domingo, 30 de agosto de 2015

A BRILLIANT YOUNG MIND (Morgan Matthews, 2014)


 


X & Y, A BRILLIANT YOUNG MIND (Morgan Matthews, 2014)
 
 


A Nathan le pesan la vida y su inteligencia, cualquier lugar que no sea su casa, su habitación, le produce un sufrimiento inexplicable e insuperable. Por eso, cuando Nathan empieza a salir fuera de sus cuatro paredes necesita sentir el peso de su refugio en su espalda. Como un caracol andará por las calles de Tai Pei con una mochila permanentemente en su espalda. Nathan no soporta el contacto físico, no habla, sólo explota su potencial y sus aptitudes mediante fórmulas matemáticas. Es una mente privilegiada para el pensamiento abstracto y la traslación a números de todo lo que sucede en su vida, cuando algo no es formulable matemáticamente el bloqueo es inmediato, o el desinterés.
 
 
 


A Nathan le duele, tanto o más que sus incapacidades empáticas, el recuerdo de una ausencia. Su indudable inteligencia viene lastrada por una situación de semiautismo que le califica de “niño especial y único” desde su infancia. Lo que para todos los demás que le rodean implica incapacidad de relación, para el padre de Nathan no es ningún problema, y no siendo problema es la única persona que consigue relacionarse plenamente con el niño, hablar, jugar, reir, correr. Nathan parece un niño más cuando está con su padre, y un niño asustado cuando está con su madre (Sally Hawkins). En Nathan hay cierto desprecio hacia su madre, y por extensión a todo aquél incapaz de expresarse mediante las matemáticas, ese desprecio no separa a la madre del hijo, al revés, e implica que a Nathan se le busque un tutor específico para explotar sus capacidades de cálculo.
 
 
 


En la relación entre alumno y profesor (Rafe Spall) se suman dos seres incompletos que, inconscientemente, se ayudan, por un lado el profesor afectado de esclerosis múltiple y que empieza a sufrir la devastación física que se aproxima, otro niño privilegiado para las matemáticas en su momento y que tiró por la borda sus facultades en la mezcla explosiva de enfermedad y drogas, y por el otro el alumno incapaz de relacionarse. Esa relación que va asentándose sin que el joven sea capaz de abrir definitivamente su caparazón conduce al elemento del “mcguffin” de esta película, la olimpiada matemática y las fases previas de selección por países que obligan a Nathan a dejar su casa unas semanas y viajar con la selección británica a Taiwan para compartir entrenamiento y pruebas con la selección china.
 
 
 
 
 


En la convivencia, Nathan advierte los problemas de futuro que pueden surgir debido a su personalidad huidiza, entre todo ese grupo de mentes privilegiadas estarán los normales, los divertidos, los gamberros, los frikis, los nerds, pero también algún autista pleno, algún ser auténticamente dolorido e irrecuperable por su condición de “único”. La película opta por el mensaje positivo, por la redención mediante el sacrificio. En el camino una mujer logrará que Nathan vuelva a reir, buscando la fórmula matemática del amor y de la atracción se dará cuenta de que no existe, de que no existen soluciones racionales para el sentimiento, que no todo tiene explicación con una fórmula, y así será capaz de renunciar, de valorar a los que tienen un coeficiente de inteligencia inferior o a quienes odian las matemáticas. En el aparente desprecio hacia su madre se esconde la carencia de alegría, no es la diferencia intelectual con el papel de ingenua que tan bien representa en sus caracterizaciones Sally Hawkins, sino el dolor transmitido de madre a hijo por la ausencia. Quizás la madre sea incapaz de entender, como la inmensa mayoría de nosotros, cualquier problema matemático, pero es capaz de dar respuesta sincera a las dudas del hijo cuando por fin plantea su problema. La respuesta no tiene fórmula, sino que está en la vida, una vida en la que vas recogiendo afectos y perdiendo gente por el camino, pero que si no lo intentas será incompleta. Por eso, en la renuncia a ganar, Nathan obtiene la gran victoria, su mente racional y aparentemente insensible deja paso a lo imprevisible e ingobernable. Las medallas son fugaces, pero una vida dura mucho y una vida sufriendo, se transforma en algo destructivo. Abrir los ojos por la mañana y comprobar que hay otro rostro junto a ti vale mucho más que resolver todos los problemas pendientes planteados por Hilbert, la hipótesis de Riemann o la conjetura de Birch.