martes, 6 de octubre de 2015

1001 GRAMS (Bent Hamer, 2014)


1001 GRAMS (Bent Hamer, 2014)
 
 


La carga más pesada es no llevar ninguna. El vacío suele ser más perjudicial y dañino que todos los venenos, Marie siente esa pesadez del vacío conduciendo su pequeño coche eléctrico, abriendo puertas y ventanas de una casa de diseño nórdico en la que, cada día, falta algún mueble, algún cuadro, un recuerdo que desaparece, una ausencia que se va haciendo más patente. Se mueve por las instalaciones del instituto oficial de pesos y medidas de Oslo con una seguridad apabullante y determinada que esconde la más absoluta de las fragilidades. A su alrededor todo son fórmulas matemáticas y diseños de precisión. No cabe nada espontáneo ni programado, una milésima es la diferencia entre el peso exacto y el inservible.
 
 


Las ausencias señalan el camino para las presencias. En la inseguridad, misantropía, timidez y aburrimiento de la vida de Marie sólo cabe mejorar. La película no engaña, hay un propósito de ofrecer una salida a la protagonista, aunque para ello tengo que cambiar Oslo por París. El acierto fortuito, o la necesidad de seguir con la labor de un padre, la convierten en embajadora noruega en la convención anual de pesos y medidas, en la búsqueda del peso perfecto.
 
 


En sus viajes oficiales transportará la cápsula con el peso de 1 kilogramo más perfecto, el peso que sirve de referencia a las medidas del país, como si la fragilidad del mismo equivaliera a la fragilidad de su propio interior. Pesos y medidas son válidos para relaciones matemáticas pero no para relaciones humanas. Como al protagonista de A brilliant young mind, el desmorone puede producirse si no somos capaces de diferenciar técnica y humanismo, cuando todo se reduce a medidas y proporciones las relaciones humanas se enfrían, se hacen distantes, imposibles de superar.
 
 


Esta película noruega con financiación francesa me gusta en su diseño visual, pero termina resultando matemáticamente previsible. Líneas rectas, paredes blancas, grandes ventanales, espacios asépticos que solo cobran vida cuando nos trasladamos a París. Sólo en el viaje recupera Marie una parte importante de si misma, su reafirmación como persona y no como científica. Marie actúa con la misma frialdad cuando abandona la bata blanca, pero sabemos que, a diferencia de la otra película noruega del año, “Blind”, el producto está fabricado para vender píldoras de optimismo. Demasiada acumulación de desgracia, pérdida y fracaso inicial para una recuperación fulgurante tras la aparición de un científico francés conocedor de la materia especialidad de Marie, pero que se dedica a la jardinería para ocuparse de su madre enferma (casualidades, Moretti deja su trabajo para cuidar de su madre en la fantástica “Mia madre”). Aquí lo humano ha vencido a lo científico.
 
 
 


No es un  cine que me entusiasme el de Bent Hamer, de hecho es un cine al que no presto atención  tras ver la que se supone que es su mejor película, aquella Kitchen stories de 2003, que pasó por mi memoria cinéfila sin pena ni olvido, como su siguiente intento torpe y fallido de revisar la figura de Charles Bukowski en Factotum. 1001 grams no va a defraudar ni va a emocionar, tan gélida como el paisaje noruego, tan atractiva como lo puede ser un plato de salmón frío en pleno invierno, tan falsa como llamar café a un café de cápsula, tan limpia y clara como un cómic de Hergé, pero a veces se agradece un poco de desmelene, una abstracción que rompa el molde y desborde lo manido y mil veces visto. Que dos gendarmes franceses no sepan inglés puede ser muy chistoso para un noruego, pero lo que nos iguala en el chiste es que se discuta si algo mide 15 o 18 centímetros. Cuando llega el deshielo a la vida de Marie ya no hay tiempo de evolución porque no queda historia que contar, y cuando la congelación es absoluta temes que llegue ese deshielo por la vía rápida.