domingo, 27 de diciembre de 2015

THE HATEFUL EIGHT (LOS ODIOSOS OCHO, Quentin Tarantino, 2015)


 
THE HATEFUL EIGHT (LOS ODIOSOS OCHO, Quentin Tarantino, 2015)
 

Según la real academia de la lengua española, un artefacto puede ser una obra mecánica hecha según arte, pero también, y de manera despectiva puede considerarse como tal una máquina, un mueble, y en general, cualquier objeto de cierto tamaño. Al artefacto se puede llegar mediante el artificio, cuya acepción canónica supone el arte, primor, ingenio o habilidad con que está hecho algo, pero que en su acepción despectiva habla del disimulo, cautela, doblez, con que está hecha una cosa. Esta nueva película de Tarantino resulta un artefacto lleno de artificio, que puede funcionar para unos gustos como una lluvia de fuegos artificiales y para otros como una traca llena de pólvora mojada, no se puede negar el arte con el que se construyen las imágenes, pero hay que dejar claro el doblez que supone pretender engañar al ojo para que el cerebro no piense en lo escaso del guión y el poco poso que nos deja.
 
 
 

Si después de asistir al enésimo banquete sangriento del director nos atrevemos a rascar bajo la superficie supurante de fluidos y vísceras, apenas nos quedará nada, desde luego no hay ni un asomo de crear personajes complejos ni cambiantes, todo funciona como un gran guiñol, o como un cartoon donde Elmer disparara al conejo pero esta vez la escopeta acertara en las dos direcciones y seccionara los miembros de perseguidor y perseguido, como si el coyote atrapara con la piedra al correcaminos pero ambos fueran aplastados al mismo tiempo. Por más que se empeñen muchos, y no hay que culparles porque para desenmascarar al tramposo hay que haber visto mucho cine, igual que el director, no hay un ápice de originalidad en el cine de Tarantino, todas y cada una de sus películas responden a precedentes de escaso éxito y nula repercusión que él ha sabido retomar para modernizar su estética, que no sus tramas. Ambientada en la segunda mitad del XIX en Wyoming, no podía regalarnos la enésima versión de apertura de maletero de coche con secuestrado a bordo, pero sabe utilizar el espacio para regalarnos otra de sus consabidas tomas de abajo arriba y de arriba abajo. Tampoco faltarán sus planos profundos a ras de suelo, sus primeros planos escupiendo sangre, sus diálogos que se suponen irónicos e inteligentes, pero no habrá nada más, porque si pensamos detenidamente sabemos de decenas de películas donde hemos visto muchas escenas muy parecidas hechas con más oficio y muchos menos medios.
 
 
 
 

En su última aventura psicótica el catálogo de psicópatas del director se va a incrementar con los 8 del título, puede que no todos lo sean, pero lo aparentan, como mínimo, los 7 vaqueros, incluída una mujer, en quienes se centra la trama de encontrar al último negrito. La película, tras un largo preámbulo y un no menos corto final, se desarrolla en una casa de postas, mitad establo, mitad tienda-cantina, donde el crudo invierno y una tormenta mortal obliga a una serie de personas a permanecer en su interior. El juego de quién miente, quién no es quien dice ser, quién arrastra un pasado más que comprometedor y quien se va  a salvar al final (o no) recuerda demasiado a las novelas de Agatha Cristie, demasiado para ser tan fácilmente percibido, como la estética recuerda igualmente demasiado a Sergio Leone, tanto que no se pretende disimular el “homenaje” encargando la banda sonora a Ennio Morricone.
 
 
 

El reparto se sustenta en tres pilares interpretativos que no suelen fallar, Samuel L.Jackson, aunque en esta ocasión su traje de cazarecompensas no nos engañe como para seguir viendo en su papel al compañero de Travolta en “Pulp fiction”, y dos reencuentros gozosos, el de Kurt Rusell como capturador de forajidos al que no le  gusta el “dead or alive” y prefiere entregar vivas a sus presas, en este caso, la interpretada por Jennifer Jason Leigh, una auténtica hiena digna de un zoológico como el de Tarantino, son las tres piezas sobre las que el artefacto puede sostenerse sin resquebrajarse definitvamente, porque  los papeles encargados a Tim Roth, Michael Madsen y Demian Bichir son tan estereotípicos que uno por mejicano, otro por seguir encarnando el papel de sicario de Kill Bill y el tercero porque parece estar haciendo el papel de un ausente Christopher Waltz, se limitan a estar sin aportar más que su presencia, sin añadir ningún elemento a una trama que no evoluciona porque las cartas vienen marcadas desde el principio y son necesarios para crear ambiente, pero si el guión no nos dibuja a los principales más que con escuadra y cartabón como para pedir que los secundarios tengan sustancia.
 
 
 
 

Primorosamente fotografiada, envuelta en celofanes de lujo, cualquiera puede quedarse atónito ante el espectáculo visual, pero tras el artefacto hay menos arte que artesanía, más mueble de considerables proporciones que una pequeña joya. El artefacto descarrila cuando su creador no es capaz de contenerse, cuando para contar una historia muy pequeña necesita dos horas y cuarenta y siete minutos que podrían haber sido muchos menos. Sencillamente, la historia de los cazarrecompensas que intentan entregar a Jennifer Jason Leigh al sheriff para que sea colgada y en el camino sospechan que los viajeros encerrados en la casa de postas no son quienes aparentan ser se resume en lo ya dicho, 167 minutos que se alargan más que la armónica de Charles Bronson en la película de Leone, y no miento, la película no aburre ni cansa (puede que su final si, pero los incondicionales lo agradecerán) pero terminada puedes decir ¿y ahora qué? ¿tanto para tan poco?