viernes, 21 de agosto de 2015

HANNIBAL 2ª TEMPORADA (Brian Fuller, David Slader, 2014)


 
HANNIBAL TEMPORADA 2
 
 
 
 


En una noche lluviosa un cuerpo ensangrentado abandona su castillo, su personal palacio del renacimiento. Como el recién nacido que sale a la luz lleno de mucosas y sangre, Hannibal sale a la calle renacido, manteniendo intacto su poder pero ya no es el mismo de 12 semanas antes, ya no es el mismo que cuando tejió una trampa que condujo a Will Graham a un sanatorio penitenciario psiquiátrico como presunto asesino sin piedad, en su apuesta puede haber ganado pero también ha perdido, en los intensos últimos quince minutos de la temporada le dirá a Will que ya no es el mismo después de conocerle, pero Will responderá que Hannibal tampoco lo es, lo que ocurre es que la mente de Hannibal es capaz de adaptarse a los reveses, a los contratiempos, transformando en ventaja lo que parece una decepción para cualquiera. El castillo interior es tan poderoso que su mente es capaz de aislarse del espacio, cualquier lugar será su libertad, aunque no haya movimiento libre.
 
 
 


Las series son largos ríos en los que, o te dejas llevar o el agotamiento te supera. Esta segunda temporada es superior, en el trasfondo psíquico, que la primera, aunque la primera podía resultar más verosímil, más cercana, más “policial”, el juego de seducción e inducción que despliega Hannibal Lecter con todo aquél que le rodea personal o profesionalmente, se potencia y adquiere dimensiones mitológicas. Un Pigmalión perverso superdotado para conocer, valorar e influenciar en la mente humana para que ésta se libere de tabúes y termine haciendo aquello que desea. Resulta complicado hablar de toda una temporada de una serie sin desvelar aspectos del argumento, incluso hablar de una temporada aislada es arriesgado, el concepto de serie del siglo XXI ha evolucionado hasta formar largas películas de 50, 60, 70 horas, en las que los personajes tienen tiempo de crecer y mostrarse como verdaderos seres humanos y no como meros personajes.
 
 
 
 


El tratamiento visual de nuestro encantador caníbal es uno de los puntos fuertes de la serie, luz y oscuridad planean de continuo sobre las imágenes. Todos los personajes presentan su lado luminoso y su lado oscuro, el permanente juego del gato y el ratón alcanza una lógica aplastante en el desarrollo de la serie y necesita de esos giros argumentales, de esas reapariciones de personajes, de esas piruetas de guión encaminadas a un desenlace electrizante y apoteósico, aquello que parece chirriar en un momento determinado no es sino reflejo de un poder capaz de anticipar los movimientos de los seres humanos comunes. Una inteligencia infinita juega a ser dios transformando sus actos en actos divinos, señor de la vida y de la muerte, te la quito o te la permito disfrutar, nada me coarta para decidir sobre el destino de los demás. Hannibal quiere amigos que le reten, pero ante todo quiere que sus amigos confíen en él y se dejen guiar, pero siempre estarán escrutados, analizados. Como en el plato que Hannibal cocina en el episodio 12, nunca se sabrá quien persigue a quien, porque la serie pone el acento en la persecución que Will y Jack retoman para capturar a Hannibal, pero casi nunca seguiremos las maniobras defensivas de Hannibal hasta que éstas se manifiestan. Es entonces cuando encontraremos la lógica, nuestra mente, menos aguda y lúcida que la de Will, se verá igualmente sorprendida por la capacidad destructiva y seductora del personaje encarnado por Mikkelsen. Para Hannibal todo ha de equilibrarse, traición y castigo, amistad y confianza, vida y muerte.
 
 



 
 
 
 
 

El desenlace de la temporada, anunciado en el primer capítulo como un dilatado y estresante spoiler que va aumentando la atención según se acerca el último capítulo, se abre con una escena en la inmaculada cocina del dr. Lecter, mientras prepara una cena a la que ha invitado a Jack Crawford y a Will Graham, a la llegada de Crawford le sucede un combate a muerte entre el doctor y el agente del FBI, es decir, desde el principio de la temporada sabemos que al final de la misma el caníbal ha sido desenmascarado, pero el cómo y el porqué es el juego al que hemos de enfrentarnos a lo largo de los trece capítulos. Este triángulo de mentes privilegiadas en lo intelectual y absolutamente desarmadas en lo emocional sabe, desde muy pronto, que todos se conocen entre sí, sólo hay que eliminar la duda razonable de Jack, y una vez despejada ésta, se inicia un largo devenir, fluido y opresivo, de cazadores y presa en donde unos son más conscientes que otros sobre quién puede estar cazando a quién. Capítulos que servirán para saber porqué Lecter colocó toda una serie de pistas para incriminar a Graham en la primera temporada, capítulos que servirán para ilustrar las razones por las que Lecter acepta volver a ser nuevamente el terapeuta de Graham, una vez que éste ve sobreseido su caso por la inestimable ayuda de un admirador que demuestra cómo los crímenes que se imputan a Graham no los pudo cometer el colaborador del FBI.
 
 
 


En la exquisitez de la imagen y de la banda sonora se encuentra uno de los puntos fuertes de la serie, esos cuidados y reveladores primeros planos de los rostros de los intérpretes, la doliente existencia de casi todos ellos menos la hierática expresión de nuestro caníbal de cabecera, su enigmática complacencia en ejecutar los actos de dios, su afán por descubrir almas gemelas y su habilidad para convencer a sus pacientes para que lleven a cabo aquellos actos para los que consideran no estar capacitados, sobre todo si esos actos ayudan a Lecter a seguir adelante con sus planes de captación de Graham. Un buen amigo como Lecter es generoso y hace regalos, Lecter tiene preparado un buen regalo a Graham en el desenlace de la segunda temporada, pero la imposibilidad de conseguir en Graham la compañía perfecta “obligará” a Lecter a deshacerse de ese regalo que recolocaría muchas de las piezas dañadas en la mente de Graham tras la muerte de Abigail en la primera temporada. La puesta en escena de la serie es primorosa, ninguno de los ambientes hogareños de cada uno de los tres protagonistas es idéntico, la pulcritud, la excelencia, el buen gusto, el sibaritismo, el lujo, la vestimenta, el “decorado” que acompaña a Lecter es todo un lujo visual, un ejemplo de un personaje que tiene todo bajo control, perfectamente diseñado y orientado hacia el placer de los sentidos, por su parte, el hogar de Will es el hogar de un perturbado, su mente dislocada le impide enfocar serenamente cualquier relación, la obsesión por Hannibal ayuda a olvidar todo lo demás, una casa es un lugar en el que dormir y refugiarse, así aparenta más una guarida que un hogar cómodo y deseable, y por último, el domicilio de Jack es el hogar convencional, el lugar que a todos nos han enseñado que debemos tener para respirar con tranquilidad las horas libres del día, un hogar que se tambalea, que se desmorona porque en nuestra sociedad, siendo la muerte un tabú, cuando uno de los miembros de la pareja agoniza parece que el hogar agoniza con él.
 
 
 
 


Otro de los puntos fuertes se encuentra en el reparto, entran y salen nuevos personajes o se recuperan personajes puntuales de la primera temporada, pero la columna vertebral de la serie lo conforman tres creados con maestría por Mads Mikkelsen (quien iba a pensar que alguien conseguiría empañar el recuerdo del Hannibal de Anthony Hopkins, y para mi gusto, la exquisitez de Mikkelsen supera al original), Hugh Dancy como el analista del FBI con poderes mentales que ha sido utilizado por Lecter y Lawrence Fishburne como un contundente jefe de departamento dispuesto a saltarse la legalidad, con la colaboración de Will, como única posibilidad de capturar al asesino calculador y sibarita que no soporta la grosería ni la mala educación. Alrededor de estos personajes masculinos, con menos peso pero con gran influencia en la composición de los caracteres y de la historia, Carolina Dhavernas como Alana  Bloom, otra víctima más del poder sugestivo del doctor, Gillian Anderson como la psiquatra du Maurier, otra creación perfecta del doctor que jugará un papel decisivo, complejo y no valorado por los perseguidores en el desenlace, Gina Torres en el papel de esposa de Jack Crawford y que impone la carga emocional insuperable en el personaje del policía atormentado e incapaz de superar el reto planteado por el criminal insolentemente perfecto. Y la presencia de Abigail flotando en el ambiente y conduciendo a Will por el camino de la venganza, intentando utilizar las mismas armas que Lecter para desenmascararle o eliminarle. En la persecución del caníbal, con  admirables “tours de force” en diálogos alrededor de una mesa de banquetes o en sesiones clínicas que más son interrogatorios psicológicos, Will va transformándose progresivamente, en la persona que el propio Hannibal quiere, aunque el objetivo sea eliminar al caníbal, para llegar a eso, en alguna ocasión, habrá que comportarse como él.
 
 
 
 


El juego, el combate psicológico entre cazador y presa resulta de tal complejidad que cualquier evidencia en un sentido puede transformarse, por virtud de una palabra o de una decisión, en una vuelta a empezar. Como el árbol que florece a partir de una semilla plantada en el vientre de un bonito cadáver, Hannibal dirige sus acciones hacia el florecimiento, hacia el renacer, y siempre con opciones alternativas y diseñadas por si la preferida falla o cambia su orientación sobre la marcha, el fichero de platos a preparar por Hannibal se corresponde con el fichero de tarjetas de visita de todas sus víctimas comestibles pero, en ocasiones, hay carnes que se presentan de improviso, otras planificadas hace tiempo no pueden usarse, algunas son descartadas desde el principio sea cual sea la razón. Aislando a Will, Lecter intenta conseguir que su única referencia sea el propio Hannibal para que sienta necesaria su presencia, su referencia.
 
 
 
 


Las tramas secundarias, que en la primera temporada, jugaban como mcguffin necesario para conocer el perfeccionamiento y refinamiento de Hannibal y otros psicópatas en el asesinato y el canibalismo, en esta segunda temporada se dirigen a reforzar la relación entre Hannibal y Will. Como he dicho previamente hay giros de guión que pueden parecer forzados en el capítulo en el que se producen, pero al conjuntar las piezas de toda la temporada consiguen dar las respuestas que, inicialmente, parecen apresuradas y de cara a la galería. Cada uno de los personajes consigue actuar como catalizador en algún momento de la serie, ya sea el Dr. Gideon, identificado como el descuartizador de Cheasapeke, o el Dr. Chilton, director del psiquiátrico en quien adivinamos un ascendente que nada tendría que envidiar al de Hannibal, Freddie Lounds la periodista sensacionalista, Alana Bloom, la detective Katz, el hombre-oso………todos y cada uno de ellos aportan respuestas hacia los propósitos del trío Lecter-Graham-Crawford. Y sobre todas ellas la de los hermanos Verger, donde el pulso entre Hannibal y Will llega a su máximo exponente y deja abierta una puerta a la venganza para la siguiente temporada, o la aún en ciernes trama entre los psiquiatras Lecter y du Maurier.
 
 
 


Brian Fuller y David Slade han conseguido un mecanismo perfecto cinematográfico, en vez de presentar los sucesos alejados, como observadores imparciales, nos sumergen en el crimen como una de las bellas artes, la composición del plano enmarcado como un sucedáneo de Hyeronimus Bosch, la recreación del crimen desde la mente de Will, no veremos la acción sino la recreación en la empatía de Will con los asesinos para visualizar sus acciones. Literalmente seremos salpicados por la realidad recreada, una realidad en la que un triángulo de personajes pugna por la primacía, cuando empiece la tercera temporada comprobaremos quiénes sobrevivieron al final apoteósico del capítulo “Mizumono”. Si la serie hubiera concluido ya, tendríamos a un macho alfa que ha diezmado el rebaño de pretendientes a eliminarle, viendo a Hannibal bien acompañado en clase business en un vuelo transoceánico de una compañía francófona, la caza sigue abierta. Y habrá que disfrutar de este delicioso menú, servido con la delicadeza y cortesía de un buen menú japonés, “Mizumono” título del último capítulo significa “postre” y hay que decir que el postre de esta segunda temporada es tan contundente y poderoso que necesitamos de un buen destilado para asumir sus consecuencias, entremos en la cocina de la tercera temporada cuanto antes para que no se enfríen los platos (asesoramiento culinario de José Andrés y creación visual de los mismos de Janice Poon, otro detalle de exquisitez de la serie, en la que nada admite el trazo grueso y el brochazo, ante la sutileza de su protagonista principal que, de nuevo, vuelve a cerrar la temporada ocupando la pantalla con su rostro y su media sonrisa irónica y suficiente).