martes, 22 de septiembre de 2015

ME AND EARL AND THE DYING GIRL (Alfonso Gómez Rejón, 2015)


ME AND EARL AND THE DYING GIRL (Alfonso Gómez Rejón, 2015)
 


Si digo que chico es obligado a conocer chica porque la madre se lo impone tras serle detectada una leucemia y que chico y chica, partiendo del rechazo inicial recíproco, van ganando en confianza hasta enamorarse, sin revelarlo abiertamente, estaría haciendo un resumen perfecto en tres líneas de la película, pero estaría haciendo flaco favor a una auténtica maravilla contada en imágenes. Uno de esos “sundances” que han dejado de ser tan frecuentes, una muestra de cine pequeño asumido por una multinacional para su distribución al oler la posibilidad de una buena recaudación, un “sundance” de cuando Sundance era sinónimo de calidad y originalidad, no de cuando ha pasado a convertirse en franquicia y repetición de esquemas arquetípicos.
 
 
 


La película, despiezada, tiene tantos referentes como homenajes, desde el Restless de Gus van Sant a la edulcorada y relamida Love Story, de las figuras paternas de las películas de Wes Anderson, del cine de “suecadas” de Rebobine por favor de Michel Gondry. Del stop motion a la videocreación, de la banda sonora de las películas de Ennio Morricone al último latido existencial de Brian Eno, de la música clásica al rap. Desde la High School del cine de adolescentes hormonados sosegada por la búsqueda de la propia identidad en un entorno abiertamente hostil. En “Me and Earl and the dying girl” todo es conocido pero todo es novedoso y sorprendente, no hay novedad temática que resulte desconocida, pero el conjunto de imágenes es estimulante y atractivo. Lo que podría transformarse en cualquier momento en un dramón es cuidadosamente diseñado para transformarse en emoción, sentimiento. La progresión de la enfermedad va pareja a la evolución de los sentimientos.
 
 


¿Trampas? Por supuesto, y además una trampa que rozaría la crueldad hacia el espectador, de esas que no esperas porque te han dicho previamente lo contrario, una trampa que sirve para eliminar tensión durante la parte central de la película, la parte que sirve para que Greg asuma su condición de ser humano normal, con sus diferencias, pero con sus habilidades, una parte para aceptarse en parte, para poder dejar de pensar en sus carencias sociales y de relación, una parte para crecer previa a la realidad. Una realidad que el protagonista nos niega en su revisión de ese año previo a la entrada en la facultad y que coincide con su relación con Rachel, la joven enferma.
 
 


Es difícil, muy complicado, plasmar en palabras la textura de una imagen, el uso de una lente panorámica en el interior de una habitación que permite observar hasta tres paredes al mismo tiempo, ampliando los espacios de lo que no deja de ser una jaula, un espacio cerrado cuya inmensidad procede de la visión que se quiera proporcionar, son tan elaboradas y complejas las imágenes que sobran las palabras sobre ellas, hay que verlas, hay que palparlas, hay que zambullirse con estos adolescentes y conocer a Greg. Lo mismo podía haber sido una comedia gamberra de adolescentes como una “buddy movie” entre Greg y su amigo Earl, su amigo “ausente”, el que está pero no dice nada hasta el momento decisivo, como si solamente fueran colaboradores laborales ajenos a sus respectivas vidas, dos clases sociales diferenciadas unidas por la cercanía y la amistad del colegio, dos chicos raros que no se quieren significar entre tanto club y secta juvenil, y que para reafirmarse se dedican a rodar versiones de clásicos del cine, clásicos y también alternativos, lo mismo “La jetée” que “Apocalipsis now”, todo es reciclable, Midnight Cowboy o Á bout de soufflé. Desde la irreverencia de modificar el título para llegar a la esencia de las películas, “Anatomy of a Burger” por “Anatomy of a murder”, A box o,lips, wow por Apocalipsis now, Death in tennis por Death in Venice……jugando a crear y modificando los significados mediante el juego fonético.
 
 
 


“Me and Earl and the dying girl” reúne a tres adolescentes en estado de rendición anticipada, cada uno por sus circunstancias y sus inseguridades, es una película capaz de circular de la comedia de humor negro a la comedia estudiantil, del drama adolescente al drama maduro y definitivo con absoluta comodidad. Alternando géneros para enfrentarnos a algo que sabemos definitivo pero para lo que seguimos sin estar preparados. Esos minutos finales en los que Greg entra en la habitación de la chica y bucea en sus recuerdos, en su manera de ser, cuando descubre esos libros vaciados formando paisajes y habitaciones con una perfección milimétrica, forman uno de esos recuerdos imborrables para años venideros en la historia del cine.
 
 


Huyendo del cliché, Gómez Rejón consigue la perfección, la simbiosis entre público y crítica, no hay relación, por episódica que sea, que no muestre una razón de ser, no hay composición de plano que parezca pretenciosa cuando es esteticista, no hay shock más fuerte que el asistir a la definitiva proyección de la película que Greg le hace a Rachel y que le proyecta en la habitación del hospital, una película donde los recuerdos y las dudas de los dos se agolpan en la pantalla de manera memorable, en la pantalla de los espectadores y en la pantalla de la pared donde contemplan el video. Greg, liberado del corsé de su egoísmo romántico, personaje al borde de la depresión forzada, alcanza su plenitud al tiempo que sufre el derrumbe, nunca voló más alto que enseñando su película a Rachel, ni nunca la ardilla en la que se imagina transformado será más duramente pisoteada que en esa escena, él, la ardilla, la ardilla que vuela por las paredes de la habitación de Rachel y entre sus estanterías.
 
 


Los capítulos que van señalando el devenir de la historia parecerían sacados de un manual de humor negro, y lo hay en abundancia, pero también existe un homenaje al cine como pocas veces visto. Ese profesor de historia alternativo, con el que los dos amigos comparten almuerzo casi a diario viendo viejos clásicos obtenidos en una biblioteca de instituto que hace palidecer a la inmensa mayoría de filmotecas regionales que se momifican y esclerotizan en nuestro país, una videoteca llena de los grandes y de los grandes olvidados, donde adviertes los nombres de Maya Deren, de Errol Morris, de tantos que, incluso para el gran público son desconocidos, y para los que un profesor ha conseguido que por lo menos dos de sus alumnos se interesen, como ese padre vanguardista amante del cine de Herzog y que inculca en su hijo esa pasión hasta llegar a rodar remakes de Fitzcarraldo o Mi íntimo enemigo.
 
 
 


 
El relato en primera persona no impica un uso y abuso de la voz en off, las frases mantienen la coherencia expositiva de irnos haciendo descubrir a Greg, no de contarnos lo que las imágenes, espléndidas, ya nos muestran. En ese descubrimiento del gran artista, Greg dirá al inicio de la película una frase que, en ese momento, puede pasar inadvertida o no ser valorada, pero que al terminar la misma nos vuelve una y otra vez a la mente. No es momento de reproducirla porque implica desvelar al espectador aquello que Greg nos oculta, pero es la consagración del arte y sus efectos, en este caso, llevados al máximo. La película demuestra que cada uno de nosotros ha de intentar explotar las facultades que mejor se le dan sin necesidad de forzar aquello que ni nos satisface ni nos mejora. Al final de la película el artista se habrá consagrado, su pequeña película recogerá momentos de tanta brillantez, intimidad, originalidad, mezclas, que nada hará detener esa fuerza en el futuro. Ese deslumbramiento del artista, ese nacimiento explosivo no implica una mejora en las cualidades personales de Greg, su inseguridad, su rechazo hacia si mismo, su modo de dirigirse a los demás con ironía mordaz y distanciadora no tienen por qué desaparecer, Greg se ha iluminado con luz propia en esta historia después de ir copiando y recreando las historias de los demás, necesitaba, es obvio, un impulso, un sentimiento cercano y ajeno a convenciones para descubrir todo su potencial. Lo que gana por un lado lo pierde por otro, Greg aprende lo que es la vida, la imposibilidad del absoluto, la eterna insatisfacción de no poder disfrutar de todo aquello que nos hace felices o que creemos que nos traerá la felicidad, Greg gana y pierde, lo que no sabemos es cuál de las dos circunstancias es mejor, y no lo sabemos porque eso formaría parte de otra película diferente. 42 películas y más de 200 días de relación con Rachel nos sirven para conocer a una persona, a sufrir y emocionarnos con una historia tan vista que, parece mentira, pueda ser rehecha y manufacturada de esta forma, más sorprendente aún cuando la historia original procede de un best seller al estilo Moccia y similares. No duden en ir a ver esta película en cuanto se estrene, en España parece que el título será Yo, él y Rachel, qué quieren que les diga, me gusta más el original.