viernes, 2 de octubre de 2015

ALLENDE, MI ABUELO ALLENDE (Marcia Tambutti Allende, 2015)


 
ALLENDE, MI ABUELO ALLENDE (Marcia Tambutti Allende, 2015)
 
 


Entre la pornografía de los sentimientos y el reflejo de la sensibilidad familiar hay una fina, delgadísima línea, que puede ser muy fácil de traspasar. Cuando la directora es, encima, la nieta del “protagonista”, y la mayor parte de personas que aparecen en pantalla o son familiares muy directos del expresidente chileno, o familiares de colaboradores muy cercanos, el riesgo se incrementa, aunque finalmente, se consigue esquivar. Hay un par de momentos donde la directora asume, de manera indirecta, un protagonismo bilateral que quizá sobre, que puede restar objetividad al resultado, pero, ¿Quién dijo que el arte debiera ser objetivo?, y sobre todo, resulta comprensible la emoción de estas personas al rememorar hechos de su pasado.
 
 
 


La Meme y el Chicho, los nombres que recibían y por los que siguen siendo recordados el matrimonio Allende en su núcleo más cercano, son el centro del relato. Un relato familiar salpicado por la tragedia de una de las numerosas barbaridades cometidas recurrentemente por el ser humano. Pinochet y sus secuaces al asalto del Palacio de la Moneda, ese edificio que en las imágenes de televisión parece inmenso y que visto en vivo impone por el recuerdo de la tragedia y no por sus dimensiones, que convirtió al expresidente en un mito que, de no haber sido asesinado, o compelido al suicidio, pudiera no haber llegado a ser. El relato goza de una atmósfera de tranquilidad a pesar del duelo permanente, de los silencios infranqueables en los que la viuda de Allende se mantiene como mecanismo de protección aprendemos el dolor latente procedente de una situación traumática e injusta y de los no pocos recuerdos dolorosos de su relación con Salvador.
 
 
 


Nada se descubre que no se sepa, ni de lo que Allende suponía para las clases populares de Chile, acostumbradas, como en muchos otros países de Sudamérica, a la corrupción y al gobierno de las oligarquías bajo el paraguas de los EEUU ni de cómo fue recibido como amenaza para el capitalismo salvaje. Dispuesto Washington a no tolerar más Cubas en “su” continente, las experiencias de tipo social de izquierdas siempre estuvieron mal vistas, boicoteadas y, a menudo, finalizadas por las armas a manos de militares entrenados en los campos de la CIA. Países arrasados en sus cimientos, con el miedo como sustento para que nadie osara oponerse al dictador de turno. Nunca mejores fotos que las de Pinochet con sus gafas oscuras para representar un régimen de terror. No busca el documental las causas del golpe, ni indaga en las políticas de Allende, ni el porqué de la reacción desaforada de la derecha y de la burguesía contra un régimen que propugnaba la igualdad, el reparto de riqueza, la salud y la educación como pilares de su progreso.
 
 
 


El documental trata de recuperar el tiempo perdido, el asalto de la Moneda y de los domicilios particulares de la familia Allende hizo desaparecer muchos de los recuerdos familiares, fotografías, objetos, todo aquello que una persona o una familia va acumulando a lo largo del tiempo y que le da la tranquilidad de reconocerse. Todo eso fue expoliado, diseminado, destruido, guardado como trofeos de guerra por los infames torturadores o custodiado como reliquias por aquellos fieles que, en el exilio, consiguieron mantener vivo el recuerdo de Allende como un mito del pueblo. En el propósito de Marcia Tambutti, hija de Isabel Allende, se encuentra el recuperar el viejo álbum de fotos familiar, reconstruir lo perdido para dar continuidad a una historia, la del viejo político pero también la de la persona humana.
 
 
 


Así, de la práctica nada que permanece en poder de la nieta, las sucesivas entrevistas con sus familiares más directos empiezan a hacer aflorar recuerdos sustentados en imágenes, imágenes que se van recolectando hasta concluir en un bello álbum familiar que a todos reconforta. Una familia que ha optado por ocultar su dolor para no hacerse más daño, para no vivir, seguramente, con un rencor creciente, que también guarda sus propios fantasmas familiares en el armario y prefiere recordar lo bueno de su relación con el Chicho y la Meme, una abuela que muere durante la planificación de la película, y cuya casa vacía, o en proceso de vaciamiento, representa el triunfo de la desmemoria, de lo que dejamos de ser cuando no estamos si no hay alguien que nos haga perdurar. Ese álbum se hace necesario para cuando ya no sobreviva nadie de los que estuvieron en la Moneda, para cuando nadie recuerde a la figura de Allende más que como un presidente depuesto como antesala de una de las más brutales y sanguinarias dictaduras de los 80, para que nietos, bisnietos y demás familia sean capaces de identificar historias con personas.
 
 


De todas las imágenes escojo una, veremos a Allende actuando, disfrazado, dando mítines, saludando a personas como si las conociera de toda la vida, dejándose abrazar y besar, le veremos nadando, corriendo por la playa, pero de todas, la más impactante, la más sobresaliente la del navegante solitario, la de su pequeño velero en las playas de Viña del Mar y Valparaíso, dirigiéndose al horizonte, como ausente, concentrado en si mismo y en la inmensidad del océano, la ridiculez de un hombre muy grande enfrentado a un mecanismo indominable. Hubo otros mecanismos igualmente indómitos y montaraces que acabaron con él, pero no con su recuerdo glorioso, quien le derrocó ha pasado a los libros de historia como un asesino que murió sin ser juzgado porque se volvió convenientemente tonto en sus últimos años, pero el sacrificado ha sobrepasado a varias generaciones de gobernantes democráticos y dictatoriales de Chile por representar el triunfo del pueblo, fugaz, efímero, estéril, pero evocador y sugerente, hay veces que sí se puede, aunque el resultado sea limitado, aprovechemos las ocasiones para demostrarlo, porque suele haber muy pocas.
 
 


Un documental esencial para conocernos, un documental que ayuda a acercarnos al Allende presidente desde su papel de padre, de esposo, incluso de amante, de amigo, de político, y que ayuda a entender lo difícil que es para la víctima asumir la desaparición forzada e inexplicable de un ser querido y a vivir con miedo y frustración para siempre, una situación en la que el silencio se adueña de la película y la directora trata de romper esa barrera con la oposición de su madre y de su tía. Es entonces cuando la reparación, aunque sea moral, se hace imprescindible, y ésa la ha obtenido tanto el personaje de Salvador “Chicho” Allende como su familia. Aprendamos en este ruin y miserable país cómo no puede haber víctimas de primera y de segunda clase, y recordemos que somos el segundo país del mundo con más desaparecidos en su territorio como consecuencia de una represión salvaje. Aprendamos cómo se perdona y se supera el dolor, pero aprendamos a reparar cuanto antes.