viernes, 31 de julio de 2015

WOLFSKINDER (Rick Osterman, 2013)


 
WOLFSKINDER (Rick Osterman, 2013)
 
 

Soy Hans Uwe Arendt, soy Hans Uwe Arendt…….así concluye este claustrofóbico relato que, paradójicamente, se encuentra rodado en exteriores en su práctica totalidad, en el interior de bosques que anuncian siempre el miedo, la intranquilidad de la aparición sorpresiva que acabe con tu vida. Al finalizar la segunda guerra mundial no llegó la paz, sino la revancha. Quien sembró odio e iniquidad por toda Europa, tuvo que soportar que sus supervivientes, sobre todo los que quedaron bajo el control soviético, sufrieran las represalias, violaciones, asesinatos que, durante una década larga, habían previamente infringido o tolerado a otras etnias, nacionalidades o ideologías. La guerra no terminó en Alemania en 1945 con la caída del búnker donde Hitler se suicidó, sino años más tarde cuando los ocupantes decidieron empezar a humanizar su comportamiento respecto al ocupado.
 
 

En ese contexto, es probable que sólo un director alemán contemple la posibilidad de reflejar en imágenes el sufrimiento de una población abandonada y sometida al terror, ya se sabe que la historian se escribe desde los vencedores, y reconocer que el trato dado inicialmente a los alemanes tras la guerra no fue humano puede ser demasiado para según qué conciencias. Fritz y Hans son dos hermanos que sobreviven, con una madre enferma terminal,  en el seno de un territorio a medio camino entre la Alemania consolidada y los territorios ocupados en la germanización de la Europa central, el encargo de la madre es que ambos hermanos, portando un medallón con las fotografías de sus padres, se dirijan a una granja en Lituania donde serán cuidados y queridos. En ese punto de partida el carácter de ambos hermanos queda reflejado en dos breves pero intensos instantes que anuncian quien puede sobrevivir a ese mundo con menos heridas y quien va a sufrir lo indecible ante cada barbaridad, quién será capaz de adaptarse rápidamente a las circunstancias y quien irá marcando muescas en su alma hasta la extenuación. Rápidamente el camino unido de ambos hermanos se ve separado por las circunstancias, no se buscarán, simplemente cada uno sorteará las dificultades a su manera, y nosotros seguiremos a Hans, el mayor, en un camino agotador y sin esperanzas reales de éxito. En ese camino la metáfora del holocausto les perseguirá, atravesando un campo las plantas expulsan unas semillas que parecen ceniza, las jóvenes verán sus trenzas y su melena cortadas como si entrarán, definitivamente, en un campo de exterminio, las vías que se pierden en la lejanía del horizonte rememoran tiempos no tan pasados por los que circulaban convoyes de muerte.
 
 
 

Los lobos solitarios no abundan en la naturaleza, el lobo suele ser animal gregario, por eso en este camino hacia el este, Hans irá perdiendo y ganando componentes de la manada, la pérdida del hermano se sustituye por la llegada de una joven, Cristel, llena de fortaleza y determinación como la que tenía Fritz, se recogerá a otra pareja de hermanos y durante gran parte de la película el cuarteto seguirá su rumbo desconocido huyendo y ocultándose, comiendo lo que el bosque ofrece y lo que la solidaridad, escasa, de los hombres, permite. Es una manada sin macho alfa, los mayores cuidan de los pequeños por instinto natural, no hay jerarquías sino diferencia de edad, más que manada parecerían un rebaño de reses perdidas, unas ovejas recubiertas de piel de lobo para afrontar las dificultades del camino sin perder toda esperanza a las primeras de cambio. Todo está en venta y todo es canjeable, los niños pequeños terminan siendo una rémora en el camino impenitente de Hans hacia Lituania, y la guerra ha dejado muchos hogares sin niños y muchas granjas sin mano de obra, es fácil canjear a un niño rubio por dos manzanas o dejar a otro en manos de un pescador que aparenta ser buena persona, pero también abunda el salvaje en un mundo recién salido de la barbarie, así que Hans no podrá asegurar que sus decisiones vayan a mejorar el futuro de los pequeños.
 
 

En el reencuentro de los dos hermanos, por si lo habíamos olvidado, se remarcan las diferencias, Fritz es un superviviente que no duda en pegar un tiro a un caballo mientras su hermano lo acaricia con tal de disponer de un poco de carne para comer, Fritz ha encontrado una granja diferente a la que la madre pidió encontrar, pero eso le preocupa poco, ha encontrado techo y comida, su identidad vale poco, y su nombre mucho menos, de Fritz ha pasado a llamarse Jonas sin ningún pesar, cansado de vagar y de pasar penurias cualquier lugar es bueno para asentarse. Por su parte, Hans se niega a perder su nombre y su pasado, renunciar a su nombre y apellido es perder lo que es, aceptar la derrota última del perdedor, admitir que no tiene país, no tiene casa, no tiene familia, por eso ha de repetirse constantemente cómo se llama, para no olvidar quien es y lo que ha hecho para llegar a Lituania, porque en ese camino de 1946 descubrió su propia maldad para sobrevivir.