viernes, 23 de octubre de 2015

BEAST OF NO NATION (Cary Joji Fukunaga, 2015) Calificación: 70/100


 
BEAST OF NO NATION (Caty Joji Fukunaga, 2015)
 


“Cuando la guerra acabe, no volveré a jugar como un niño”
 


En un país cualquiera de África, un país con mar y con selva, con heridas abiertas que los soldados nigerianos de la ONU recuerdan con su presencia, un país que no sabemos cuál es pero que podría ser todos y ninguno de la África negra, la vida sigue, pero la amenaza es constante. En tierra de nadie hasta que alguno de los bandos en permanente conflicto decide que hasta aquí hemos llegado y toca recuperar parte del territorio que ahora controla la ONU. En este caso parece que son las tropas del gobierno las que deciden eliminar esa barrera más teórica que práctica y lanzarse a la caza del rebelde. Para ello, la población en la que reside Agu (un espectacular chaval que interpreta a un niño por edad y a un adulto por las circunstancias en la misma película,  Abraham Ata) se transforma, de la noche a la mañana, de un lugar tranquilo y divertido a un verdadero infierno de venganzas.
 


En esa primera media hora el director nos muestra la vida normal de un niño, sus travesuras, sus risas, sus bromas, su familia, su televisión imaginaria, su día a día hasta que todo queda patas arriba con la llegada de la guerra. En un día Agu será separado de su madre, única que puede huir con el hermano pequeño, perderá a su padre y su hermano mayor, asesinados en una actuación dirigida a crear el terror en las aldeas bajo dominio rebelde y vagará perdido y sin rumbo por la selva. Desorientado, hambriento y sediento, incapaz de comprender lo que ha sucedido, porqué su familia ha sido diezmada y porqué él tiene que desplazarse sólo y sin ayuda. Agu se dará de bruces con la cruel realidad de la guerra en los países pobres, será capturado y acogido por un grupo de rebeldes que son dirigidos por un líder carismático, el “Comandante” (Idris Elba), uno de esos caudillos que recuerda al Kurtz de “Apocalypse Now”, uno de los dueños del horror. Un sanguinario líder en el que se confunden la figura del padre y la del tirano, un líder drogado y corrupto pero también capaz de sacar lo mejor de sus hombres haciéndoles creer inmortales.
 


Son los momentos de aprendizaje los que marcan la verdadera calidad de la película, Agu va sobreviviendo a la formación como “soldado”, va superando pruebas y va asumiendo que ese periodo de instrucción y de campamento va a concluir antes o después, que al campamento seguirán los combates, sólo falta la llamada del Comandante Supremo, del burócrata que maneja los hilos de la revolución y que decidirá dónde y cuándo ha de atacar el grupo de jóvenes y niños dirigidos por un imponente Idris Elba. Lo militar, lo tribal, lo esotérico, la brujería se mezclan con una progresiva bestialización del chico, un personaje que nos habla desde el presente recordando esos días, los días en que su infancia desapareció de golpe sin posibilidad de recuperación, unos ojos que pierden la alegría según pasan los minutos de película y que apenas pueden volver a sonreir. Agu asume que tiene que sobrevivir para poder volver a ver a su madre, sólo que en ese camino va a dejar de ser el Agu que su madre dejó en el poblado. Ritos de iniciación ancestrales unidos a drogas alucinógenas capaces de anular la voluntad y transformar a estos niños en asesinos implacables y voluntarios, ritos en los que los que no los superan son eliminados sin piedad y ofrecidos a los dioses. El poder del guía le permite eso y más, un ser amparado por la divinidad  y que nunca es herido gracias a esa protección se convierte en un mesías para su grupo, sobre todo porque no conocen otra realidad ni otro ejército combatiente, es someterse o morir.
 
 


A sangre y fuego, sin piedad, Agu irá superando cada prueba, con una leve resistencia inicial pero con la inteligencia suficiente como para saber que, de no hacerlo, la víctima será él. El director huye del efectismo y de regodearse en imágenes que podrían haber sido de violencia gratuitamente expresa, sólo en la escena de la primera muerte causada por Agu asistimos al resultado de su acción, que rápidamente queda situado fuera de plano. La conversión del niño risueño en un asesino da paso a dos niños jugando bajo un camión refugiados de la lluvia. Han perdido la inocencia pero no la totalidad de sus instintos, cuando no piensan pueden llegar a no ser conscientes de lo que acaban de hacer. En la contención de la imagen, en la credibilidad de diálogos y reflexiones, en la conversión de la fotografía en elemento identificador del horror, el papel del director, guionista, productor y director de fotografía Cary Fukunaga ( True detective) es esencial, da imagen exacta de la figura del creador, basta una alusión para saber que el comandante abusa de sus pequeños soldados creando una cohorte de favoritos sin necesidad de recrearse en la miseria ni en el morbo, anunciando el horror para que cada uno lo interiorice como pueda acompañando a Agu.
 
 
 


El mundo salvaje de la riñas tribales y de la descolonización mal resuelta sigue asolando un continente en el que cada barbaridad da paso a la siguiente, Fukunaga nos enfrenta a la realidad de los niños soldado, es cierto, sin ninguna embajadora de la ONU para la infancia, sin ninguna estrella de Hollywood salvando a un país entero de la guerra en el último segundo. Lo cierto es que no hay más salvación que la que cada uno pueda procurarse, posiblemente a costa de varias vidas, y entonces es cuando en la mirada perdida de un ser concentrado cuya edad no se corresponde con ese rostro ausente y duro comprobamos los resultados de una guerra cuyo final no es factible, donde cada caudillo se comporta como un general indisciplinado y con tendencia al enriquecimiento personal. Igual que la cocaína nubla la visión aplicada directamente sobre una herida sangrante y permite lanzarse al asalto sin pensar en tu propia vida, el futuro de Agu rememorará los meses de guerrilla sangrienta aunque su cuerpo juegue en la playa. Sólo no recordando podrá admitirse como ser humano, recordar lo que hizo y lo que vió no le va a aliviar, en los 10 años de Agu hay mucha más edad que en los 40 de la psicóloga que trata de recuperarle, Agu ha aprendido a sobrevivir sacrificando, no hay mente que permanezca incólume a ese terremoto.