lunes, 17 de agosto de 2015

TRABAJO CLANDESTINO, ESSENTIAL KILLING (Jerzy Skolimovski, 1982, 2011)


 
JERZY SKOLIMOVSKI, TREINTA AÑOS NO SON NADA.
 

De “Trabajo clandestino” (1982) a “Essential Killing” (2011)
 
 


Próximo a estrenar nueva película, la carrera fílmica de Skolimovski ha ido pasando por periodos de mayor y menor productividad, prácticamente ausente en los 90, con media docena de películas en la primera década del siglo XXI y una sola desde 2010, a la espera de la que se encuentra en fase de posproducción. Ver de manera consecutiva la película que más me gusta de Skolimovski, “Trabajo clandestino”, y su última “Essential Killing”, permite establecer un paralelismo entre ambas obras de las que se deduce una clara desconfianza en el género humano y en la evolución de nuestras sociedades, un gusto por el silencio de un hombre, o del hombre.
 
 
 


El capataz Novak (Jeremy Irons) empeñado en conseguir rehabilitar una vieja vivienda en Londres para su jefe en Polonia, en el plazo de un mes, en un diciembre helador, tan frío como la fotografía de la ciudad, al frente de una cuadrilla de obreros polacos. En esta película se refleja el inicio de algo que, al cabo de tres décadas, no es que permanezca, sino que se ha incrementado, pero con el agravante del beneplácito del poder, con el amparo de la norma y la desfachatez de quien, ofreciendo trabajos esclavizantes y sueldos de miseria, se aprovecha de la necesidad ajena. La cuadrilla de Novak se desplaza desde Varsovia a Londres porque el cambio de moneda favorece al empresario polaco, una libra equivale a 1000 zlotys, y 1000 zlotys es el salario medio del polaco de los 80. Pagar la rehabilitación a una empresa británica sería un gasto tremendo para un polaco que, por otra parte, aparenta ser un ciudadano nada ejemplar, uno de los pocos que puede permitirse blanquear divisas entregando a Novak 1200 libras para llevar a cabo el trabajo, comprar los materiales, la comida y dar a cada uno de los obreros una prima de 20 libras si terminan el trabajo a tiempo.
 
 
 


La clandestinidad de la cuadrilla es más aparente que real, tienen un permiso de visita de 30 días, lo que no les impide llegar al país vía aérea con sus martillos y herramientas como equipaje. El guiño humorístico de la salida de Varsovia y la llegada a Londres es evidente, un toque de humor que se repite con la compra del televisor o el uso del contenedor de residuos, pero ese toque ácido va agriándose conforme pasa la película. Novak va ingeniando métodos de estafa para estirar el dinero, al tiempo que sabe que está traicionando a sus hombres ocultando información. Amargado interiormente porque piensa que su esposa puede estar engañándole con su jefe (el paralelismo con la vecina de enfrente y las visitas dominicales del amante), ser el único que sabe inglés le da cierta ventaja frente a sus compañeros, una ventaja que le permite conocer desde el principio que, justo nada más llegar a Londres, el régimen de Jaruzelski ha impuesto la ley marcial y el estado de sitio, que en Polonia se suceden los disturbios y que, en ese momento, las comunicaciones y viajes a, y desde,  Polonia, han quedado suspendidos, la vuelta al hogar es una incógnita y si revela la situación a los compañeros que van, progresivamente, haciéndole el vacío, el trabajo no se terminaría.
 
 
 


La película fluye así como un largo monólogo interior en el que Novak lucha con las circunstancias para dirigir una cuadrilla sin capacidad de mando suficiente y, al tiempo, lucha contra sus propias debilidades psíquicas. El silencio de Novak no es, entonces, muy diferente al de Mohammed, el protagonista de “Essential killing”, una apuesta sorprendente de Skolimovski al dotar de carne, rostro y sufrimiento a un “presunto terrorista islámico” objeto de todo el catálogo de ilegalidades que se pueden cometer con una persona desde quien dice defender la democracia y sus valores. La película se transforma en una caza al hombre desde las desérticas montañas de un supuesto Afganistán hasta las nevadas y extensas praderas y bosques de cualquier país centroeuropeo, por ejemplo, la misma Polonia. En un mundo donde la palabra sirve de poco ante tanto prejuicio, tanta verdad incontestable, es paradójico que las dos únicas personas que no pueden hablar terminen entendiéndose, al final de su escapada, Mohammed (Vincent Gallo) se refugiará en una casa donde una mujer atiende más a razones de humanidad que de seguridad (Emmanuelle Seigneur), Mohammed desconoce la lengua, está fuera de su país en un entorno y clima hostil, está herido y dolorido, mientras, la mujer es sordomuda, no sirven los idiomas para comunicarse, pero hay situaciones que escapan a todo entendimiento y para las que las palabras, igualmente, sobran.
 
 
 


Mohammed ha sido perseguido en su país, detenido brutalmente por el ejército americano, trasladado a una prisión donde ha sido torturado bajo presencia médica, enviado en avión, encapuchado y esposado, a un país desconocido sin sentencia ni control judicial alguno, y el azar le ha liberado, en medio de la nada, en un territorio nevado, sin prendas de abrigo, encadenado. Un accidente le ha liberado pero no le ha convertido en hombre libre. Cuando Mohammed es consciente de que en esas condiciones, ni puede escapar ni puede sobrevivir, opta por entregarse a una patrulla de contratistas armados, esos nuevos ejércitos del estado de bienestar que matan y secuestran por encargo para evitar manchar manos y conciencias de militares de carrera, al tiempo que se enriquecen, por el camino, muchos burócratas y empresarios de puerta giratoria. Pero en ese momento la oportunidad de escapar se presenta a Mohammed en forma de smartphone, el mercenario desatento a su trabajo habla con su casa, está despistado, con el arma a la vista, y el animal acorralado que es Mohammed decide escapar, y para escapar tendrá que matar.
 
 
 


En “Essential killing” nunca sabremos si de verdad Mohammed es un terrorista, un simple combatiente enemigo, o un musulmán seguidor de las teorías más integristas, lo que si demostrará la huida de Mohammed es que para escapar necesita matar, es la paradoja, nadie se cuestiona si el detenido lo es ilegalmente, si la tortura es admisible o no, si secuestrar a una persona y trasladarla a otro país para seguir con los interrogatorios y la brutalidad de Estado es aceptable, la única reacción será la de abatir al fugado porque ha demostrado que, realmente, es capaz de matar a sangre fría, pero ¿realmente lo hubiera hecho si no hubiera sido atacado y acosado? Como el capataz y la cuadrilla de Novak, que asume, por una cantidad de dinero imposible de imaginar por ese trabajo en Polonia, pero por una miseria en Londres, un trabajo sin ningún tipo de seguridad, sin contrato, sin cobertura sanitaria, un trabajo sin alojamiento y sin dietas, comiendo comida de lata durante un mes, sin camas, sin sanitarios. Auténticos trabajos forzados en territorio desconocido. La esclavitud de los 80 en un nuevo modelo de relaciones laborales que va desmoronando los derechos conseguidos, un ejemplo de concesión continua y pérdida sin remedio, que termina afectando a la base misma del sistema democrático en forma de ausencia de derechos fundamentales, tratar al diferente como un enemigo en tiempo de guerra, un programa experimental para ir reduciendo los espacios de libertad a los propios ciudadanos. Las dos películas de Skolimovski sirven de reflexión acerca de la capacidad innata del ser humano para destruir lo conseguido, para actuar como verdaderos animales predominando la fuerza sobre la razón, treinta años separan ambas películas, pero los dos mundos retratados son igualmente desesperanzadores, todo es susceptible de empeorar con el tiempo. Treinta años donde nos hemos destrozado a conciencia, y seguimos.