domingo, 4 de octubre de 2015

TE PROMETO ANARQUÍA (Julio Hernández Cordón, 2015)


 


TE PROMETO ANARQUÍA (Julio Hernández Cordón, 2015)
 
 


Unos dientes de vampiro cuelgan de una cadena en tu cuello, unos dientes falsos y un monopatín son todo tu equipaje. Con las dos cosas vuelas y buscas donantes (vacas que ordeñar en un mundo donde todo está en venta, incluida la sangre ajena), a cambio de una comisión proporcionas sangre fresca para los ricos de tu país o del continente. Si falta sangre, se compra, aunque sea a costa de que los hijos de la calle donen cuatro, cinco, seis veces en un mes, un puñado de pesos bien vale poner en riesgo tu salud. Miguel y Johnny (Juanito para su madre) deambulan por un D.F. en el que todo vale, en el que la violencia no se ve pero se palpa, una violencia que no quieres ver mientras no te salpica, y que cuando te alcanza ya no te va  soltar.
 
 


¿Cómo sería un nuevo “Los olvidados” sesenta años después de que Buñuel reflejara a la juventud mejicana? Probablemente no muy diferente a la propuesta del director guatemalteco afincado en México, nada aparenta haber cambiado, deambular, buscar, recolectar, aprovechar la ocasión, bordear la linde entre delito o falta, arriesgarse a una paliza o a algo peor. Lo que puede haber cambiado es que para formar parte de esta grey no hace falta ser un desheredado, un perdedor, un pobre de solemnidad. Estos nihilistas suicidas salen de las clases medias, unas más acomodadas que otras, de padres con trabajo, de la posibilidad de estudiar. ¿Qué mueve a estos jóvenes a arriesgarse a terminar en una fosa del desierto?
 
 


El vacío, la falta de interés por lo que te rodea, el aburrimiento, la ausencia de ganas de vivir. Del skate por las calles de México, al reclutamiento de personas dispuestas a vender su sangre, de vivir en el interior de un depósito remolque de camión a compartir novio con una chica, esta pareja gay de la que uno de ellos mantiene una bisexualidad que enerva a Miguel afronta la vida como un día a día sin responsabilidades y sin futuro. “Tomar”, “coger”, inhalar, un hedonismo bastante desestabilizador, un placer limitado al momento y que se transforma en melancolía al instante, una cama es el mejor lugar para divertirse, pero también es el lugar en el que dejar pasar las horas del veneno, esas en las que nada te satisface, nada te motiva, nada te levanta cuando llega el día.
 
 
 


Un hecho inesperado, una bomba de relojería insospechada tiene lugar mediada la película, cuando la historia amenaza con estancarse, con transformarse en una sucesión de discusiones entre amantes, de deambulaciones patéticas por una ciudad hostil, la aparición de la bestia desarma a los protagonistas. El juego inconsciente, las ganas de prosperar en la cadena paralela de suministro ilegal termina acercando a nuestros protagonistas a las fauces del lobo. Ese episodio, que conviene mantener oculto, sitúa la realidad del actual Méjico, un país que aparenta la anarquía que el título promete, la anarquía o el poder de la corrupción y el crimen.
 
 


Prometer anarquía es una fórmula impersonal que tanto puede referirse a la historia que vamos a ver como a la vida que el protagonista le ofrece a quien le acompañe. También puede ser la promesa que nos hace el director acerca de lo que supone vivir en Centroamérica en la actualidad. Todas esas capas son posibles, nuestros jóvenes no dudarán, en el momento en que los problemas toman una envergadura insobornable en demostrar su bisoñez, sendas llamadas a sus madres sitúan su inmadurez, su forma de afrontar las situaciones difíciles. La vida ha dejado de ser un juego y se transforma en algo a vida o muerte en cuestión de horas.



 
 
 
 
 
 

La clase social jugará nuevamente como elemento diferenciador. Mientras la huida de Johnny es más caótica, más anárquica, pero más libre (soberbia escena aérea siguiendo en plano lateral al joven mientras circula por una carretera con su monopatín), la de Miguel es ordenada, económicamente al alcance de muy pocos, favorecida por saber inglés, con destino a unos años de refugio en el país del norte. Su final admite muchas lecturas, me gusta imaginar que esos tres o cuatro planos finales son solamente la imaginación de Miguel pensando en una compañía liberada con Johnny en Texas, algo me indica que sólo es imaginación, que no puede ser posible, que ambos jóvenes están condenados a no encontrarse, a no ser amigos porque muchas cosas les separan, incluída la posibilidad de escape.
 
 


La sombra de Paranoid Park de Gus van Sant se extiende por mucho cine posterior, al igual que el documental Dragonslayer, esta “Te promete anarquía” une a los personajes del último Larry Clark con la raíz de van Sant, proporcionando una de las historias más radicalmente sugerentes de los últimos meses, violentamente malsana, y, en ocasiones, evocadoramente bella en su concepción, abundando el plano nervioso, cercano, físicamente impuesto, Hernández Cordón apuesta por la verdad desnuda y nos concede un retrato juvenil sin fisuras, pero también sin esperanzas, ojalá su pase por San Sebastián y su premio convenza a algún distribuidor y se comercialice en España, salvo que estemos ahora muy ocupados homenajeando al cine de los 70 y 80, aquello que se llamó “landismo” y que parece querer convertirse en la edad de oro del cine español.