miércoles, 30 de diciembre de 2015

LA SOMBRA (Javier Olivera, 2015)






LA SOMBRA (Javier Olivera, 2015)





Del blog “Hacerse la crítica” “La pregunta que todo el mundo te debe hacer es si tu viejo vio La sombra, y qué le pareció. Realmente terminé la película hace un mes, así que recién la vio ahí. Fue muy fuerte, igual que para mi madre y para mis hermanos. A él le cuesta mucho ver que la película es mía; él ve lo que llama “la sombra de lo que fui”. Eso está, pero yo hablo de otra sombra. Esa imposibilidad que tiene de verme a mí en La sombra de alguna manera confirma la película. Pero por otro lado se alegra por mí, por supuesto, porque él sabe que ha sido difícil estar bajo su sombra.”





El espacio como personaje, como hito visual a partir del cuál las personas crecen. Un lugar guardado en la memoria de sus habitantes y cuya construcción y destrucción supone, al tiempo, el agotamiento de las fases vitales de sus moradores. La casa, en este caso una auténtica mansión de la alta burguesía, es la de la familia del propio director, una casa que, como hiciera Pere Portabella, vamos vaciando al tiempo que pasa por delante de nuestros ojos la memoria de la familia a través de un adulto que fue niño y adolescente en esa casa. Según la leyenda, el poeta Simónides de Ceos celebró un banquete en su palacio. Durante el festejo salió un momento y el techo se derrumbó sobre sus invitados y a pesar de que todos murieron y quedaron irreconocibles, Simónides consiguió reconocerlos a partir de su ubicación en la sala. De esta forma, el poeta desarrolló un método para reunir las concepciones de memoria y espacio, y así Olivera juega con esa memoria unida a un espacio, pero un espacio que también ahora, se va a colapsar sobre esos recuerdos mediante su destrucción física, su desaparición como lugar en el espacio puede llevar consigo la destrucción de la memoria.






Cuánto perdura la memoria o el recuerdo es una de las preguntas que se puede hacer cualquiera asistiendo a la demolición presente y a la construcción en el pasado de esa casa, una casa que crece y aumenta al tiempo que crece y se consolida como gran  productora cinematográfica de la Argentina de los 70 la del padre del director, Héctor Olivera, a su vez director de películas como “La Patagonia rebelde”, “La noche de los lápices”, “No habrá más pena ni olvido”, una productora refugio y al tiempo una mansión refugio cuyo jardín y árboles aislaban a sus moradores de la realidad de un país que se dirigía hacia el colapso de una dictadura criminal y asesina, una casa refugio y una sombra, la del padre, que protege pero también asfixia.



Las viejas grabaciones caseras en super8 se alternan con las tomas presentes de la demolición de la casa, grabaciones caseras donde también se van viendo las tareas de construcción de la misma junto con episodios familiares. Olivera alterna ambas imágenes en una confusión temporal que es un logro visual, cuando la casa se encuentra en proceso de desmantelamiento, Olivera nos presenta imágenes antiguas donde el estado de construcción es semejante, pero las imágenes del presente se refieren a la desaparición de la casa mientras que las del pasado se refieren a su momento de construcción, sucediéndose unas a otras no sabríamos, si no fuera por la calidad de la imagen, que cada una corresponden a un momento diferente, como si al tiempo que se construyó esa casa empezara la demolición interna de esa familia.





El director propone una experiencia sensorial presentando su pasado y el de su familia, pero que es susceptible de ser interpretado desde un punto de vista muy personal por cada espectador, en las imágenes familiares, en los recuerdos de lugares donde fuimos o creímos, ser felices, en los recuerdos de fiestas y de gente joven y guapa cualquiera puede bucear hacia su propio pasado para reflexionar sobre su presente, sentir el impulso de recordar y reconocer los lugares para refrescar la memoria, y en ese camino, partiendo de citas clásicas de la antigua Grecia, o guiños cinéfilos al hilo de “Rosebud” y “Xanadú” ir, progresivamente, sumiéndonos en la nostalgia y la tristeza, porque “La sombra”, como ejercicio del pasado, termina en una desaparición, cuando la excavadora arrasa con la construcción parecería que el fin de todos nosotros es desaparecer absolutamente, como si el paso por el mundo fuera finito, que nada de lo que se haga evitará que nos transformemos en la nada.






Una casa vacía de personas pero llena de objetos que alude, necesariamente, al recuerdo de los ausentes, incluído el director, son espacios evocadores en los que es más nuestro recuerdo que la realidad, la que tiende a rellenar esas ausencias, lugares en los que nuestra memoria se activa y ve pasar la sombra de los que ya no están o ya se han alejado de nosotros, o simplemente están pero no permanecen en el mismo lugar. Olivera juega con eso y con la historia de aquella Argentina terrible que puso a Héctor Olivera en el punto de mira por su condición progresista, que fue amenazado de muerte pero que siguió haciendo su cine protegido por un espacio que ponía en cuestión que quien viviera allí pudiera ser un subversivo. La casa proyecta su sombra, pero también ese padre oculta la luz a todos los que le rodean, el triunfador, el hombre que sale de la nada y se convierte en un potentado sonreído por el éxito, la fama, el dinero, el triunfador del que tienen que desprenderse los que vienen por detrás para no ser machacados por el peso absoluto del recuerdo de otro. “La sombra” cuenta todo eso y lo cuenta fundamentalmente sin palabras, o sin exceso de palabras, no es un ajuste de cuentas ni una crítica a los progenitores del director, es un reflejo de un modo de vida y de unos efectos evocadores que necesitan un paso adelante para desprenderse de lo ajeno y reafirmar lo propio, “matar al padre” sin renegar de él, desprenderse de lo demasiado pesado para ahuyentar los fantasmas personales.