lunes, 10 de agosto de 2015

OSTENDE (Laura Citarella, 2011)


 
OSTENDE (Laura Citerella, 2011)
 


Con la producción de Mariano Llinás (un desaparecido de las carteleras españolas, donde el cine argentino se prodiga, como el francés, pero no para traernos el premiado en múltiples festivales, sino productos comerciales de mayor o menor calidad pero con una impronta televisiva evidente y dirigidos a eso que se llama “el gran público”) esta película argentina es toda una sorpresa, y de las agradables. A partir de una historia tan mínima como de escaso juego argumental como es la llegada de una joven, Laura, a un hotel de la ciudad costera argentina de Ostende, en la provincia de Buenos Aires, para disfrutar de cuatro días de vacaciones ganadas en un premio radiofónico, la directora introduce la intriga en un relato hermético y en el que la mente del espectador deberá dejarse llevar por la imaginación y la sospecha de la propia protagonista.


A caballo entre “La chica de Ipanema” y “Suspicious mind”, los cuatro días de Laura se encuentran a medio camino entre relajarse y descansar evocando la canción brasileña como si todo girara despacio, o hacer caso a su instinto sin pruebas y sospechar de todo lo que le rodea, pues el ambiente que envuelve a ese hotel y los ocupantes de las habitaciones vecinas, hasta el camarero con ínfulas de guionista de cine, parecen esconder una trama nunca revelada en la que Laura teme verse envuelta como “voyeuse” o como víctima. La opresión del relato, las conversaciones apenas audibles tras las paredes de las habitaciones, los jadeos y gemidos sexuales siempre femeninos, envuelven a la protagonista y la mantienen en vela a la búsqueda de la prueba que confirme su enfermiza sospecha.


Llegado el novio para pasar con ella los dos últimos días, Laura, al reproducir sus pensamientos, cae en la cuenta de lo ridículo o aventurado de sus teorías, o quizás no tanto. El cotilla y el espía que llevamos dentro puede que dejara a medias su trabajo, si en vez de desconectar del mundo y dejarse llevar por el descanso, la mente de Laura hubiera seguido imaginando las relaciones entre esas dos jóvenes y el hombre maduro que parecen compartir habitación y cama, puede que hubiera presenciado lo que con  maestría evidente encierra el final de la película desde la lejanía de un plano de una playa con tres personas al caer el sol y desapareciendo la luz natural. La soledad de una playa con un mar embravecido y una conversación que no oiremos, como no hemos oído previamente a lo largo de la película, las discusiones del hombre y las mujeres, ni sabremos lo que estos hacen ni dejan de hacer en ese hotel que vivió épocas mejores, unas conversaciones silenciosas para nosotros con un final cortante y sin palabras.
 

La película juega con el cine hasta retorcer la cuarta pared para hacerla trizas, cuando el camarero nos cuenta la idea que ha tenido para un guión, asistimos a cinco minutos de cine de alta escuela sin presenciar ninguna escena, solamente plano y contraplano de los dos actores, uno contando y otro escuchando, uno entregado a la genialidad del germen de una película de misterio y otra intrigada por el devenir de la historia y el clímax interrumpido por el fin de lo imaginado sin final, un poco como la película, basada en la idea delirante de la protagonista creyéndose en medio de una trama criminal que no sabe si va a terminar salpicándola, y que abandonará cuando transcurran los cuatro días de relax, dejándonos a nosotros cámara en mano siguiendo al trío de sospechosos para dar un fin al relato, un final en el que nos faltara la historia del porqué. “Ostende” es un relato demediado, un relato de bocetos e imaginaciones que representa nuestras ensoñaciones diarias, normalmente abortadas abruptamente por otras obligaciones. Laura marchará tranquila tras dar emoción a esos días imaginando una historia que olvidará en cuanto monte en el taxi que la recoge en el hotel, pero las historias no acaban cuando uno deja de pensar en ellas, otra cosa es que no nos enteremos de lo que termina sucediendo.