jueves, 24 de septiembre de 2015

TIRADOR (Brillante Mendoza, 2007)


 
TIRADOR (Brillante Mendoza, 2007)
 


Que el cine filipino no tiene difusión en España no ha de extrañar a nadie, que su carácter de secta cultivada al calor de festivales internacionales ha ido haciendo crecer los nombres de Brillante Mendoza, Raya Martin, Lav Diaz, Khavan de la Cruz tampoco. Que casi la única película estrenada comercialmente en España procedente de Filipinas haya sido la peor de su director, “Cautiva” de Brillante Mendoza, tampoco sorprende a la vista de los insondables criterios por los que la distribución decide moverse, supongo que por la participación de Isabelle Huppert en la misma, y de Lav Díaz y Raya Martin ni están ni se les espera pese a su reconocimiento internacional, aunque siendo sinceros hay que entender que películas de 4, 5 horas tengan escasas posibilidades de estreno comercial. Pero antes de “Captive”, Brillante Mendoza, diseccionando un país tan pobre como complejo, tan desestructurado como violento como es Filipinas, ha ido exponiendo múltiples realidades de un país convulso y nada envidiable.
 
 


“Masajista”, “Serbis”, “Tirador”, “Kinatay”, “Lola”, “Captive” conforman un documento de un país sujeto a la corrupción, a la violencia entre iguales, a la pobreza, a condiciones de vida miserables, a la prostitución de mujeres, de hombres, de niñas, a la influencia nefasta de la religión católica y a la violencia de la minoría islámica con sus guerrillas sangrientas, al poder omnímodo del ejército y de la policía, a la violencia e impunidad policial. Mendoza hace flaco favor a campañas publicitarias que se pretendan hacer desde el poder hacia el país, pero a cambio, recoge en imágenes todo aquello que molesta, que perturba, que refleja la incapacidad de un gobernante y su miseria moral trasladada a la inmensa mayoría de sus personajes.
 
 


Mendoza no juzga, pareciera limitarse a poner su cámara y rodar, sus personajes se entremezclan con los ciudadanos de Manila, su nerviosa imagen no prepara el escenario sino que introduce a sus actores en medio del caos de la ciudad, de sus masivas manifestaciones religiosas, de sus concentraciones festivas, sus iglesias, sus mercados, sus calles, sus robos, sus agresiones. No es extraño así, que en la cámara de Mendoza un transeúnte mire al objetivo, o salude, tampoco es extraño que el espectador dude sobre si estamos ante una ficción o un documental, la fisicidad y la cercanía de la imagen nos incomoda. Ese calor pegajoso del trópico se respira en todas y cada una de sus películas, ya estén ambientadas en el mundo de la prostitución masculina, la femenina, el último cine de contactos de Manila, o la brutalidad de una interminable violación y ejecución policial, el espectador siente el ambiente cargado y malsano de la maldad y la corrupción.
 
 


No es Mendoza un director esteticista, no busca la belleza de un plano o de una imagen, de hecho cuando más estético se volvió peor fue el resultado final, como en “Captive”. No es el cine de Mendoza un ejemplo de composición de planos, de diseño de producción, de iluminación o fotografía deslumbrante. Ni lo es ni lo pretende, el cine de Mendoza se agranda más cuanto más se acerca al individuo, como si cuanto más incómodo se sienta el espectador mejor se consiga el propósito. En “Tirador” el relato es lineal pero no unidireccional, el día a día de un barrio de Manila en plena semana santa contrapone actos imperdonables con un fervor religioso inexplicable, todo ello en medio de una campaña electoral municipal. El cóctel está servido, hora y media de idas y venidas buscándose la vida cada uno de los protagonistas, buscando el dinero que permita mantener el alquiler del mototaxi, desesperándose por perder la dentadura postiza a través de un sumidero, soportando redadas policiales que no son más que campañas de marketing municipal de cara a las elecciones, falleciendo en medio de una procesión pisoteado por unos fieles que, minutos antes, han estado robando a punta de estilete.
 
 
 


Son los 5 últimos minutos los que desnudan la naturaleza del país y del poder, y para ello Mendoza no necesita la ficción, basta con colocar a alguno de sus actores en medio de la celebración electoral por el triunfo a la alcaldía, la celebración real y los discursos reales de los candidatos electos. Oírles hablar como predicadores y engarzar política y religión sin disimulo, hablar de su amor por los ciudadanos, de su esfuerzo por mejorar las condiciones de vida cuando, horas antes, que han estado pagando el voto persona a persona en el mismo barrio que funciona como un protagonista más, desnuda a una clase dirigente corrompida que envenena a todos los demás. Ninguna de las películas de Mendoza permite un aliento de esperanza, cualquiera de sus protagonistas puede clavarte un machete o pegarte un tiro, y también pueden recibirlo y morir ante nuestros ojos. Cualquier persona puede ser objeto de un robo violento pero también de ser detenido y agredido en comisaría, de partirte los dedos o de señalarte como traidor y delator para que el grupo te ajuste después las cuentas. Manila es la jungla, como en la épica pelea en Manila de Mohammed Ali, las películas de Mendoza son auténticos “Thrilla in Manila”.