lunes, 21 de diciembre de 2015

A ULTIMA VEZ QUE VI MACAU (La última vez que vi Macao, Joao Pedro Rodrigues, Joao Rui Guerra da Mata, 2012)


 
A ULTIMA VEZ QUE VI MACAU (Joao Pedro Rodrigues, Joao Rui Guerra da Mata, 2012)
 


Macao, Hong Kong, Callao, Samarcanda, Tombuctú, ciudades míticas, ciudades del pasado en las que en alguna se mantiene el vivo recuerdo mediante su adaptación al presente. Reminiscencias coloniales, empresas aventureras, lo exótico y deslumbrante junto con lo peligroso y ruinoso, un mundo lleno de resonancias misteriosas y de secretos inconfesables en los que tan importante es la ciudad en si misma como sus personas y los recuerdos que emanan de las piedras. Rodrigues y Guerra da Mata utilizan el enclave para jugar con el pasado sin mostrárnoslo, pasado, presente y futuro confluyen en el relato como una especie de película que simultáneamente mezcla diversos planos narrativos que, al final, parecen uno solo.
 
 
 


En el último viaje la referencia puede ser la del propio narrador en el momento en que abandonó Macao siendo joven, como también al momento de partir en este viaje relámpago sabiendo que nunca más volverá a pisar la ciudad porque aquella ha desaparecido entre sus recuerdos que nunca encontrará, o como se opina, porque nos encontramos ante la desaparición física del ciudad consecuencia de la maldición que rodea a todos los personajes y que nadie es capaz de detener. Esa sobreexposición lumínica final puede valer como ejemplo de la devastación, la luz que desprende la jaula que transportan los personajes de mano en mano, como punto de fuga del relato, se ha desatado y resulta imparable en su reguero de muerte, pero para Rodrigues y Guerra da Mata la opción escogida no es la del relato narrativo convencional sino la confluencia de historias y de tiempos.
 
 


Macao fue la última colonia portuguesa, y como tal, volver a la colonia, como hace el personaje de Guerra, es volver a un origen, a la ciudad de su nacimiento pero también al recuerdo de unos tiempos en los que, presumiblemente, la memoria colectiva del país podía sostenerse en un pasado de héroes, victorias y ocupaciones. Unas colonias que no han sacado al país colonizador de su meridiana pobreza ni han hecho de los territorios descolonizados más prósperos ni más brillantes de lo que lo hubieran sido por sus propios medios. Macao es una de las perlas de Oriente que podía prosperar con o sin Portugal, esa realidad, vista desde la distancia, ha de crear una sensación depresiva en quien abandonó la colonia antes de dejar de serlo y regresa a la misma para advertir que, tras cinco siglos de ocupación, nadie habla portugués, nadie entiende el idioma, con nadie puede comunicarse si no es en chino o en inglés, los idiomas reales de un enclave donde la realidad es su idiosincrasia china y el dinero su sentido y su razón de ser como casino del país al que será anexionado con el paso de los años.

 
 
 


Para Guerra, narrador del relato, como para Rodrígues, el ojo que capta las imágenes de lo que se nos narra, volver a Macao es perderse, es ser incapaz de encontrar los lugares a los que el relato lleva a Guerra, llamado por Candy para que regrese a la ciudad y pueda ayudarla, cada intento de encontrarse con el personaje femenino resultará imposible, creyendo que las referencias que se le dan permanecen intactas en su memoria, la realidad es muy diferente, la ciudad ha cambiado tanto que sus referentes se han perdido, Macao no es la misma aunque esté en el mismo sitio, han pasado 30 años y no han sido en balde, edificios abandonados, calles a medio terminar, perros callejeros en cualquier lugar, Macao ha perdido el aura mítica del protagonista, el recuerdo de la Galería de los Moros como enclave definitivo de otra época se transforma en reclamo turístico, la puerta de entrada al puerto, con una leyenda en portugués, queda engullida por la mole de la terminal del puerto que se sitúa justo detrás, el pasado es aniquilado por un presente invasor.
 
 


Rodrigues juega con el fuera de campo continuamente, con el encuadre parcial donde un objeto es más revelador que un rostro, con una puerta desvencijada más que con el edificio completo. En el retrato semidocumental de una ciudad la introducción de un relato criminal, con bandas, advertencias, requerimientos de fuga, personajes que no llegamos a encontrar, introduce un sesgo aventurero e irreal a la historia fundamental de despedirse definitivamente de un enclave. Nunca veremos ni un rostro en pantalla, salvo el de la travesti Cindy Scrash que abre la película en el papel de Candy, rostro y cuerpo en una especie de cabaret separado con una reja de un grupo de tigres que juguetea alrededor de la cantante, “You kill me” simula cantar la artista haciendo un play back al tema cantado por Jane Rusell en un clásico del “noir”, una canción preámbulo de una sucesión de asesinatos premeditados, asesinatos para los que no tendremos respuesta pero para los que puede existir una razón, evitar la destrucción de la ciudad encontrando esa jaula que parece llevar consigo el fin de una humanidad, o de una humanidad parcial y concreta en una ciudad capaz de funcionar por sí misma. Una mujer que no lo es encarna al prototipo de mujer fatal, una ciudad que no es lo que era como reflejo de los mejores tiempos pasados, un objeto misterioso como desencadenante de los males del mundo, y en el medio un relato documental y documentado del presente de una ciudad en la que los recuerdos del pasado se han borrado, tanto por la acción humana como por la naturaleza que no conoce de propiedades cuando se abandonan a su suerte.
 
 
 


“A ultima vez que vi Macau” se acerca más al cine de un Tsai Ming Liang o Apitchapong Weerashetakul que al cine noir clásico, el relato atrayente de imágenes simbólicas cuenta una historia por si misma sin necesidad de trama alguna, son las imágenes las que nos relatan la existencia de la ciudad y su presente, mientras que la voz nos transmite el leit motiv del viaje, dos cadencias fílmicas para un conjunto unitario, la ciudad como continente y como contenido, una voz en portugués en un lugar donde el portugués nada significa y para nada sirve. En la forma de la película los directores escogen un camino anunciado desde la escena inicial, van a travestir el género, los clichés del cine criminal, las sombras, el humo, la noche, unas manos enguantadas, un rostro oculto, una pistola que sobresale, van a ser acompañadas por los recuerdos del protagonista, sus recuerdos de infancia, las viejas fotos de un lugar que ya no existe, un lugar en el que la cara de Mao está presente, donde los gatos campan a sus anchas, donde el tai chi se expresa libremente en cualquier parque o rincón, donde el consumo desaforado de una economía de mercado salvaje se desenvuelve sin cortapisas, y todo ello se conjuga armónicamente, se contextualiza de tal manera que todo parece alcanzar un significado mediante la unión de polos asimétricos. No falta quien compara esta película con la excepcional “La jetée”, también hay un muelle y un puerto, las imágenes no son fotogramas unidos pero se comportan como tales mediante su encuadre rígido y su permanencia estática. Una película de género que hace saltar por los aires cualquier género.
 
 


Ese fuera de campo con el que se nos cuenta la acción criminal, un fuera de campo que nos evita ver el acto de matar pero con el que seguimos perfectamente el relato mediante un grito, una petición de ayuda, el ruido de dos disparos tras ver a un hombre subir unas escaleras de madera sin ningún sigilo, una mujer de la que sólo vemos las manos jugando con unas figuras de animales que van cayendo según el designio o el capricho de la reina de la ciudad. Un zapato caído en el asfalto significa que Candy ha desaparecido, puede que engullida por el mar tras recibir unos tiros o secuestrada, o muerta pero alejada del lugar donde puede ser buscada, una desaparición que pone fin a la aventura, una fuga más del relato que nos deja sin la posibilidad de que Guerra una su pasado con el presente inmediato de la ciudad. A Macao se llega en barco como se llegaba desde hace siglos, pero la silueta de la ciudad ha perdido su carácter mítico, el gran casino se abre ante nuestros ojos para alborozo de los turistas chinos que provienen del continente, Macao fue portuguesa, pero nunca fue Portugal.