miércoles, 26 de agosto de 2015

MIA MADRE (Nanni Moretti, 2015)


 
MIA MADRE (Nanni Moretti, 2015)
 

 

¿Cómo enfrentarse a la desaparición de los progenitores? ¿Qué hay que hacer, dónde se puede comprar el manual que de las soluciones? ¿Lo que hagas será lo suficiente, será lo correcto, te sentirás bien? Moretti incide en el círculo que parecía cerrado con la sobresaliente “La habitación del hijo” y retoma el tema del vacío afectivo más duro, el imposible de reponer, el inevitablemente definitivo y que no se puede suplantar. La pérdida amorosa puede ser reparada, pero la pérdida de quien nos cuidó de pequeños, nos educó, nos quiso desinteresadamente, no tiene remedio, ni para quien nos deja ni para quien se queda.
 
 


El propio Moretti sufrió la pérdida de su madre durante el rodaje de “Habemus Papam”, si ha querido exorcizar demonios personales o no, resulta irrelevante, la propuesta es tan común y, al tiempo, tan intransferible, que todo el mundo sufrirá la visión de esta película tan cercana, tan emocionalmente dolorosa y, al tiempo, necesaria porque se trata de la vida y sus consecuencias. En las sociedades modernas se han complicado las respuestas emocionales, se han dificultado enormemente las relaciones personales con el núcleo más cercano que te sirve de apoyo, llegada una necesidad o una desgracia familiar, conciliar trabajo con cuidado de familiares próximos ha generado la aparición de industrias de la vejez hace décadas impensables, la delegación de responsabilidades o la imposibilidad de asumirlas, o la negativa egoísta a sacrificar tu vida personal por alguien.
 


Moretti juega a la mezcla, a unir diversas historias sin desarrollarlas plenamente para que el espectador vaya depurando, colocando las piezas en su rincón correcto, identificando lo real de lo imaginario, lo vivido de lo soñado, lo deseado de lo realizado. Para ello se vale de la soberbia artimaña de mezclar la vida diaria con el rodaje de una película. Como su admirado Woody Allen, Moretti en esta ocasión decide, nuevamente, apartarse de la pantalla y colocarse en un segundo plano, el protagonismo recae sobre Margherita (nuevamente espléndida Margherita Buy) mientras Moretti asume el papel del hermano entregado al cuidado de la madre en el papel de Giovanni, entrando y saliendo de escena proponiendo racionalidad, realismo, cercanía en su papel, una madre soberanamente interpretada por Giulia Lazzarinni. Para Margherita la vida se ha transformado en una sucesión de inabarcables acontecimientos que la superan, al rodaje de la película ha de sumar el deterioro progresivo de la salud de su madre, las dificultades de criar a una adolescente tras un divorcio, al que se suma la ruptura sentimental con la pareja presente, al tiempo un actor ególatra que también la desnuda emocionalmente. Y además es perseguida por el ahogo permanente de no estar haciendo lo correcto, de sentir envidia por su hermano, capaz de abandonar su trabajo para cuidar a una madre cuyo pronóstico es definitivo.
 
 


La opresión para el espectador sería insoportable si la película se centrara exclusivamente en ese progresivo acercamiento al momento definitivo, de ahí que al introducir el rodaje de la película se consiga el efecto importante de romper la tensión incorporando el mundo de la ficción. En ese sentido, la realización de la película impone un impasse necesario en la progresión del dolor y al tiempo muestra lo irrelevante que es el trabajo en nuestras vidas, sobre todo si abandonamos lo importante por culpa del mismo. El choque entre realidad y ficción se vuelve brutal, y cuando asistimos a la primera escena de la película advertimos que algo empieza mal, que algo no funciona, que está mal hecho, hasta que deducimos y comprobamos que esa manifestación y ese enfrentamiento con la policía no es real, sino un rodaje, un rodaje que se corta porque a la directora no le gusta lo que ve. Moretti nos intenta engañar pero lo hace con la maestría necesaria como para que nos demos cuenta de que, por mucho que el cine intente mostrar críticas políticas o sentimientos, nada hará que lo iguale a la vida real.
 

Un plano resume a la perfección la situación de Margherita, en su papel de directora de la película, una directora comprometida contra la desigualdad y la defensa de los valores de la izquierda, deambula por el patio de una fábrica que sirve de escenario para el rodaje. Margherita camina sin rumbo para un lado y para otro, hacia arriba y hacia abajo, seguida, con la misma indecisión y con el mismo recorrido por su equipo, pendientes de la decisión sobre la escena siguiente. Margherita es un personaje sin rumbo, un personaje que, ante los problemas o las dificultades no explota sino que implosiona, acumula la tensión y la frustración en su fuero interno, es incapaz de ver más allá de si misma y exige de los demás aquello que ella es incapaz de ofrecer, una indecisión y paralización que transmite a los demás que esperan sus órdenes o sus ideas. Los sueños de Margherita son crueles, crueles porque son los momentos en los que la mente no se puede controlar y las verdades salen a la luz, durante esos sueños podrá ir desfilando por una larga cola que espera para entrar a ver “Cielo sobre Berlín”, encontrándose con su hermano, con su madre, con antiguos amantes, pasando de largo de todos ellos, podrá soñar con una madre en camisón perdida en la gran ciudad, podrá soñar con la muerte de su propia madre aún no producida, sueños que provocan un despertar decepcionado y doloroso.
 


En ese extrañamiento el personaje de John Turturro aporta un elemento rupturista a la acción, en el estereotipo de actor maleducado, malcriado, poco profesional, subyace gran parte de la comicidad del film, ese humor que falta en la vida de Margherita ha de proceder de fuera, incluso de ese hermano entregado a la madre, pero Barry Huggins, el personaje paródico interpretado por Turturro, un personaje que se ríe de si mismo en un baile que recuerda la provocación del mismo actor en la bolera de “El gran Lebowski”, rompe con la monotonía del duelo por venir, provoca en la directora la necesaria reacción hacia fuera en un duelo de insultos y reproches en pleno set de rodaje donde Margherita, pese a tener razón al criticar el trabajo del actor, ha de soportar una realidad que supura de las tomas que presenciamos, que “la historia es una mierda, los diálogos son una mierda y la toda la película es una mierda” como dice Huggins. Calificativos que Margherita puede trasladar a su propia vida, Huggins enfrenta a Margherita, desde la bufonada, con la sensación de perder el tiempo mientras lo importante está en otra parte.


El personaje de Turturro sirve, además, de conexión con el de la madre, ambos tienen problemas de memoria, los de Turturro incipientes, de tipo hereditario, justifican o explican esa aparente dejadez en las escenas, sus problemas con los diálogos, nos anuncian una dura realidad futura, una persona condenada que se enfrenta a la que puede ser “su última película”, que necesita de fotografías para no olvidar quien es quien en el rodaje, y mientras, la mamma no siente esos problemas de memoria porque no se da cuenta como Barry, pero sus efectos se producen en los demás cuando comprueban cómo imagina cosas que no han  pasado, visitas que no se han producido, lagunas que antes no existían. Moretti nos habla de la pérdida, y ésta no suele ser radical y sorpresiva, sino que se produce de manera gradual, progresiva, mucho más dolorosa porque hay un momento en que advertimos que el tiempo nos va borrando y no podemos hacer nada contra ello.
 
 


Moretti cierra la película con el inexcusable vacío que queda tras nosotros, ese vacío ya anunciado cuando Margherita tiene que irse a la casa de la madre por una inundación, anuncio del naufragio al que se aproxima su vida, una casa vacía de personas y llena de recuerdos mientras la madre permanece hospitalizada, un vacío que en ese momento no es definitivo pero que, aunque Margherita se niega a aceptar, parece inevitable antes o después, un espacio que anuncia que esa madre no va a poder ocupar su lugar nuevamente y en el que flota una presencia imposible de borrar, un vacío que vuelve en la escena final de la película mostrándonos, ahora sí, un despacho y una biblioteca inmensa que nadie ocupará. ¿Dónde irán nuestros recuerdos cuando ya no estemos? ¿y el trabajo, nuestras aficiones, nuestras fotografías? A ningún sitio, una vida no perdura más allá de nosotros aunque quizás, pensar en ello, produce un vértigo difícil de asumir. Somos mientras estamos, después sólo quedan recuerdos, recuerdos que se perderán como lágrimas en la lluvia. Película contenida y emotiva, una nueva vuelta de tuerca notable de Moretti al mundo de la familia y los sentimientos tras la pérdida.