martes, 24 de noviembre de 2015

THE END OF THE TOUR (James Ponsoldt, 2015)


 
THE END OF THE TOUR (James Ponsoldt, 2015)
 
 
 


Se podría hacer un paralelismo entre esta película y la última del director, también estadounidense, Noah Baumbach,  ya que en ambas se habla del deslumbramiento, de la admiración por la persona que no conoces, y también de la progresiva decepción que produce el acercamiento y la intimidad con quien crees genial en todas las facetas de su vida. Si Lola Kirke se siente imantada por la personalidad y fortaleza externa del papel que encarna Greta Gerwich, en este caso, Jesse Eisenberg como el periodista David Lipsky sufre un síndrome de Estocolmo inverso siguiendo la gira de promoción de David Foster Wallace (Jason Segel) ante el bombazo mediático y editorial de su novela “La broma infinita”.
 
 
 
 


Cuando Lipsky propone, y se acepta, la posibilidad de seguir la gira promocional del escritor afamado a su redactor jefe en la revista Rolling Stone, lo hace desde la incertidumbre de no poder llegar a la altura de lo que considera un cerebro privilegiado, de creer que nunca podrá llegar a cotas similares de creatividad literaria, él, que ha publicado algún libro cuyas ediciones reposan en las estanterías de su casa sin apenas difusión y que se considera un escritor fracasado, que siente el temor reverencial de compartir un par de semanas con todo un mito presente del mercado literario norteamericano. En la dicotomía entre el miedo y la admiración, el personaje creado por Eisenberg se mueve perdido y asustado, desconcertado ante el panorama nevado que rodea la casa del escritor, un aislamiento premeditado o neurótico empapado de frialdad.





 
 
 
La figura de Foster Wallace ha alcanzado esa pose de mito moderno uniendo una gran novela sobre la sociedad norteamericana, un conjunto de obras que no pueden alcanzar el volumen ni el reconocimiento de su referente máximo y una muerte prematura, que para aumentar el tamaño de la mitificación, fue producto de un suicidio. En el choque entre el autor sublime y su vida un tanto disfuncional, sus ataques de celotipia, su carácter ciclotímico, pasando de la euforia a la melancolía y a la depresión, su propensión a la autodestrucción sin caer en el mito del artista adolescente, contemplado por un extraño, un extraño que, cuanto más consigue reblandecer el caparazón del escritor y conocer a la persona, más alejado se siente de su forma de vida y de su forma de afrontar las relaciones, al mismo tiempo que hace más palpable su propia insatisfacción vital, como si una especie de reflejo deformado le identificara con esas reacciones hurañas o egoístas del escritor, que, al tiempo, puede desenvolverse con extrema afinidad y cortesía. Huye Ponsoldt, autor de la maravillosa “The spectacular now”, del morbo y de indagar en los aspectos “polémicos” de la personalidad de Wallace, y en esa huída alcanza altura su propuesta porque no pretende ser biopic ni ensuciar banalmente la imagen personal de quien no lo merece porque lo importante fue su obra escrita, no lo que hiciera o dejara de hacer con su vida. Lo relevantes el nexo que se establece en el viaje entre las dos personas, el desencanto o la imposibilidad de hacerse amigos partiendo de la admiración por el artista sin conocer realmente a la persona, dos hombres que empiezan a conocerse desde la nada y que cuanto más se conocen, menos pueden empatizar.
 
 




En el duelo interpretativo entre Jason Segel y Jesse Eisenberg sobresale la figura de Foster Wallace, y es un pequeño problema de la película que ambos actores no hayan volado a una misma altura porque el resultado final, sin resentirse en su calidad, adolece de una descompensación, de un personaje mejor construido y atrayente para el espectador en la figura del novelista frente a su rival periodista, será el papel más atrayente del escritor, o un problema de interpretación, lo cierto es que la película solamente pierde fuelle en esa dualidad descompensada que, por otra parte, es el alma de la propia historia. Ante la frustración incapacitante del periodista que quiere convertirse en novelista y ha de contentarse con reportajes para una revista no especializada en literatura, con la amenaza latente de que la redacción busca el morbo y el titular, y no tanto conocer el proceso creativo de un gran narrador, se contrapone el miedo del autor en alza a defraudar a sus incipientes seguidores, a la losa de peso sobrehumano de tener que conseguir, una tras otra, novelas de calidad semejante. Un reto titánico para el que la débil personalidad del escritor, su inseguridad, su quebradiza moral, su angustia vital, no se ve capaz. Rodeado por la depresión sabe que, en cualquier momento, la oscuridad se cernirá sobre su creación mental y apagará la inspiración sin saber si será capaz de superar el vacío existencial para dirigirse a un público inconcreto desde la soledad de su casa. Esa amenaza sobrevuela, igualmente, a la persona del periodista, anclada en un deseo que no podrá satisfacer comprueba cómo el éxito no es sinónimo de felicidad, que alcanzar lo que se quiere no supone mejorar, y que quizás, es el tiempo de dedicarse a vivir en vez de a lamentarse por lo no alcanzado.