jueves, 13 de agosto de 2015

SURCOS (José Antonio Nieves Conde, 1951)


SURCOS (José Antonio Nieves Conde, 1951)
 


A principios de los años 50 el mundo anda recuperándose del mayor cataclismo conocido hasta entonces, culminado por un crimen tan horrendo como lanzar dos bombas atómicas sobre sendas ciudades japonesas. La división en dos bloques es evidente y la guerra fría empieza a congelar el ambiente, en el “mundo libre” hay que conseguir evadir a los ciudadanos para que olviden las dificultades, las estrecheces, pero España no forma parte de ese mundo libre ni del otro. Ha conseguido el status de gobierno intocable sin dar un paso hacia la libertad, es más, perseverando en un régimen sanguinario que se prolonga desde 1939 eliminando toda oposición política mediante la prisión o la ejecución. Por eso el cine español de esa época oscilará entre el homenaje manifiesto a la dictadura, el ensalzamiento de valores arraigados en lo más tradicional de un país notablemente atrasado en lo intelectual y en lo industrial o la comedia costumbrista y folclórica. Pero a veces, queriendo hacer propaganda, queriendo criticar los valores amorales de un espectro de la sociedad, el arte se transforma en lo contrario, en reflejo fiel de lo más inmundo de un régimen podrido desde la cabeza hasta los pies.
 
 
 


Si en Italia surgió el neorrealismo para denunciar, con libertad, o algo parecido, una situación provocada por la guerra y los años de dictadura fascista, o el cine estadounidense se permitía competir con películas de Wilder, de Lang, de Ford, de Houston, de Mankiewicz……el cine español se movía en el subdesarrollo propio de un país que se vendía como autárquico y autosuficiente mientras sus ciudadanos sobrevivían a duras penas si no se “metían en política”, (conocida es la anécdota del dictador aconsejando a un interlocutor “haga como yo, no se meta en política”), un país del que, pese a todo, podían surgir genios de cualquier arte, como Berlanga o como Buñuel en el cine, u otros artistas notables, como Bardem o como el propio Nieves Conde, cada uno de un sustrato sociológico y político diferente, y de este cuarteto significativo, es Nieves Conde el menos sospechoso de afinidad ideológica con el régimen. Falangista de los convencidos, afiliado de primera hornada, voluntario en la guerra civil, alférez provisional a mayor gloria de dios, hedillista y contrario al decreto de unificación de Falange, golpe de mano franquista para controlar una organización que podía querer caminar por libre y criticar lo que no gustaba y que iba contra el ideario del “ausente”, un director de los “nuestros” para aleccionar al pueblo y enseñarle lo correcto de lo inaceptable.
 
 
 


Por eso el arte es tan grande que, intentando hacer una obra pedagógica sobre los efectos del mal, sobre los peligros acechantes de la gran ciudad y que hay que erradicar, se transforma, sin la voluntad de sus creadores, en una crítica feroz a una sociedad y a un modo de vida con el que España regresó a los tiempos de “vivan las caenas” sin haber conseguido liberarse de los yugos tradicionales. Aristocracia, oligarquía, ejército e iglesia controlaban la moral ciudadana e imponían el pensamiento único antes de que se hablara de él. Nieves Conde, con la ayuda de otro camarada nada sospechoso, Gonzalo Torrente Ballester, contraponen el “bondadoso” mundo rural y el urbano para mostrar a la incipiente emigración interior que, antes de abandonar la seguridad del hogar, del campo, que antes de desarraigarse de sus orígenes, se preparen, se mentalicen, se hagan fuertes en sus principios para no ser arrasados por la marea de “modernidad” perniciosa que les espera en el barrio de Lavapiés en Madrid o en cualquier otra gran urbe dispuesta a hacerles renunciar a los sagrados principios de “por el imperio hacia dios”.
 
 
 


El argumento es tan conocido y repetido que, en sí mismo, no es ni original, y sin embargo pocas películas españolas de la época, o posteriores, incluso contemporáneas, han sido capaces de mostrar con tanta crudeza la ausencia de valores, el culto al dinero, la necesidad imperiosa de lo más básico, la ausencia de libertad, lo cainita de este país, el abuso de autoridad, la doble moral, la justicia de dos velocidades, el amiguismo, el enchufe, la corrupción………,es decir, 60 años después poco, o casi nada, ha cambiado en la base más sólida del sistema, puede haber cambiado la concepción social de muchos temas, se puede haber conseguido mayor tolerancia hacia los comportamientos individuales, puede haber más respeto institucional al distinto o al diferente, pero en el fondo, en las capas freáticas de este país, continúa el tráfico de influencias, continúa la impunidad del poderoso, continua el trato al ciudadano como súbdito, continúa la influencia religiosa en la vida pública, la interferencia y el dirigismo para coartar la libertad ciudadana, pero también continúa la corrupción del individuo, el trapicheo, la defraudación, el rencor y la envidia, el machismo, la violencia contra la mujer, el mirar hacia otro lado…..que no es responsabilidad del dirigente, sino de la sociedad que le aúpa a un pedestal desde el que es incapaz de analizar con cercanía las necesidades sociales frente a las corporativas, porque al final también las clases dirigentes son reflejo de sus gobernados y su espíritu moral.
 
 
 


La historia de la familia que abandona el pueblo y los campos de cultivo de Castilla pensando que en la gran capital el dinero sale de debajo de las piedras y sobra el trabajo, la historia de los Pérez, busca la “educación” del espectador, que los errores se pagan, que sólo vale el sacrificio del trabajo para salir adelante, trabajar mucho y ser honrado. Como en las novelas de Zunzunegui, quien la hace la paga, nadie se salvará, las humillaciones a la hombría del “cabeza de familia” por tener que fregar los platos se saldarán con un par de bofetones a la mujer y el descrédito personal por todo lo que habrá de callar en su regreso al pueblo, la madre que quiere convertir a su niña en artista pagará su ambición desmedida con la “deshonra” de aquélla, la joven, ingenua pero envidiando las ropas y perfumes de la mantenida del “Chamberlán”, terminará su carrera artística en la cama del conseguidor, pasando de artista a amante temporal con pleno conocimiento de causa y sin poder culpar a nadie de engaño, el hijo mayor, el que atrae al resto de la familia con el canto de sirena del dinero fácil, pagará las consecuencias de la traición y de su progresiva entrada en el mundo del hampa, la amante de éste dejará al anterior chulo por el ascenso del recién llegado, por la determinación de éste, pero terminará cambiando según crezca el árbol que mayor sombra procure, sin importar ser chuleada, maltratada, utilizada………….sólo el alma cándida y el espíritu noble del hijo menor saldrá sin heridas personales de la experiencia, el único que no realiza ningún acto reprochable será el que obtenga la recompensa final de un trabajo y una novia conforme al uso social de la época. La moraleja intentada es clara, pero el efecto en el espectador es muy diferente.
 
 
 
 


Para el público de los 50 las penalidades de la familia Pérez podían interpretarse como un ejemplo de las consecuencias de lo mal hecho, pero desde hace tiempo esta película circula y es reconocida como una obra cumbre del cine español por el retrato social que contiene, por la amplia muestra de inmoralidad en todas las capas del tejido social, la corrala como ecosistema que de lo particular se transforma en reflejo de todo un país, donde una palabra de una persona con influencias retira a una pareja de policías, donde la miseria se muestra en las necesidades pero también en el comportamiento de las personas, cómo las clases bajas son incapaces de ser solidarias y se comportan con saña con aquellos que consideran aún más necesitados y van en busca de lo poco que hay para repartir entre tantos. Cómo ese patio de viviendas, esa corrala madrileña es un hábitat insano, maledicente, hostil hacia el nuevo integrante sin posibilidades para defenderse, un mundo en el que la ingenuidad se paga con creces y creerse muy listo también porque los listos llevan aupados en el poder desde hace generaciones haciendo siempre lo mismo, utilizar las debilidades humanas. Un mundo tradicional transplantado a un barrio sin escrúpulos, en el fondo, un grupo de personas sometidas a un régimen tiránico. La paradoja de reflejar a la perfección los males de todo un conjunto y no sólo los que se pretendían criticar y evitar a las nuevas hornadas de mano de obra barata y sacrificada. Una maravilla de película llamada a perdurar y a comparar, poco cambia en el género humano, sabemos qué está mal y qué no hay que tolerar, pero en cuanto somos capaces de aprovecharnos de la situación la aceptamos sin remordimientos con la excusa moral de que si no lo hacemos, otro vendrá por detrás y se aprovechará de nuestra aparente rectitud.