miércoles, 14 de octubre de 2015

PIKADERO (Ben Sharrocks, 2015)


 
PIKADERO (Ben Sharrocks, 2015)
 
 


Ni conciertos ni cupos, cuando la crisis golpea, alcanza a todos los territorios del estado, cualquiera que sea su idiosincrasia, su voluntad de mayor autonomía, su deseo de independencia, su lengua. Al final, los jóvenes, o ya no tan jóvenes, cercanos los 30, sienten las mismas incertidumbres, las mismas perspectivas desoladoras para su futuro, los mismos  miedos. Deseando ese hipotético “Pikadero” en el que poder follar libremente y sin tener que esperar a que los padres se marchen de casa o a que un abuelo medio senil interrumpa la faena a mitad del recorrido para ver un partido del Athletic.
 
 


Iñaki (Lander Otaola) y Ane (Bárbara Goenaga) son una pareja que se ama pero que permanece en estado de melancolía permanente a sabiendas de que hay fecha de caducidad programada para su relación. Vascos hasta la médula pero diferentes en expectativas, Iñaki trabaja en una fábrica, la misma en la que su padre trabajó durante 40 años y nunca llegó tarde, y su mayor esperanza es la de conseguir un contrato indefinido que le de estabilidad, mientras Ane es licenciada universitaria en Arte, y estudia inglés para poder irse a Edimburgo y encontrar trabajo, primero de lo que sea, haciendo camas en un hotel o de camarera, y después de lo suyo. Gorka (Joseba Usabiaga) es el amigo de Iñaki que trabaja en la misma fábrica pero con estabilidad, y sin embargo, también se presenta abatido, melancólico, sin esperanzas, y planea irse a trabajar a Berlín, es el reflejo en que Iñaki contempla su futuro, un trabajo es algo, pero no lo es todo. La diáspora, la “movilidad exterior” que tanto alegra al gobierno y que demuestra la incapacidad e inutilidad del mismo respecto a nuestra gente joven, obligándola a emigrar para no permanecer a los 30 años en casa de los padres, que siguen tratándoles como niños grandes.
 
 


Esa deriva personal y emocional colocará a los personajes muchas veces apoyados contra la pared, como esperando la descarga del fusilamiento que acabe con sus decepciones anticipadas, en esa edad donde todavía hay esperanzas de mejorar, Iñaki y los suyos ya están de vuelta de muchas cosas y saben que van a tener que tirar toda la vida de una carga suplementaria, al igual que esos sexagenarios que en la fábrica, en la estación de tren o en el campo de rugby tiran de carros cargados con pesos innecesarios, o como el pequeño que tira de un perro que se niega a seguir el camino marcado. Por eso “Pikadero” es desoladora en cuanto al retrato de una realidad y deprimente en cuanto a las opciones que le quedan a este grupo de jóvenes, marcharse, extrañarse de lo suyo y de los suyos o quedarse y anclarse a un lugar moribundo que te obligará a dejarte bigote para aparentar fortaleza.
 
 


En la mirada de la película se concentra su mayor habilidad, en el retrato de los espacios de la pequeña localidad en la que se mueven los protagonistas, rodeados de instalaciones que vivieron mejores tiempos, en esa estación de paso que siempre es lugar de despedida más que de encuentro situada en tierra de nadie y por donde apenas vemos trenes, jóvenes rodeados de gente que ya está al cabo de casi todo y que nada espera, televisiones que adormecen y anestesian la vida de los que no se han marchado y de los que no se van a marchar. Lágrimas amortiguadas para no dejar aflorar la desesperación y la agonía de una generación que, aún así, todavía tiene ganas de reir. La mirada y el fino sentido del humor, un humor heredero de las películas tragicómicas de Aki Kaurismaki, un humor inteligente que aprovecha situaciones que rozan la depresión existencial. Una gran pequeña película llena de personas y situaciones de actualidad, los efectos de la crisis, de ésta y de todas las precedentes, aunque sea en una de las zonas del país cuyas estadísticas dicen que tiene un mejor nivel de vida que el resto.