miércoles, 2 de diciembre de 2015

MALPARTIDA FLUXUS VILLAGE (María Pérez, 2015)


 
MALPARTIDA FLUXUS VILLAGE (María Pérez, 2015)
 


En el festival Fluxus de 1962, Nam June Paik cargaba su corbata en tinta para después dejar su estela en una larga hoja de papel. El público no sabía cómo reaccionar, si entre la perplejidad y la carcajada o el abucheo y lanzamiento de tomates podridos. Después, el grupo de artistas, entre los que se encontraba Georges Maciunas, ideólogo del movimiento, hacía de las suyas al destrozar un piano. De nuevo el público respondía con una sonora risotada o con el amago de acordarse de la familia de los convocantes. Se iniciaba una corriente artística (¿artística?) dispuesta a dejar en evidencia las verdades inmutables sobre el mundo del arte, acabar con las convenciones y dejar claro que todo puede ser artístico o nada puede ser artístico, un movimiento de libertad absoluta para calificar como arte todo aquello que nos venga en gana, siempre y cuando se transforme en algo participativo.
 
 


Frente a la idea de arte como indispensable, como producto elitista para personas cultivadas y de elevación intelectual inmediata, y por lo tanto materialmente evaluable para proporcionar unos ingresos, incluido el artista, el movimiento Fluxus se aleja, o lo intenta de inicio, porque habría que saber la cotización actual de un Maciunas o de un Vostell, de lo crematístico y busca la complicidad y participación popular en la obra de arte, la interacción directa sobre el escenario, creando, en muchas ocasiones, piezas irrepetibles y fugaces producto de “happenings” o “performances”. Este no-arte, o arte inclasificable o incatalogable debía llegar a todos, servir a todos, divertir a todos, decía Maciunas “Fluxus es antes que todo un estado de ánimo, un modo de vida impregnado de una soberbia libertad de pensar, de expresar y de elegir. De cierta manera Fluxus nunca existió, no sabemos cuando nació, luego no hay razón para que termine”.
 
 


Pero la pregunta viendo el documental de María Pérez es inevitable, huyendo de la permanencia, del reconocimiento, de lo material (dentro del movimiento se alinearon artistas como John Cage, o personajes como Yoko Ono) ¿porqué esa obsesión por documental visualmente cada intervención? En esa búsqueda de lo efímero encontraron la manera de permanecer para siempre mediante el uso de la imagen, así la obra fugaz se convertía en algo imborrable y susceptible de estudio, no solo se dirigía por tanto al espectador del momento, sino que, íntimamente, buscaba el reconocimiento. Fluxus deja de ser el objeto iconoclasta para convertirse en un movimiento artístico susceptible de permanencia y análisis al legar para la posteridad el recuerdo de sus acciones.
 
 
 


Y surgen las imágenes del presente y del pasado, con el hilo conductor de Wolf Vostell, un alemán que llegando a la comarca de Los Barruecos en la década de los 70 decide afincarse en Malpartida de Cáceres atraído tanto por el paisaje telúrico como por la sencillez y tradición de sus habitantes. Vostell forma parte del movimiento Fluxus, y se afinca en este pueblo de Extremadura para seguir creando sin cambiar su forma de vida ni de crear. Lo rompedor, lo novedoso, lo inimitable, junto con lo de siempre, con el ambiente cerrado de un pueblo en el que todo el mundo se conoce, donde las tradiciones religiosas imperan, donde la gente mira por encima del hombro lo que hace el vecino para copiar o para criticar, un entorno completamente alejado del paradigma de la libertad de expresión y de creación que propugna Vostell, y, sin embargo, se produce el milagro de la perfecta simbiosis, tanto Vostell como su “trouppe” de admiradores y seguidores, como los vecinos, no sólo son capaces de convivir, sino de compartir cada respectivo modo de vida, sin molestarse pero participando activamente cada uno en las actividades del otro.
 
 


Y será así como ruede a un grupo de jóvenes mujeres desnudas, tocadas con peineta y mantilla (libertad y represión) animando a una tortuga para que se desplace (la lentitud de quedarnos en el pasado, en lo que siempre se ha hecho), o como empotrará un coche en un muro de ladrillo y cemento con la ayuda de los lugareños vestidos con chaleco, americana de pana y boina, la misma boina que adaptará como atuendo dejándose los rizos a lo integrista religioso judío. El shock estético absoluto que tuvo que encantar al propio Vostell, un personaje que, cuando empieza la película uno tiene la tentación de pensar que es falso, que estamos de nuevo ante otro falso documental, ante una recreación ficticia de lo que pudo ser pero era imposible que pasara, hasta que uno mismo se da cuenta de que aquello no está simulado ni las imágenes artificialmente envejecidas, pasó y el recuerdo se mantiene, se mantiene hasta que es motivo de orgullo para los habitantes de Malpartida recordar al visitante que se estableció en su pueblo y al que acuden turistas para visitar su museo.
 
 


No deja de sorprender el discurso de los vecinos, gente mayoritariamente de escasa cultura, con un discurso para el que tienen notables dificultades de expresión, encantados con la figura del alemán, reconociendo más o menos expresamente que no entienden nada de lo que ven ni de lo que hacía, pero orgullosos de su presencia. Escuchan y siguen las explicaciones de los guías del museo y uno advierte un pose de incredulidad en la mirada, como esa solidaridad vecinal incapaz de criticar lo propio entendiendo como propio, como patrimonio propio, lo que Vostell y su viuda han dejado en el pueblo. Esa libertad del artista que, desde luego, no ha arraigado en un pueblo más pendiente de la tradición, de las procesiones y de la misa del domingo, pero que son capaces de defender de la manera más apasionada posible como parte viva de lo que el pueblo es en la actualidad.
 
 
 


La huella del artista y sus compañeros sigue intacta, aprovechando el 80ª aniversario del nacimiento, en el pueblo se organiza un homenaje con performances al puro estilo Fluxus, el entusiasmo y participación ciudadana son innegables, el halo de libertad, de gamberrismo, de despreocupación de los viejos compañeros de viaje de Vostell, envidiable. Sea pose o no pose, aparentan auténticos, despojados de todo artificio y convención. La película suena también a despedida, no parece que haya seguidores dispuestos a continuar con este tipo de exhibiciones, todos ellos rondan los 80 años de edad, los admiradores son eso, pero no crean nuevas obras. En la cena de homenaje al fallecido artista coincidiendo con el día que hubiera cumplido los 80 años, la mesa se transforma en una especie de exorcismo colectivo, como una invocación de una sesión espiritista donde se rinde homenaje a quien parece sobrevolar toda la escena, una persona que les dio libertad y les enseñó a disfrutarla. Ese espíritu libertario que, al final, vuela, igual de libre que siempre, sobre los paisajes telúricos de una zona donde uno puede encontrarse la obra artística más innovadora y rupturista, y también inexplicable, junto con un hueso de dinosaurio o un fósil único. Cuando una película amplía mi cultura ya me parece respetable, si lo hace desde la representación de la marginalidad, del artista fuera del circuito comercial, lo menos que se puede hacer es apoyar la iniciativa porque ya se sabe que las posibilidades de distribución y exhibición van a ser complicadas y van a exigir esfuerzo, tanto como el de los vecinos de Malpartida para aceptar a Vostell y su obra.