viernes, 4 de diciembre de 2015

NAVAJAZO (Ricardo Silva, 2014)


 
NAVAJAZO (Ricardo Silva, 2014)
 
 


Más cine mexicano, más propuestas radicalmente libres, heterogéneas en estética y contenido, tan novedosas que pueden gustar o no, pero que, de arriesgadas se agradecen, un año en el que han ido desfilando propuestas como “Te prometo anarquía”, “El eco de las montañas”, “Güeros”, “Alexfilm”, el último Ripstein y lo que queda aún por llegar o por ver y que demuestran la vitalidad y riesgo de unos creadores muy cercanos a la realidad vital de un país atravesado por la droga, la violencia, la corrupción y que usa de otros instrumentos narrativos para ilustrarnos esas evidencias.
 
 
 


“Navajazo” no esconde ninguna de esas realidades y lo hace de la manera más directa, a través de la no ficción de buscar a personas verdaderas en su ecosistema natural, un barrio chabolista de Tijuana ocupado por heroinómanos, fumadores de crack, prostitutas, sin techo esperando la ocasión de cruzar la frontera hacia los Estados Unidos, personas límite y al límite entre las que la amistad y la violencia están separados por un finísimo velo apenas perceptible. En el eco de la peruana “Videofilia”, “Navajazo” también vive de las múltiples posibilidades de las nuevas pantallas, del móvil e internet unidos a viejas grabaciones de súper 8 entonando una letanía de apertura sobre un instante en que nadie podría pensar que el fín del mundo sería así, viejas imágenes familiares de fiestas, bautizos, nacimientos, viajes, amores a los que la palabra cincela y define, cómo el síntoma más insignificante puede ser el preludio de un cáncer o un aneurisma, sucesos aleatorios que terminan en asesinatos naturales, navajazos vitales que marcan el ritmo poco predecible de nuestra existencia.
 
 


¿Porqué estas personas y no a otras? ¿cómo sobreviven día a día y consiguen ese dinero necesario para mantenerse en pie y consumir las sustancias que les son imprescindibles? Prostitución, sicariato, apuestas, pornografía, sectas religiosas, ejércitos de salvación y miseria, mucha miseria y niños rodeados de drogas como un complemento del día a día, todo ello relatado de manera disgregada y poco narrativa, a fuerza de imágenes que van siguiendo a los habitantes, saltando y volviendo, yendo de unos ambientes a otros, podemos pasar de un pico de heroína a una felación que termina siendo el rodaje de un pornotrash. Porque en este ambiente, ¿cabe mirar al cielo? ¿cabe esperar una solución divina ante tanta ruina? ¿No es suficiente razón para volverse ateo?
 
 


Con el preámbulo dicho y tres capítulos, con títulos tan sugerentes como “El silencio de Dios”, “Mademoiselle fue una puta que nunca quiso abandonar la felicidad eterna” y “Haz que la luz nos alcance”, las imágenes, inteligentemente ensambladas por Ricardo Silva y punteadas musicalmente por canciones de Albert Plá, lo que añade aún más irrealidad a lo que se ve, catalán en pleno desierto mejicano, van pasando de la droga a la prostitución y de ésta al sexo en vivo por profesionales, amateurs y por simples parejas que quieren dinero a cambio de amarse delante de una cámara.
 
 


El dron que sobrevuela el poblado no se atreve a acercarse a tierra, ni dios ni el hombre se adentra en una realidad tan desolada y tan poco atractiva. El estercolero de la sociedad se concentra, mientras la rabia de los habitantes sube hasta la garganta dispuesta a ser lanzada como un escupitajo al responsable, aunque sea celestial. Mientras la bestia se aniquile entre ella y con ella, parece que a nadie le importa la existencia de esas bolsas de enfermedad y ruina, en las que hasta una casa completamente forrada de juguetes infantiles acoge la sensación de un espacio fantasmal lleno de espíritus que nos recuerdan la fugacidad de la infancia y también de la vida, un espacio en el que la solidaridad es relativa porque el intercambio de golpes puede surgir de la manera más insospechada, y la amenaza de una chingadera a la vuelta de la esquina, del mismo modo que puede aparecer un enmascarado a la puerta de tu casa sobresaliendo un bulto de la cintura del pantalón, porque la muerte está presente de manera permanente donde no hay ni más ley ni más orden que la del más fuerte o el más resistente.
 
 

A ver quién es el que decide volver a cortejaros para que aplaquéis la rabia, para que abandonéis la droga cuando no hay nada que os ilusione, para no dejaros filmar “cogiendo rico” si lo que falta es el dinero, porque al final, los crucifijos se colocan boca abajo y la muerte de Tijuana se os presenta disfrazada de cantante de Kiss. Otra interesante propuesta del féstival Márgenes que comienza ahorita mismo con varias propuestas mejicanas en cartel que habrá que investigar.