sábado, 19 de septiembre de 2015

EL CLAN (Pablo Trapero, 2015)


EL CLAN (Pablo Trapero, 2015)
 

Cuanto más veo el cine de Pablo Trapero, más me gusta el cine de Lisandro Alonso, de Mariano Llinás, de Lucrecia Martel, por poner varios ejemplos. Mientras unos han mantenido fiel su estilo y su árido compromiso visual, otros han oscilado hacia el cine de calidad “para todos los públicos”, manteniendo, eso es cierto, un pundonor en los temas a tratar, pero anhelando hacerse comerciales. Quedar bien con todos y con todo no es posible, por eso uno sospecha que el cine de Trapero se está fagocitando a si mismo, que a Trapero le gustaría ser Alonso con las taquillas de Campanella, que en el retrato de una sociedad argentina corroída por la corrupción y el crimen se corre el riesgo de perder el toque personal para convertirse en un buen realizador de imágenes que duda entre ser director de culto o conseguir un bombazo de taquilla.
 
 
 

Si digo esto es porque he visto todo el cine de Trapero, y cada película que observo contiene un  toque menos de genialidad y un evidente giro a lo comercial dentro de temas absolutamente alejados de la masa que acude a los multicines, no es que sea un cine de concesión babeante al gusto mayoritario, pero si que se va haciendo más digerible y perdiendo radicalidad. Basta con recordar “Mundo grúa”, “El bonaerense”, “Leonera”, “Familia rodante” y “Carancho”, son cinco películas que cualquier director desearía contar en su filmografía (El bonaerense y Carancho son mis preferidas, sin olvidar Familia rodante), pero sus dos últimas películas me dejan más indiferente que otra cosa. De “Elefante blanco” prefiero pasar página, pero este ya premiado y multireconocido “El clan” no hurga donde Trapero solía, es una limitada expresión de un asunto que daba para bucear en la intrínseca maldad de la naturaleza humana y sus ramificaciones hacia el poder, y termina limitándose a una mera crónica negra más propia de los telediarios de la década que de una película que, se sobreentiende, pretende mostrar, psicológicamente, la versión de unos hechos realmente sucedidos en la Argentina postdictatorial.
 
 
 

La película cuenta los últimos años de la familia Puccio, desde la dimisión de Galtieri, la victoria electoral de Alfonsín y los primeros años de recuperación de la democracia argentina, con las estructuras del aparato represivo controlando muchas de las instancias de poder. Una familia que, amparada en la impunidad que le ofrece su cercanía al poder militar y policial, utiliza los métodos de desaparición de “subversivos” para obtener ingresos extras con los que mantener cierto nivel de vida que, la nueva realidad política del país va a eliminar. El patriarca Puccio se dedica a secuestrar a familiares procedentes de la oligarquía dictatorial que, con el cambio de régimen, se han acomodado rápidamente al nuevo sistema y se han olvidado de las lealtades previas. Son secuestros cuyo fin está marcado previamente, se obtenga o no el rescate, el secuestrado no va a sobrevivir porque esas personas sospecharían rápidamente de quién ha sido el autor teniendo en cuenta las circunstancias que rodearon los secuestros, ya que es, precisamente, el conocimiento previo  y la confianza con alguno de los secuestradores, la que facilita la desaparición. La escena queda totalmente dominada por Guillermo Francella en el papel del patriarca, el jefe del clan que, de manera autoritaria, domina y controla a la familia, exige su colaboración o su silencio. Todo el mundo sabe, pero nadie habla, nadie discute, nadie cuestiona. Alguno de los hijos es capaz de huir del entorno familiar oprimido por la realidad del día a día, pero la mayoría de ellos asumen sin disimulo la cotidianeidad del crimen, un crimen conocido por las estructuras de poder y que dura lo que éstas están dispuestas a subvertir el sistema.
 
 
 

Si el papel de Arquímedes Puccio, antiguo miembro de los servicios de inteligencia militares (dígase represión, tortura, secuestro, asesinato), es rotundo, interpretado con solvencia y maestría, definido a la perfección, cínicamente perverso y amoralmente lúcido, el resto de la familia no cuenta con el mismo perfil, como si el diseño de un personaje hubiera agotado al creador, el resto, que es fundamental para aceptar la historia como tal, resulta esquemático y prototípico, con el agravante de que uno de los hijos resulta decisivo para el desarrollo de la historia y su presencia en pantalla lastra cada una de sus intervenciones en una plana demostración de serias limitaciones para enfrentarse a un  personaje de envergadura shakespeariana, introduciendo elementos innecesarios para la trama la confrontación entre padre e hijo es uno de los peores resultados de la película, junto con la falta de profundidad psicológica en la realización. La historia deambula desde la perfección del sistema ideado para generar ingresos a la precipitación y chapuza cuando el hijo mayor decide dejar de colaborar con el padre. Pese a ello, y pese al temor que inspira ese criminal, ninguno de sus familiares cuestionará su comportamiento, ninguno le hará parar, ninguno le denunciará ni declarará contra él en la policía o en el juicio, prefiriendo el silencio a asumir responsabilidades.
 
 
 

Toda la familia se sabe culpable, y por eso calla, pero no es suficiente para dotar de profundidad a un relato bien contado, bien rodado y con el suficiente elemento de tensión añadido, pero al final, lo importante queda sin retratar, sin definir, el porqué, el cuánto, las razones de la connivencia con el asesino desde la familia hasta el poder saliente. Arquímedes Puccio no es sino producto de una corrupción generalizada, pero, para llegar a ello hay que contar con un amparo que no se nos ofrece. Puccio actúa como un pequeño dios auspiciado por un poder que le protege ¿a cambio de qué? No hay chantaje ni coacción, no hay amenaza de revelar secretos en un momento de cambio total del sistema, por eso, alejados del mero relato criminal, la propuesta de Trapero se disuelve, quedan las imágenes, las negruras y texturas abisales de un mundo atroz, de un microcosmos que no se eleva hacia el exterior para contaminar a toda la sociedad. Es como si “El clan” hubiera rechazado preguntarse sobre las razones y sobre el germen de ese mal, jugando al sobreentendido, pero en esa apuesta pierde grandeza para terminar en la corrección de un relato que debería, y podía, haber sido mucho más perturbador y cortante. “El clan” no ha querido jugar a desestabilizar sino a retratar, y en el retrato ha colocado unas fronteras que le impiden sobrepasar los límites personales para adentrarse en lo general, de ahí mi frustración ante un diamante que no se ha querido pulir todo lo que exigía regalando quilates que algún otro no hubiera rechazado, aunque el daño colateral hacia el espectador (en este caso argentino) hubiera sido mayor, porque de esta manera el drama queda limitado a la familia Puccio, cuando el drama se jugaba en otras esferas mucho más amplias.