lunes, 21 de septiembre de 2015

MAIDAN (Sergei Loznitsa, 2014)


MAIDAN (Sergei Loznitsa, 2014)
 

Del documental a la ficción y de vuelta al documental, Loznitsa es un cineasta poderoso en sus imágenes y duro en sus historias, el pasado de su país, Ucrania, está presente, de una u otra forma, en su obra, ya en Old joy como en En la niebla, los restos del nazismo, del fascismo pujante en su país antes y durante la segunda guerra mundial, se utiliza como mecanismo de explicación de muchas de las carencias de la URSS y sus repúblicas asociadas o segregadas. En Maidan, Loznitsa pretende y consigue, crear un documento notarial, un reflejo de lo sucedido entre diciembre de 2013 y febrero de 2014 en la plaza de Kiev, en el despertar de una revolución inicialmente pacífica y que se transforma en violenta y mortal según el poder establecido va perdiendo capacidad de control y de dominación.
 
 

La cámara se coloca estáticamente, desde un punto predeterminado y, sin acercar ni alejar la imagen, se recoge lo que va pasando delante de ella, y lo que va pasando delante de la cámara es inquietante. Este movimiento democrático esconde muchos elementos oscuros en su interior, al calor liberador se une una espectacular conexión con el clero y lo religioso, un desorbitado aparato paramilitar de uniformes, consignas, banderas, una loa permanente a los “héroes” del país, identificados siempre con realidades bélicas más o menos próximas en el tiempo. La ocupación de la plaza es pacífica, pero en esos discursos grandilocuentes, en esas misas y eucaristías multitudinarias, en esa puesta en escena patriótica, en el fondo, lo único que se advierte es el rechazo a pertenecer, o depender, de Rusia, es más un movimiento de independencia que un movimiento democrático al uso.
 



Maidán empieza cantando el himno de Ucrania una multitud aparentemente festiva, y ese himno permanecerá presente en muchas otras ocasiones, el himno es el mismo de aquellos a quienes se quiere derrocar, por eso, la película es pura propaganda, o se transforma en propaganda no sabemos muy bien, si a favor o en contra del movimiento como consecuencia de las imágenes. Loznitsa forma parte de un bando y no quiere ofrecer las versiones en conflicto, como los cineastas que han retratado el 15M en la plaza de Sol, las opciones son claras y conocidas, no hay que preguntar por qué el pueblo ocupa la calle, por qué el gobernante no escucha, por qué desaparecen personas en un país que estuvo a punto de pertenecer a la UE. Loznitsa da todo eso por sabido y su cámara rueda el interior de la plaza y desde el interior hacia el exterior, nunca, o casi nunca, desde el lado criminal al lado revolucionario por entendernos, es una forma de decirnos que el cine no lo está usando para explicarnos los motivos sino para retratar lo que sucede, que nadie manipule lo sucedido con otras imágenes.
 
 

Y esto no está conseguido, y no se consigue porque Maidán oculta la reacción de dentro hacia fuera, al tomar partido por uno de los bandos, silencia aquello que no ha interesado mostrar. Vemos los féretros de manifestantes al final de la película, tras la enésima presencia religiosa en pantalla, pero no veremos ni sabremos cuantos policías también fueron tiroteados y muertos desde el lado interno de las barricadas. Esta plaza de Maidán recordará a otras plazas masacradas de la historia, como la de las tres culturas de Ciudad de Méjico, o la de Tianamen, pero a diferencia de aquéllas, donde la población civil fue tiroteada sin oposición, en Maidán sabemos que hubo dos bandos en lucha, que si esa concentración pacífica sólo hubiera sido tal la plaza hubiera sido desalojada o masacrada en cuanto el sátrapa de turno lo hubiera decidido, y no fue así porque en el interior de la resistencia no sólo había pacifismo y ansia de libertad democrática, sino que había armamento que hemos visto en las noticias de prensa y que el cineasta nos oculta.
 
 
 

Si ha sido casual o pensado, no lo se, pero según van pasando los minutos uno siente que falta gran parte de lo sucedido, que el ir y venir de gente, las diferentes organizaciones dentro del campamento, la ocupación de edificios oficiales, las consignas a través de megafonía para defender tal o cual plaza o calle parecen truncadas, como si algo no se quisiera mostrar abiertamente y Loznitsa quisiera encerrarnos en un espacio del que, aunque quisiéramos salir, la violencia interna y externa no nos deja. Loznitsa retrata muchas veces a las personas del interior del campamento como sospechosos, como si dentro del mismo nadie pudiera asegurar que cada uno es quien parece ser, como si la policía o contrarrevolucionarios estuvieran fichando a las personas con sus teléfonos móviles.
 
 
 

Una cámara neutral que no lo es tanto, un espacio de ultranacionalismo que no augura reales movimientos democráticos como base sustentadora del levantamiento popular que obligó al presidente a escapar del país, un uso paradójico del himno partisano “Bella Ciao”, adaptado al momento. Extraña sensación de falta de autenticidad la que siento viendo “Maidán”, extraña sensación de sentir poca empatía por las manifestaciones de ese movimiento anti-poder. Y al tiempo la sensación de ver algo que me ha emocionado en mi país, la sensación de que la gente puede poner en dificultades a sus gobernantes y hacerse con la calle de manera pacífica. Abajo la casta gritan los manifestantes ucranios en las primeras semanas de ocupación, después todo tornará más violento e impredecible, de hecho, en un año, las cosas en Ucrania no han mejorado, luego, en el fondo, la sensación de ser un movimiento contra Rusia ante el abrazo asfixiante del gran vecino tiene bastante más verosimilitud que la del movimiento contra el oligarca en el poder. Nacionalismo más que libertad, más Ucrania y menos Rusia sea quien sea el ucranio que gobierne y lo que haga. Visto todo esto sólo me cabe la reflexión de que menos mal que no llegó a incorporarse a la Unión Europea un país como Ucrania, un país que no ha depurado en lo más mínimo su pasado violento y lleno de totalitarismos.