miércoles, 5 de agosto de 2015

FORT APACHE (John Ford, 1948)

 
FORT APACHE (John Ford, 1948)
 
 
El honor perdido del coronel Thursday.
 
 
El futuro nos libre de cruzarnos en la vida con un superior empeñado en recuperar un honor perdido, un galón arrebatado o una recompensa sin cobrar. También de las personas perfectas y rígidas que anteponen siempre una ordenanza al sentido común. Alejémonos de quienes utilizan las tácticas militares para todas las facetas de su vida. Huyamos del racista, del misógino, del arrogante, del clasista. Puede que de esta manera nos quedemos solos y aislados pero, al menos, no perderemos la vida siguiendo, a la fuerza, a un visionario para el que es más importante la inmortalidad en el recuerdo de los hombres que la vida real que le ha tocado vivir, los cementerios se llenan de héroes mientras los cobardes seguimos disfrutando de algún que otro placer.
 


 
Cuando el ex-general Owen Thursday llega a Fort Apache es una persona amargada, herida en su amor propio, deseoso de demostrar que los burócratas de Washington han cometido una injusticia con él tras la Guerra Civil degradándole de general a coronel y enviándole a una remota guarnición encargada de vigilar que los apaches respetan los tratados firmados con el hombre blanco y permanecen en su reserva desértica. Nunca sabremos los motivos de la degradación, ni del temor, mezclado con reserva y distancia, con el que es recibido por los oficiales del acuartelamiento conscientes de su pasado.
 


 
Owen Thursday (Henry Fonda) no es un bambú, no es flexible sin llegar a romperse, dos obsesiones marcan su proyección de futuro, proteger a su hija Philadelphia (Shirley Temple) y demostrar lo equivocados que estaban quienes pensaban que iban a enterrar definitivamente al coronel en una guarnición perdida, porque en la aspiración del coronel estará aprovechar la más mínima oportunidad para recuperar honores y reconocimientos, a costa de lo que sea, pero siempre dentro del reglamento y de la disciplina militar. La relajación propia de una guarnición de frontera, alejada de todo y de todos, choca frontalmente con la estricta observancia del militar de carrera. En su empeño por transformar a sus soldados en ejemplo de disciplina no encontrará apoyo real por parte de capitanes y tenientes, salvo el joven teniente que llega al fuerte el mismo día que el coronel, hijo de un sargento y que ha estudiado en West Point gracias a una beca del gobierno a hijos de suboficiales condecorados, un “advenedizo” a los ojos del coronel, un oficial sin pedigrí, un oficial de segunda clase que nunca merecerá confraternizar con la élite del ejército por mucha graduación que consiga.
 


 
El personaje de Thursday se hará incómodo y antipático, es el único protagonista que rompe la alegría de vivir del acuartelamiento, una alegría que lleva su propia hija y que provoca su error de enamorarse del joven oficial, indigno a ojos del inflexible padre. Un padre atormentado por su caída en desgracia profesional y por la pérdida de una esposa a la que nunca hará referencia pero que se siente presente a lo largo de todo el metraje. Thursday no sabe vivir ni disfrutar, las obligaciones sociales que le impone la vida cuartelera son eso, obligaciones y nunca un momento de descanso o de disfrute, bailar con la esposa del suboficial jefe es, íntimamente, algo desagradable que hay que hacer para mantener la tradición, pero no una ocasión de confraternizar con quienes han de ayudarte a recuperar el honor perdido.
 


 
Como contrapunto al intransigente coronel Thursday aparece el apacible, conciliador e igualitario capitán Kirby York (John Wayne), el único oficial que intenta hacer razonar al coronel no dudando en enfrentarse a sus decisiones, tanto profesionales como personales, lo que le convierte en blanco perfecto de las ordenanzas. York es un oficial que no duda en beber con sus sargentos, en visitar a sus compañeros, en adular a sus esposas. York se gana el respeto por el afecto, Thursday por el temor. Y en esta galería de personajes principales algo faltaría sabiendo que estamos ante una película de Ford, por supuesto que se encuentra la amplia galería de personajes secundarios que sirven para llenar de humanidad la historia principal, un cuarteto de sargentos que para destruir una partida de whisky infecto destinado a intoxicar a los indios no duda en acabar con él a tragos, o que priman a los reclutas según el bando con el que lucharon en la guerra civil (oh, Victor McLaglen, qué grande eras), un sargento mayor cuya primera aparición en pantalla aparenta la del pastor del regimiento y sin embargo no es más que la del padre emocionado por la vuelta del hijo convertido en oficial (otro de los grandes, Ward Bond), el consabido Doc más aficionado al alcohol de beber que de desinfectar, las mujeres fuertes y preocupadas, que en el cine de Ford no se convierten en el reposo del guerrero sino en seres tan sufrientes como los soldados y tan activas como ellos.
 



 
Hablar de las películas de Ford termina suponiendo una repetición, su dominio del espacio, el, por decirlo de alguna manera, uso del fuera de campo, apenas veremos los combates ni las muertes, las intuiremos detrás de densas nubes de polvo dejadas por la caballería (admirable escena la de la persecución del destacamento dirigido por el joven teniente y rescatado por una carga in extremis de una columna enviada como escolta, la cámara quedará fija en un punto al que se aproximan los fugitivos mientras la columna sigue su avance hacia los apaches, perdiéndose el combate en el interior de la nube de polvo), el soberano control del tiempo y el espacio con la marcialidad unida a la picardía en la escena del baile de oficiales y suboficiales, mitad desfile mitad celebración, anuncio de una despedida en el que la cámara arropa a todo el fuerte dando importancia a todos y cada uno de sus componentes. Reconocer, en 1948, que los indios luchaban por su supervivencia, no deja de ser un testimonio de generosidad por parte de un artista de quien se dice que era conservador por ensalzar la vida militar y los valores tradicionales, pero que no dudaba en fijar el foco del problema en el hombre blanco y en su falta de palabra, falta de palabra que se encarna en el propio coronel, traidor y mentiroso si de conseguir la gloria se trata, dispuesto a engañar al indio cuando el indio ha dejado de creer en el hombre blanco.
 


 
Pocos como Ford para, aprovechando el carácter agrio y obsesivo de Thursday, armonizar el conjunto con necesarias dotes de humor que suavizan el resultado. Los errores de Thursday los pagarán sus subordinados cuando se despeje la nube de polvo dejada al paso de los apaches, previamente habrá decidido humanizarse consiguiendo sus dos objetivos, por un lado, relegando al capitán York de su destacamento está asegurando que el fuerte quede, tras la anunciada masacre, en manos de un oficial experto y conocedor de los indios, un oficial capaz de dialogar y entenderse con Cochise, el jefe apache, y por otro, encomendando al capitán que cubra los suministros ayudado por el joven teniente, asegura que, a su muerte, su hija pueda obtener consuelo en brazos del amado. Thursday salva así las dos cosas que le importan, el fuerte y su hija, al tiempo que recupera el honor perdido tras su degradación, eso si, para conseguir sus objetivos, arrastrará a la muerte a la mayor parte de la guarnición, soldados valerosos y profesionales que no discutirán la orden a sabiendas de su locura, a sabiendas de que la gloria será solo para el suicida que decidió faltar a la palabra dada e intentó, a la desesperada, recuperar alguna estrella perdida y lo único que consiguió es perder el estandarte del regimiento a manos de los insumisos nativos, un militar que demuestra su impericia al pretender vencer al indio con la estrategia de manual de West Point y no se deja aconsejar por quienes conocen el terreno y la forma de actuar del indígena.
 


 
Cuando haya necesidad de ver cine y no encuentren qué, no hay que dudarlo, volver a Ford cuantas veces sean necesarias porque, visión tras visión de sus películas, la emoción aumenta, muchas veces habremos visto esa suicida carga de la caballería y sabemos el final de la misma pero siempre desearemos la vuelta del sargento Beaufort, del sargento O,Rourke, del sargento Mulcahy, del sargento Quincannon, del capitán Collingwood, y desearemos que sus mujeres no permanezcan en la terraza del fuerte viendo a sus hombres marchar al matadero encabezados por un cegado suicida, sabemos que eso nunca va a pasar, pero siempre desearemos que ocurra.