domingo, 13 de diciembre de 2015

LA MALDAD (Joshua Gil, 2014)


LA MALDAD (Joshua Gil, 2014)
 
 

En el palmarés del festival Márgenes se encuentra esta película mejicana que mantiene el notable nivel medio del cine procedente de ese país que estamos consiguiendo ver mediante la exhibición alternativa más que por decisiones empresariales arriesgadas o por exigencias del público. Cine político que nace del día a día, de las desesperanzas de dos ancianos cuyo ritmo y necesidades vitales terminan trascendiendo para reflejar la crítica de parte del país a un sistema ancestralmente corrompido, donde las siglas PRI, PAN o PRD terminan significando lo mismo, enriquecimiento e impunidad por el lado del poderoso e infinitas bolsas de pobreza en el campo, una desigualdad extrema en la que la maldad no tiene rostro definido sino que se encuentra en cualquier institución, en cualquier núcleo, en cualquier comunidad donde mande alguien, incluso la maldad y la violencia infecta el modo de vida cotidiana, la desigualdad extrema es incompatible con un sistema justo y democrático.
 
 
 

Rafael y Raymundo (abuelos del director) son los ejes conductores de una película que, como tantas otras que elevan el tono medio de mediocridad del cine institucionalizado, juegan a la mezcla de realidad y ficción. Ambos son conscientes de que van a morir, de hecho Rafael murió 4 meses de terminarse el rodaje como consecuencia del diagnóstico que contemplamos en la película, ambos saben que están enfermos, uno de ellos desahuciado por un cáncer que se ha extendido, los dos temiendo morir entre dolores y angustiados por no tener dinero para pagarse el ataúd y el funeral. Sus preocupaciones inmediatas son esas, pero la forma de encarar el final por ambos es diferente, para Raymundo el fin está tan próximo que hay que irlo preparando, visitar funerarias para chocar contra la realidad de la imposibilidad de acceder a esos precios, para Rafael queda el deseo de ser reconocido como director de cine, guionista, músico, poeta, literato y que el Instituto de cinematografía subvencione la película que contará su vida, esa vida que se partió por la mitad cuando su esposa, y abuela del director, le abandonó por otro hombre, emprendiendo el anciano su búsqueda por todo Méjico, por Honolulu, hasta Alaska, con una intención, la intención de matarla, intención que quedó en eso porque no llegó a encontrarla. Su único consuelo fue el de tirotear la foto de la boda.
 
 
 

En las conversaciones entre ambos ancianos, parcas en palabras, sobre todo dirigidas por Rafael, la deriva de las mismas termina orientándose hacia la política, hacia la tradición sangrienta del país eliminando a sus presidentes, al estado de abandono manifiesto en el que las comunidades del interior se encuentran, al absoluto incumplimiento de las promesas electorales. Poco a poco ese espíritu personal e íntimo de la película se va abriendo, se va extendiendo a la realidad de todo un país. Un país en el que, aunque la película se termina en 2014, en el año de su rodaje, 2012, se celebran elecciones presidenciales donde es elegido Nieto Peña, aclamado en la capital a los gritos de “asesino, asesino”, en esas imágenes que ningún telediario se atreve a exhibir para informar a sus espectadores. Es así como Joshua Gil eleva el nivel de la propuesta ampliando el espectro de maldad, no es necesario ver un acto de violencia expresa durante la película, ni tipos patibularios llenos de tatuajes dispuestos a usar pistola en cualquier momento.  La maldad del título la advertimos en el componente desigual por el que se mueven sus protagonistas, su absoluto paso por la vida para sufrir con independencia del gobernante de turno, el fundido a negro final es definitorio, nos quedamos sin imágenes de la misma manera que los personajes han perdido su futuro.
 
 

Nos lanzamos hacia la muerte en una carrera de la que no somos conscientes, cuando ésta se anuncia de manera programada o inevitable por la edad las posibilidades de reaccionar son escasas, apenas lo suficiente para decidir morir sin dolor o efectuar el último acto heroico que nos justifique como una presencia que va a desaparecer. Cuando Rafael abandona su pueblo sacrificando a todos sus animales, pone tierra de por medio, lo hace para no volver, quemar las naves y arriesgarse, como todo equipaje unos pocos pesos, un zurrón, una pistola y su historia con sus canciones. En el pueblo quedará Raymundo, difuminándose poco a poco en el paisaje, confundiéndose con él como terminarán desapareciendo sus restos el día que muera. La imagen pasa de la calidad implacable del digital, al grano duro y correoso de la imagen que se deforma con la angustia de un final, la nitidez frente a los confines borrosos, como si al tiempo que avanzamos en la vida nos fuéramos disolviendo, la textura de la imagen se hace áspera, grisácea, árida como los paisajes donde ambos ancianos pasan sus últimos días, imágenes que se acomodan a una realidad ruinosa como las casas en las que viven ambos supervivientes. La influencia de “Post tenebrax lux” de Reygadas parece acercarse sobremanera a la película de Gil, como el cine de Nicolás Pereda, o los avatares del artista indígena en “Eco de la montaña”.
 
 
 

Y la imagen poderosa preside toda la película y evidencia el estilo y talante del cineasta, un largo plano inicial de 8 minutos acompaña un incendio, ¿accidente, venganza, trabajo?, un campo de caña se incendia en plena noche, unas siluetas humanas contemplan las llamas y la llegada del amanecer. Cuando el día llega, el incendio se reproduce en otro campo con la misma virulencia. Para vivir hay que morir, parece anunciar la película cuando comprobamos que el incendio es un modo de trabajo, un fuego en el que la imagen de una bicicleta entre las cañas quemadas, pero  ya limpiadas, provoca un efecto estético extraño y atrayente, como la de los dos burros esperando en los límites del campo quemado, ese fuego que alimenta a Rafael a base de mazorcas de maíz, un fuego que también consume y transforma en cenizas todo, personas, países, mandatos, un fuego cuyo humo disuelto permite contemplar la silueta de un volcán al fondo. Nosotros no permanecemos pero la naturaleza, pese a nosotros, sí, a los gritos de “fraude, asesino” no hay imagen que les acompañe, en ese camino la maldad se apodera de todo y nos oscurece el paisaje colectivo.