martes, 29 de septiembre de 2015

VIAJE AL OESTE (Journey to the west, Xi jou, Tsai Ming Liang, 2014)


 
VIAJE AL OESTE (Journey to the west, Xi Jou, Tsai Ming Liang, 2014)
 
 


“Todas las cosas compuestas son como un sueño, una fantasía, una gota de rocío, un relámpago. Así es como debe meditarse sobre ellas y observarlas” (sutra budista que pone fín a la película)
 
 

 

No cometeré la torpeza de recomendar el cine de Tsai Ming Liang de manera abierta y sin recelos, no quiero parecer un “pedante avant la lettre” que recomienda cine que no se va a encontrar ni en las salas ni en las tiendas de dvd con copias subtituladas en castellano. El cine de Ming Liang es demasiado personal, demasiado trascendente como para gustar a una mayoría, es cine para minorías muy escasas, para aquéllas que se atreven a ver películas sin argumento, o sin diálogos, y que son capaces de inventar o entender la propuesta, o simplemente de disfrutar de sus imágenes, o también de no entender de nada y denostarlas, pero después de asumir el reto de una difícil propuesta.
 
 
 


Ming Liang lleva un par de años traladando a imágenes el deambular místico de su monje budista, si no me equivoco, desde “Walker”, pasando de los alrededor de 20 minutos de aquélla a los 56 de ésta. La idea y el desarrollo es muy similar, asistimos a planos estáticos en los que el movimiento del monje se eterniza, nuestra mirada entra en conflicto entre la aparente inamovilidad del monje y la velocidad del entorno en que se mueve. Esta vez nuestro monje deambula por las calles de Marsella tras abandonar su monasterio y eternizar durante 15 minutos una bajada de escaleras de una estación de metro mientras la vida urbanita transcurre a su lado a toda velocidad, continuando con su peregrinación hacia el oeste, pero esta vez cuenta con un seguidor que se le suma en tan peculiar como agotador viaje, Denis Lavant pasa a seguir al monje, no hay diálogos ni se cruza palabra alguna, ni entre ellos ni con nadie más. A las imágenes sólo les acompaña el sonido ambiente de la gran ciudad.
 
 
 


Ming Liang no es compasivo con el espectador, le somete a la tortura de un gran primer plano de medio rostro de Lavant durante 12 minutos, los 12 minutos iniciales a la espera de la revelación, 12 minutos en los que hasta dudamos si Lavant ha muerto ya que ni pestañea. Un rostro y la oscuridad pasan a ser un perfil tumbado boca arriba en plena naturaleza y la aparición de nuestro monje que comienza a caminar. Nuestra mirada no está acostumbrada al ritmo de la minoría, desearíamos empujar, obligar a avanzar más deprisa, pero nuestro monje y su discípulo se mueven conforme piensan. No es vida para acelerarse, si corremos no vemos, no miramos. Lo que pasa rápido no se contempla, pero, ¿estamos dispuestos a vivir en la contemplación, en saborear pequeños instantes haciéndolos perdurables?
 
 
 
 


El plano final nos revela que hay vida, pero que depende cómo se mire, esa vida también es deformable, ocho minutos donde apreciamos a los habitantes de Marsella jugando, paseando, oyendo música en una plaza, pero no es la visión directa sobre ellos, sino la visión reflejada en el techo espejado de una estructura que sirve de soportal, la imagen de la vida y no la vida misma, hemos dejado al monje y su discípulo, rumbo a otro destino. Nosotros nos quedamos contemplando. Un experimento visual digno de quien no se conforma con hacer lo que todos, buscando nuevos materiales narrativos al alcance de muy pocos y que, sinceramente, enervará a muchos. Una especie de videocreación destinada a iniciados, a buscadores de innovaciones narrativas, a amantes del cine del director malayo. Por eso no me disgusta, ni me sorprende, es lo que uno puede esperar de los grandes, que se renueve aunque no se le entienda, incluso aunque disguste.