martes, 4 de agosto de 2015

KINGSMAN (Matthew Vaughn, 2015)


 
KINGSMAN (Matthew Vaughn, 2015)
 


Gozosamente irreverente, altamente divertida, inteligentemente planificada, “Kingsman” tiene el enorme valor de no tomarse en serio y presentar una historia de espionaje como un juego en el que, sinceramente, la vida de los protagonistas que van desapareciendo no se siente como una pérdida, sino como un avatar de la apuesta. No se si estamos ante el “Don Quijote” del espionaje, hacer de algo serio una sucesión de situaciones con diversión hasta el punto de que lo excesivo se torna en creíble por el puro juego de entretener, pero desde luego, y a salvo de magnas películas como la última entrega de James Bond, estos Kingsman superan al original, si entendemos como original el referente marcado por la serie Bond.
 
 
 


Puede que no hubiera valor suficiente del equipo de guionistas para volar la cabeza de la reina de Inglaterra o de su primer ministro, y para ello se recurriera al primer ministro sueco o a un Obama duplicado, o que en vez de mercadear con el cuerpo de alguna princesa británica (si es que las hay) se escogiera como trofeo a una princesa sueca dispuesta a entregarse al héroe a cambio de su libertad, pero resulta altamente gratificante, y hasta soñado, reunir en una sala a todos los magnates, potentados, dirigentes, traficantes, hijos de puta (perdonen la redundancia) dispuestos a asistir a la aniquilación de la humanidad para salvar al planeta, obviamente sobreviviendo todas estas ratas almizcleras, y que el plan salga al revés, hay justicias poéticas que, lamentablemente, sólo pueden ocurrir en la imaginación de los artistas.
 
 
 
 


Hasta esa apoteosis final habremos asistido al proceso de formación como superespía de un joven destinado a ingresar en algún centro penitenciario del Reino Unido, en el digno sucesor de ese padre que sacrifica su vida al inicio de la película para salvar la de un soberbio, convincente y atractivo personaje creado por Colin Firth, porque si algo engrandece el conjunto es su equilibrado y soberbio reparto, la presencia de Colin Firth como mentor con su Harry Hart, llamado Galahad en la organización de sastres que conforma la red de espionaje independiente más eficaz del planeta, de Mark Strong como instructor y demiurgo en la sombra, el Merlín de la película, Jack Davenport como Lancelot, un irreconocible Mark Hamill, las breves apariciones de Michael Caine como jefe de la organización, inevitable su nombre en clave de Arthur, un malvado de opereta teñido de Mesías de las clases altas y élites intelectuales encarnado por Samuel L.Jackson, su escolta asesina de nombre Gazelle, a quien la faltan la parte inferior de sus dos piernas, sustituidas por dos mortales cuchillas. Un reparto en el que no desentona Taron Eggerton como el candidato a espía, ni los jóvenes contrincantes con los que se juega una plaza en el selecto club de sastres (ya se sabe, calderero, sastre………)
 
 
 
 


Una película que reúne canciones de The Doors, de Dire Straits, Rob Zombie, David Bowie………..engancha desde el principio y consigue lo que pocas, entretener de principio a fin, un producto destinado a la taquilla pero que ha cuidado entretener sin caer en la zafiedad ni en la copia, un producto original a base de retorcer la materia prima, que divierte sin necesidad de chistes, de escatológicas alternativas o de romances imposibles a las primeras de cambio, un club de espías galante, seductor y célibe, unos espías que actúan al margen de las reglas y al margen de los gobiernos sobre la soberana máxima de que “los modales hacen al hombre”. Pasen y vean un espectáculo al que el homenaje final a Star Wars se hace demasiado largo, pasen y disfruten de un elenco de personajes atractivo incluso en su maldad, en definitiva, déjense envolver por una de las mejores comedias de la temporada.