miércoles, 18 de noviembre de 2015

L OMBRE DES FEMMES (Philippe Garrel, 2015)


L,OMBRE DES FEMMES (Philippe Garrel, 2015)
 
 


Garrel se reafirma en su temática, las parejas, sus problemas, sus incongruencias e incompatibilidades, sus luchas y perdones, aumentando quizás la carga mística del amor para equipararlo a una experiencia pseudoreligiosa de éxtasis, sufrimiento y penitencia. Garrel limita sus excesos y sus películas se van convirtiendo en lienzos impresionistas, apenas 70 minutos, cuadros y escenas concisos y concretos, tan despojadas de todo lo superfluo como del color, como en “La jalousie”, Garrel vuelve al blanco y negro para retomar el camino al purgatorio de la vida en pareja de la mano de una excelente Clotilde Courau y un convincente Stanislas Merhar, los Manon y Pierre de la historia.




 
 
 
Despojada de artificios formales, reducida a lo esencial, la trama es igual de simple, tan simple como compleja, con la complejidad de las relaciones humanas, y sobre todo, las de pareja. Los estados de ánimo no se ocultan, son transparentes. La relación de Pierre y Manon ha tocado fondo, pero está estancada por el aburrimiento o la saturación de Pierre, no por Manon. Ella sigue anclada a Pierre sin estar satisfecha, con la necesidad de más atención pero dispuesta a seguir porque “no es sufrimiento, es amor”, le dice a su madre. Es a él al que la relación ha dejado de alegrarle y entristece su mirada cuando ambos protagonistas están juntos. Ese plano inicial denota hastío, falta de entusiasmo. Ambos son cineastas, trabajan juntos, viven juntos, todo lo hacen juntos, y Pierre ha llegado al límite de la costumbre, pese a lo cuál no puede renunciar a Manon, no han dejado de quererse pero están asfixiándose.




 
 
 
El punto de vista de Garrel es predominantemente masculino, las reflexiones en off del narrador (Louis Garrel) son casi todas relativas a los pensamientos o decisiones y estados de ánimo de Pierre, en su comportamiento esconde una doble moral hipócrita y de carácter indudablemente machista. Esa doble moral que Garrel utiliza para relacionar el comportamiento de su protagonista con el de esos falsos resistentes de la segunda guerra mundial, sobre los que versa el documental que Pierre está preparando, una historia de la resistencia, aunque sea una resistencia engrandecida por la necesidad de zafarse el recuerdo de la colaboración. Quien resiste vence, vendría a decir Garrel, y quien resiste en el amor termina superando las dificultades pese a los egoísmos. En ese cansancio y abatimiento de la pareja provocado por la inactividad, por el silencio a veces insultante de Pierre, por su apatía a cualquier propuesta de Manon, la infidelidad está al acecho. En la relación que surge entre Pierre y Elisabeth para él sólo existe la excitación de la novedad, volver a sentir lo que ha perdido y no encuentra en Manon. La crisis creativa, la crisis económica, la crisis de la pareja forman un círculo vicioso del que Pierre no sabe salir sin encontrar una amante, una amante a la que no engaña, no va a dejar a su mujer ni ha dejado de quererla, que no piense que aquello va a ser una relación estable ni exclusiva, es un pasatiempo, o acepta esa situación o que se busque a otro.
 
 
 


En la doble moral de Pierre él se engaña con la normalidad de su doble relación, vuelve siempre a casa, está con Manon, continúa con sus rutinas solamente rotas por los encuentros con la amante, con quien sólo comparte el sexo. Son los celos y la ansiedad de la amante los que dan un giro de tuerca a la historia. Casualmente Elisabeth sorprenderá a Manon con otro hombre. También ella, cansada de esperar, agotada del silencio y la ignorancia por parte de Pierre, necesita una nueva vida, aunque sea puntual, pasajera. Un punto y seguido esperando que Pierre vuelva, o no. Pero cuando Pierre se entera, actúa de manera mezquina, ambos renuncian a sus amantes, pero Pierre lo hace sin revelar su infidelidad y a partir de ese momento su comportamiento se transforma en obsesivo, vigilante, una celopatía injustificada en quien ha sido infiel, un comportamiento de hombre herido con el que autojustificarse. Pierre busca excusas misóginas, está la naturaleza infiel del hombre, lo suyo es perdonable, lo de la mujer no, porque va contra su naturaleza amorosa. Pierre se apagaba en compañía de Manon y descubre que su iluminación es puntual con Elisabeth, que en el fondo no es un problema causado por las mujeres su tristeza apática, sino que es un problema suyo. Como si de una revelación mística se tratara, arrodillado y progresivamente iluminado por la luz del sol que entra por la ventana, se da cuenta de la verdadera naturaleza del amor cuando todo parece perdido.
 
 
 


Si Pierre obliga a Manon a revelar su infidelidad lo hace para prevalecer sobre ella, lo que no imagina, y aquí prima el carácter intuitivo femenino sobre el prosaico masculino, que necesita ver para creer, es que Manon sabe que él también tiene una aventura, y para ello no necesita que nadie se lo cuente o descubrir a Pierre en una cafetería con una mujer, basta la manera en que Pierre habla, cómo la mira, cómo la ama, para saber que hay otra mujer interpuesta. En los diálogos de la película la mano de Jean Claude Carrére se nota, escrita por cuatro personas, o eso se dice en los títulos de crédito, la sencillez y realidad de los diálogos demuestran un fino estilo literario compatible con el del autor francés. En el momento de revelar la infidelidad, Manon resume la realidad de la vida en común en ese momento, “pensaba que me querías, pero era yo quien te quiere, ¿por qué no me das tu amor, por qué te escondes, por qué me haces sufrir?, necesitaba verme viva”, y poco después, asediada por sus celos, por sus persecuciones, por sus sospechas, ambos terminan con la relación, “él no lo quiere, ella no lo quiere, pero ellos rompen”, la inevitabilidad de no saber vivir con un amor que parece completo pero que termina siendo insuficiente.
 
 


Cuando pasados los meses muere el viejo resistente protagonista del documental, Manon y Pierre se reencuentran en el funeral, la historia interrumpida refluye, del olvido y la mitificación colectiva pasamos a las historias personales, lo importante no tiene porqué ser lo trascendente para nuestra vida cotidiana. No se han visto, no se han hablado, ambos dicen encontrarse bien como están, solos, “unos días triste, otros más triste y otros muy triste”, dice Manon. En el fondo, ese sustrato religioso reaparece cuando ambos conversan en el interior de la iglesia de St. Sulpice, con su pórtico de columnas, y sienten la necesidad de la reconciliación, de la nueva oportunidad porque ninguno ha dejado de quererse, como si el lugar y su significado influyeran en los hombres. Si la película empieza con planos solitarios de ambos, el final es un abrazo. En el medio Garrel ha desnudado las mentiras, las traiciones, los sinsabores, los deseos insatisfechos de la pareja, ha demostrado que uno se puede querer mucho pero también cometer errores, el peor el del desinterés, el de la comodidad de dar todo por sentado. Garrel desnuda su cine lo mismo que elimina lo superfluo y se dirige a lo concreto y esencial, el relato alejado de planos reiterativos o composiciones barrocas, fuera largas charlas o conversaciones filosóficas, a veces en la pareja sobran las palabras porque las miradas lo dicen todo, y en este caso es así en algún momento, lo que no es impedimento para que sea necesario hablar para mantener los puentes intactos, solo la palabra resuelve lo que los hechos han estropeado.