domingo, 26 de julio de 2015

UN ETÉ BRÛLANT (Philippe Garrel, 2011)


UN ÊTÉ BRULANT (Philippe Garrel, 2011)

 

 

Sin pena ni gloria, de tapadillo, de mala manera y con desgana, de vez en cuando llega cine diferente a nuestras pantallas, y con la misma clandestinidad que llega, pasa y no se queda. Vale que Philippe Garrel no llena salas, pase que sus películas son semidesconocidas para el gran público, que habla de parejas, de burguesía y de progresía, a veces de la de salón, de presente y pasado, pero quizás, sólo por la cantidad de textos que provoca, merecería un poco más de atención .

 
Este verano ardiente se cuenta en pasado, con un preámbulo de alrededor de 3 ó 4 minutos en silencio, lo primero que sabemos, de boca de Paul (Jerome Robart) es que “Frederic est mort”, toda una declaración de intenciones para anunciarnos que vamos a presenciar el final de Frederic y el porqué de su decisión, porque realmente, como vemos en la película, no estamos ante una muerte accidental ni una muerte natural. Frederic y Angéle (Louis Garrel y Monica Bellucci) forman un matrimonio de apariencia estable, de acomodada vida en la que Frederic se dedica  a nada, porque se dice pintor, pero quizás lo fue y ahora vive de las rentas pasadas y Angéle es actriz de cine. A poco de comenzar ya podemos darnos cuenta de que esa relación se basa en el autoengaño de creerse perdurable por la simple repetición de comportamientos, y en esa relación entran Paul y Elisabeth (Celine Sallette), que deseosos de convertirse en actores y no solo extras, son invitados a pasar una temporada en casa de Frederic y Angele en Roma, donde ambos se han instalado buscando huir de una Francia agotada (“maldito Sarkozy” dice Frederic en una escena brutal de nuestra sociedad del bienestar) y donde Angele tiene un rodaje.
 


 
 
Como en alguna otra de las películas actuales, una escena en medio de la película, con una canción por medio, marca un hito decisivo en el transcurrir de la historia, si ya en Holy motors o en Los ilusos hemos tenido ocasión de comprobar cómo una canción sirve de ruptura, aquí un baile con una canción demuestra lo separados que están Angele y Frederic. ¿Contenta de hacer de puta? le espeta él a ella, en lo que no deja de ser el sinónimo más claro de fin de una relación, la falta de respeto, celos o sospechas fundadas de Frederic que, sin embargo, puesto ante la evidencia de que él si paga a prostitutas conviviendo con Angéle, le servirá para decir que “en un hombre no es lo mismo”, paradoja de gente tan liberal y abierta que, sin embargo, actúa con un carácter reaccionario en la relación de pareja, a la par machista y celotípico, mientras ella, al consumar su infidelidad con el director que la ha contratado para el nuevo rodaje, reaccionará entrando en una iglesia mientras se celebra una misa. Confesada la infidelidad se produce la ruptura de la pareja, mientras Paul y Elisabeth son testigos de todo ello, y sufren, a su manera, esa situación en su propia relación, Elisabeth por sentirse inferior a Angéle y por ser consciente de que si Paul pudiera, también le sería infiel con ella, Paul por encontrarse entre dos fuegos, ayudar a su amigo y al mismo tiempo sentirse atraído por Angele mientras Elisabeth se da cuenta de esa traición mental que no física. Frederic se dejará abandonar por la depresión, sin esa mujer (Angéle) no habrá otras, el simbolismo de las imágenes permanece, un café derramado sobre la crítica de la película rodada por Angéle, un rodaje de Angéle donde Paul, rota la relación, presenciará cómo en una escena del mismo, Angéle ayuda a su amante a matar al marido, la ruptura por Paul de la biblia de Angéle cuando la encuentra en su casa, tendrá una aparición de su abuelo (también en la vida real, otro Garrel) que le contará cómo escapó de la muerte en la segunda guerra mundial como miembro de la resistencia por un azar del destino, azar al que Frederic no quiere agarrarse porque ha decidido morir, retornando al inicio del bucle y dando sentido a la primera escena de la película.
 



 
 
 Mientras Paul y Elisabeth deciden aburguesar su relación, ante la crisis mantener la unión, ante la ruina tener un hijo, entrar en la rueda del sistema que Paul parecía desdeñar cuando vendía la publicación “Insurrección” y trataba de convencer a Frederic de que nada cambia sin una revolución, mostrándonos a otra pareja de perdedores, de perdedores de ideales, aquellos que precisamente les hizo conocerse en un rodaje donde, precisamente, se reproduce parte de la escena que el abuelo Garrel le cuenta a su nieto de ficción y real.
 


 
Reflejo del ocaso moral de nuestro tiempo, de la falacia de una sociedad comprometida que se ha venido abajo en cuanto se han atacado las bases de ese bienestar ante la aparente inactividad general, salvo pequeños resistentes, pequeños referentes morales e ideológicos que salpican la película para hacernos saber que hubo quien se opuso a los nazis como ahora a los neoliberales capitalistas, pero son tan  pocos que, entre la crisis personal y la social, la mayoría actuamos salvando nuestro propio bote en vez de remar todos juntos contracorriente, contracorriente en la que se mueve Philippe Garrel, algo que le aleja de nuestras pantallas, de nuestras proyecciones privadas, pero que le convierten en otro resistente, aun cuando su mensaje no le compartamos viendo a sus personajes, siempre hay algo atrayente en su mirada, nada de lo que pasa resulta ajeno ni puede ampararse en compartimentos estancos porque todo termina afectando.