domingo, 20 de septiembre de 2015

DEAD SLOW AHEAD (Mauro Herce, 2015)


DEAD SLOW AHEAD (Mauro Herce, 2015)
 

Mauro Herce, Lois Patiño, Xacio Baño y José Luis Guerin han formado parte de la representación española en el festival de Locarno este verano. Es falso hablar de cine español, o de cine francés o de cine camerunés, hay que hablar de cine, pero lo que ocurre es que son nombres, unos más consagrados que otros, que proporcionan un termómetro de la realidad, de que hay autores arriesgados y complejos en nuestro cine, pero de cuyo nombre no podrías preguntar al actual ministro de cultura porque, muy previsiblemente, no haya oído hablar de ellos ni sepa si son cineastas, pintores o fotógrafos, tampoco podrías preguntar al espectador medio sobre su cine, pues aun cuando tuvieran interés en verlo les resultaría casi imposible. Este cine, que no nos vamos a engañar, no podemos pretender que sea mayoritario, queda, desde su origen y concepción, recluido en una especie de guetto para iniciados o espectadores demasiado inquietos. Es un cine que termina viéndose más fuera, que dentro del país que lo ha generado, y eso no es más que un debe cultural propio más que un éxito ajeno.
 

Mauro Herce construye su primera película como director, pero sus referentes previos tampoco son poca cosa, “Arraianos” y “Slimane”, otros dos ejemplos más de ese cine que no llega ni se conoce, de ese cine que carece de un escaparate como el festival de Málaga que se dice de cine español pero que establece fronteras entre un cine español y otro, en base a su pretendida comercialidad o el famoseo de las caras que aparecen en pantalla. Mauro Herce nos transporta con las imágenes de su película, a un mundo real lleno de intriga, de incógnita, de aventura sensorial, aparentemente apartada de una narrativa con contenido pero que, partiendo de la abstracción de las imágenes nos catapulta a una historia llena de sentido en un carguero de bandera desconocida y rumbo ignoto. Bienvenidos al mundo de Melville y Conrad, bienvenidos a las sensaciones, a un cine de texturas, de luces, de oscuridades.
 

Tres películas muy recientes abordan el mundo del mar desde perspectivas muy diferentes, del “Vikingland” de Xurxo Chirro, centrada en unos marineros gallegos y su aburrido deambular por un barco de transporte en el norte de Europa, al desasosegante “Leviathan” de Verena Paravel y este “Dead slow ahead” de Mauro Herce, mezcla de géneros conseguida con la imagen y sin apenas contar con la palabra. La película de Herce es un cine de capas, una profunda acumulación de sensaciones a partir de imágenes, de sonidos, de proporciones, una película en la que dudas sobre quien está mirando, si el propio espectador o el barco, o su patrón. Un carguero de dimensiones estratosféricas dirigiéndose hacia el Mediterráneo, con una tripulación multinacional en la que predominan los asiáticos del sur, filipinos, malayos….. un barco del que desconocemos origen y destino, pero cuya salida de puerto constituye uno de los pasajes más hechizantes de la película. Una oscuridad prácticamente absoluta que se rompe por la mitad cuando la cortina que separa el puente de mando se abre, y desde la penumbra que recorta la silueta de dos personas asistimos al desatraque e inicio de la travesía, un barco que, a velocidad constante y manejable, abandona un  escenario que, necesariamente, nos recuerda el Los Ángeles de Blade Runner, un espacio que aparenta desértico con largas chimenas, factorías, iluminación nocturna, columnas de humo. La travesía empieza y comienza el extrañamiento, ese enorme buque parece vacío, apenas el capitán y el piloto, un buque fantasma rodeado de cartografía y cálculos. Una singladura que comienza surcada por la duda de lo insondable, lo que para la tripulación ha de ser rutina, para el espectador comienza como una aventura enigmática. La falta de luz, las sombras, el sonido, consiguen que lo rutinario se convierta en algo de apariencia irreal, con una componente de intriga que sume el relato en lo hipnótico.
 
 

Viendo la película uno quiere imaginar qué haría un  Turner del siglo XXI, ¿volvería a dibujar el último viaje de El temerario o el barco de esclavos o utilizaría la imagen cinematográfica para retratar esa misma realidad? En la singladura del barco el paisaje, la infinidad del mar, las boyas, las costas cercanas o lejanas, asumen las texturas y luminosidad de los cuadros de Turner, la difusa mancha del horizonte tamizada por una luz que nace o se pone, las nubes amenazantes del horizonte, las que rápidamente adquieren un peligroso color negro o surcan el cielo movidas por el aire. En esta primera parte de la película el barco y el mar asumen el protagonismo, un protagonismo en el que poco a poco, la figura humana empieza a aparecer, un cuarto de máquinas, una sala, una grúa, una vía de agua. El cuerpo humano empieza a tomar forma en el desarrollo de la película, un cuerpo que, confrontado con la inmensidad del buque, adopta dimensiones ridículas e insignificantes. Operarios en el interior de una bodega con filtraciones de agua o maquinistas al lado del imponente juego de pistones nos hacen reducir el campo visual, hemos pasado de la inmensidad del mar a la inmensidad del coloso que lo surca solamente colocando la figura humana en el plano. Pero aún falta una escala más, la de dotar de humanidad a esa tripulación. Herce pasa del todo a lo más ínfimo, y cuanto más cercana es la figura humana más se cierra el plano, de la inmensidad de los espacios pasamos a los rostros y cuerpos de esa tripulación celebrando un año nuevo a bordo de este Pequod del siglo XXI.
 
 

Si no fuera suficiente haber visto la pequeñez del ser humano, Herce se recrea mostrándonos planos del propio buque, las alzadas de eslora, de babor a estribor, los planos de las cubiertas, lo que ocupa un marinero en esas escalas, los minúsculos espacios reservados para los camarotes de la tripulación en esas mastodónticas proporciones. En esos espacios donde la película adquiere cierto tono fantástico, como si en cualquier momento pudiera producirse la catástrofe, o la enajenación. Como si fuera posible, en esa atmósfera tan cerrada pese a su inmensidad, asistir, de repente, a una recreación de “Alien” en la nave Nostromo, hay algo de amenaza latente en el interior del buque, hay vértigo en las imágenes del buque desde el puente de mando proyectando su proa hacia el horizonte. El sonido nos sumerge en la inmensidad del buque y en la del mar, un escenario inestable para vidas en velocidad constante pero controlable, vidas encerradas durante meses de travesía e incomunicadas con las familias. Los últimos minutos de película Herce los destina a acercarse aún más a esa tripulación encerrada, llegamos a la voz, apenas si hemos oído alguna palabra durante la singladura, ahora les oiremos llamar a sus casas para saber de la entrada del nuevo año. Paralelamente dejaremos de ver a los marineros y sólo oiremos las voces y sus espacios físicos más íntimos, en ese último momento de reducción espacial de las dimensiones de la película, el cuerpo deja de ser importante y pasamos a conocer lo que las mentes de estos hombres están pensando mientras sienten sus hogares cada vez más lejos.
 

Herce ha hecho una película minoritaria, sin duda, una película en la que el espectador ha de colaborar para su comprensión, una película abierta para que el espectador la cierre según su comprensión. Eso no debería condenarla al ostracismo, a la clandestinidad, al olvido. No por nada ha sido premiada por el jurado del festival de Locarno como cineasta del futuro, un futuro bien próximo porque su cine ya está aquí aunque pocos se enteren. Saber que este tipo de cine se hace aquí es gratificante, invita a pensar que todavía hay opciones de transformarnos en un país moderno en lo cultural porque creadores hay, ahora solo falta educar al espectador, al distribuidor y al exhibidor, o aún más fácil, conseguir que en los puestos políticos haya gente preparada para fomentar todo tipo de cine, aunque resulte incómodo, pero escrito esto me doy cuenta de que estoy imaginando otro país muy lejano, tan abstracto como el barco de Mauro Herce, pero una abstracción que no resulta demasiado compleja concretar, sólo hay que tener interés y voluntad porque cine hay mucho, y del bueno, en esta película que supera el género documental para trasladar la ficción a imágenes de la realidad.