una norma injusta, aceptan la orden imperativa de la líder sin cuestionarse su porqué. Esta sociedad distópica, en definitiva, adelanta el fin de la especie, dos bandos irreconciliables, izquierda y derecha, ciudad y campo, consumo capitalista o consumo responsable, fanatismo religioso o ateísmo excluyente, cualquier opción nos es válida. La distopía funciona porque nos incomoda y no nos gusta, pero nos adelanta un futuro mucho más cercano del que la exageración nos puede hacer creer, el “1984” de Orwell nos parecía imposible hace 30 años, ahora ya todos somos conscientes de que podemos ser vigilados permanentemente gracias al masivo acopio de aparatos informáticos, aún falta que una voz nos recuerde permanentemente lo que el líder ordena pero solo es cuestión de tiempo y de perder alguna libertad más, todo se andará. Entonces quizás lo mejor sea apagar la luz como les ocurre a nuestros protagonistas enamorados y dejarnos atrapar disminuidos pero sin posibilidad de ver lo que nos espera, en definitiva entre unos y otros nos tienen muertos en vida aunque en el camino hayamos conseguido eliminar algunas piezas perversas del sistema éste es capaz de regenerarse para empeorar.