jueves, 27 de agosto de 2015

LA RODILLA DE CLARA (Le genou de Claire, Eric Rohmer, 1970)


 
LA RODILLA DE CLARA (Le genou de Claire, Eric Rohmer, 1970)

El azar del hipócrita
 


Las imágenes icónicas en la historia del cine se suceden y agolpan en el recuerdo del cinéfilo, son imágenes repetidas hasta la saciedad en cualquier ocasión necesitada de referente visual, van impactando en la mente del espectador e idealizándose, como esos diálogos aprendidos a fuerza de revisitar a los clásicos. La primera vez que ví la rodilla de Claire, y hablo de la rodilla, y no de la película, imagino que sentí algo parecido a la impresión que sufre el cuarentón de Jerome mirando a la joven subida a una escalera mientras recoge cerezas del árbol. Ese fotograma recorre cientos de publicaciones y es uno de los clichés preferidos para hablar del cine de Rohmer, cómo un solo fotograma desnuda a un personaje, le muestra como un depredador que ha encontrado nuevo objetivo, una persona muy distanciada de la imagen que sus propias palabras intentan hacernos creer a lo largo de la película. Ese momento, ideado por Rohmer y fotografiado por uno de los grandes artistas españoles, Néstor Almendros, es imborrable, esa pierna perfecta, esa pierna flexionada mostrando parte del muslo con la rodilla y la pantorrilla al aire, mientras Jerome mira desde abajo, son un icono del séptimo arte.
 


Para Rohmer la vida es fruto del azar, si Jerôme no hubiera navegado por el lago esa mañana y hubiera pasado por debajo del puente de los amores de esa pequeña localidad alpina de Talloires un 29 de junio es probable que no hubiera conocido a las hermanas Laura y Claire, si no se hubiera dejado enredar en el juego perverso que le propone su amiga Aurora, amante en el pasado, para continuar con su novela, le podría faltar la excusa para hacerse el seductor desinteresado de las hermanas. En el fondo Jerôme representa al hipócrita contemporáneo, al que actúa de una manera determinada a sabiendas de que no debería para ser congruente con sus palabras, pero siempre buscando coartadas a su comportamiento. “Nunca me ataría a una mujer si las demás no me fueran indiferentes” justifica Jerôme para decir que se ha apartado de la circulación, que ya no busca mujeres para unos días, que su próxima boda con Lucie es un punto y final a una etapa.
 


Aurora entonces le pide que juegue al “que pasaría si…..”, intentando seducir, primero a la más joven de las hermanas y después a Claire, hasta un punto meramente representativo, hasta conseguir un gesto, un beso de la más joven, tocar la rodilla de la mayor con su consentimiento, sin forzar, como consecuencia natural del afecto o de las circunstancias. En ese juego Jerôme seduce y es seducido, demuestra que no es cierta esa distancia que ha marcado respecto del resto de mujeres, que su forma de mirar y de actuar no es la de mero agente transmisor de una idea de la novelista, sino que forma parte de su propia naturaleza. Es así por lo que hará lo posible, y lo imposible, para que ambas jóvenes puedan rechazar a sus parejas, sentirá celos de los jóvenes que las acompañan, actuará con suficiencia intelectual para imponerse en el reto, aprovechará la debilidad buscada de propósito para conseguir el propósito, en definitiva, se nos revelará como un personaje lleno de contradicciones y dobles intenciones, tan moralmente reprobable como el Jean Louis de “Ma nuit chez Maud”.
 
 


Rohmer no habla de amor, sino de enamoramiento, ese estado previo en el que la atracción suple otras carencias, para Jerôme es muy fácil actuar porque lo hace desde la ausencia de compromiso, es un diletante de verano, un modo de despedirse a lo grande de la soltería estableciendo una relación mitad paternal mitad sexual con las jóvenes, quienes no terminan de entrar en el juego plenamente. Quizás pueden advertir en Jerôme el atractivo de los años o de la experiencia, pero no mucho más, incluso no deja de ser otra persona caprichosa con gustos diferentes producto de la edad. Para ellas también puede ser la experiencia de ese mes de verano. Cuando Jerôme habla de su prometida lo hace con distancia, inapropiadamente fría, sospechosamente lejana, “ni física ni intelectualmente está hecha para mí”, frase tajante y cortante que demuestra una cierta amoralidad en el protagonista, (no olvidemos que la película forma parte de los “Cuentos morales” del cineasta) también para justificar su decisión de matrimonio y olvidar los amoríos dice que “la belleza cansa, empalaga, hay que alejarse de lo bello de vez en cuando”, es decir, está anunciando que, realmente, ha tomado distancia temporal de su forma de actuar precedente, pero tampoco podemos afirmar que sea definitiva y sin vuelta atrás, quizás solamente sea un paso atrás para tomar impulso y lanzarse sobre la nueva presa.
 
 
 


Aurora asiste a todo este juego y fuego de artificio complacida e irónicamente sonriente, presencia los rodeos de su amigo para acercarse a las jóvenes, sus artimañas de hombre maduro, probablemente reconoce en Jerôme los mismos trucos que usó con ella cuando eran pareja antaño. Nada le sorprende, en el fondo sabe que utilizando a las dos menores como cebo evita el empalagoso acercamiento de Jerôme, su obsesión por tocar y abrazar a quien fue parte del pasado pero que ahora sólo es recuerdo de una etapa, alguien que ya ha pasado al cajón de la memoria. Sin embargo, en ese escudo moral y personal que Jerôme se va inventando sobre la marcha mezcla la autojustificación con la complacencia, cuando se le echa en cara sus palabras anteriores o se le dice qué pensaría su novia si viera su comportamiento veraniego no duda en afirmar que “si tuviera que evitar a las mujeres, casarme con Lucie sería una obligación y no un placer”, todo nos suena a falso, a premeditado en boca de Jerôme, sus palabras no se corresponden con sus actos.
 
 


Jerôme habrá poseido a ambas sin que ninguna lo sepa ni lo intuya, sin que sean partícipes de su juego perverso, en el egoísmo y amoralidad de Jerôme lo importante es su satisfacción, la consagración de un gesto que otorgue el éxito a su tentativa, aunque sea clandestina, aunque no provoque simpatía ni sea compartible. El acto de mayor intimidad pública que ha visto a ambas jóvenes él lo consigue y con eso supera el reto. Dice Rohmer en una entrevista para la revista Dirigido “En lo que a mí atañe, es cierto que busco la unidad y la variedad. Dada la unidad de los distintos conjuntos, necesito una diversidad de motivos. Si parto de un tema común, por ejemplo, quiero que los paisajes sean diferentes. Esto es sumamente importante para mí. Ingmar Bergman muestra paisajes bastante parecidos en la mayoría de sus obras, pero, al mismo tiempo, tiene más variedad en sus historias. Yo cuento historias que se parecen más entre ellas, pero que suceden en ámbitos distintos. En esto me acerco a la influencia de Balzac, que contaba historias similares, pero situadas en entornos completamente distintos: burgueses, campesinos, nobles, parisinos, gente de la provincia”, y en sus cuentos, en sus comedias y proverbios, sus historias giran alrededor de sucesos muy comunes y muy constantes, y aunque París suele ser un referente reutilizado o punto de conexión, cambian los ambientes, las edades y hasta los lugares, de “las noches de la luna llena” a “El amigo de mi amiga”, de esta rodilla a “Pauline á la plage” o “Le rayon vert”, cambian escenarios y se mantienen las incógnitas y nuestros comportamientos errantes y azarosos.
 
 
 


La rodilla de Clara puede ser un reflejo en imágenes del amor platónico, algo que puede pensarse de Laura respecto de Jerôme y de éste hacia Clara, lo que ocurre es que en el camino no podemos juzgar de la misma manera a quien empieza a vivir de quien ya está de vuelta de todo y domina el juego escénico. La atracción de Jerôme por Clara es puramente física, apenas hay algo platónico en su tentativa de acercamiento aunque se contente con tocar esa rodilla, lo platónico existe solamente en cuanto que Jerôme es consciente de que si intenta un  acercamiento plenamente sexual el resultado será un fracaso y un rechazo. Tocando esa rodilla justifica su intento y se perdona a si mismo su comportamiento, pero si hubiera habido la más mínima correspondencia de la joven lo platónico hubiera quedado atrás. Frente a la indudable madurez intelectual y mental de la más joven, que atrae a Jerôme, de Clara sólo le atrae el físico, lo bello, eso que tanto “le hastía” y justifica su boda con Lucía. Jerôme pierde autenticidad y credibilidad mientras transcurre su periplo veraniego, Jerôme se enfrenta al paso del tiempo y no lo acepta, en los novios de las chicas ve su propio pasado, su ya asfixiado sentido de la seducción, no por falta de ganas sino porque él mismo ya no consigue atraer la mirada de una joven tan bella como Clara, en definitiva la rodilla de Clara es el reflejo de lo inalcanzable, del fín de una etapa que se cierra con un matrimonio como, otra vez más, justificación de la derrota personal del propio Jerôme.