viernes, 24 de julio de 2015

THE ACT OF KILLING (Joshua Oppenheimer, 2012)


THE ACT OF KILLING (Joshua Oppenheimer, 2012)
 

 

Si no quedara claro desde el principio de este documental que lo que estamos viendo ha sido verdad, que los sujetos que aparecen en pantalla son los verdaderos responsables y que la Indonesia actual mantiene estructuras paramilitares anticomunistas uno pudiera pensar que se encuentra ante una bufonada, una astracanada, la sátira del crimen o un desbarre absoluto del ideólogo de esta película. Pero no, todo cuanto se nos ofrece en pantalla es verídico, las recreaciones de las ejecuciones son reflejo de lo que sucedió en su momento y las escenas del presente, de esa organización paramilitar que subsiste en la actualidad y que es mantenida y alimentada por el Gobierno. Derrocado Sukarno por sus tendencias filoizquierdistas, con un golpe alentado por las potencias occidentales anglófonas, el nuevo régimen militar sustenta su régimen de terror desde el asesinato masivo y sin responsabilidad de toda aquella persona que pudiera ser sospechosa de comunismo. En la región de Sumatra del Norte donde se desarrolla el documental, con un personaje central, Angwar Kongo, un matarife, un criminal, el jefe de la brigada de desaparición, el gobierno decide que la tarea sucia de crímenes de estado se delegue en los “preman”, en los que se autodenominan “gangsters”, gente que vive aplicando a su vida diaria métodos mafiosos y que de la noche a la mañana reciben el encargo de eliminar personas, del modo y manera que quieran y sin responsabilidad alguna.
 

 
 
 

El gran mérito del director no estriba tanto en conseguir que estas personas se desnuden delante de la cámara y vayan contando sus horrendas hazañas, como si de un juego se hubiera tratado, sino que actúan como presuntos actores recreando sus crímenes, piensan en si su vestimenta y aspecto es suficientemente serio como para ser creíble, involucran a la comunidad (atemorizada por el pasado que representan) en las ficciones, hasta el punto de que los ciudadanos terminan llorando y temblando del miedo al recrear las razzias y los asesinatos masivos porque llega un momento en que dudan de si se encuentran en una recreación o en un acto violento real.
 

Oppenheimer rueda colocando la cámara y dejando a sus “actores” que libremente se expresen, en esa adquisición de confianza Angwar, Herman Koto, Adi Zuldakry….. auténticos genocidas, van cayendo en la red tejida con mucho arte por el director, van confesando sus crímenes, desde una aparente despreocupación hasta el momento definitivo en que Angwar no puede resistir recrear otro ahorcamiento con el cable metálico ni permanecer en el lugar de las torturas sin vomitar. Hemos llegado a la realidad interna del personaje, siente asco de si mismo y de lo que hizo, toda su vida está llena de fantasmas y no sabe cómo va a poder compensar tanto mal que ha hecho, pese a su pose de hombre duro, de poder en la sombra, sabe que aquello que hizo le ha condenado para la eternidad, no tiene la fortaleza de espíritu de Adi, para quien serán crímenes lo que los vencedores digan que lo son, y ellos son los vencedores, ni la simpleza de mente de Herman Koto para quien todo puede ser un juego, incluido el rodaje de la película o su candidatura al Parlamento, durante la que ya está echando cuentas del dinero que puede obtener mediante sobornos y chantajes.


 
Indonesia es retratada como un régimen absolutamente podrido, un país que masacró a un par de millones de sus habitantes para expulsar al comunismo de sus instituciones, que mantiene una pseudodemocracia tutelada sin libertad de expresión y un ejército en la sombra dispuesto a terminar la tarea comenzada a mediados de los 60, una institución paramilitar para la que la vida ajena vale bien poco, que participa, junto con el gobierno, de los réditos del juego ilegal, el contrabando, el tráfico y cuyos líderes se jactan de sus asesinatos. Nos encontramos ante una reivindicación de la memoria histórica pero al revés, los asesinos reivindican su tarea y demuestran que su maldad si que es banal, su odio a los comunistas procede del boicot que el partido pidió de las películas norteamericanas tras el golpe que derribó a Sukarno por el apoyo estadounidense a ese golpe. Los “preman”, los gangster de medio pelo que formaban este grupo vivían de la reventa de entradas de cine, y la reventa desapareció cuando la gente dejó de ir al cine, ese caldo de cultivo explotó en un odio hacia el comunismo convenientemente dirigido por el poder. Psicópatas al servicio de un gobierno y nula conciencia en su actuación, da lo mismo matar, que robar o violar niñas, nadie va a exigir responsabilidades. De gangster de cine a escuadrón de la muerte, viendo películas de Elvis antes de asesinar o torturar, porque salían contentos del cine y no tenían más que cruzar de acera para liberar sus instintos sádicos con la permanencia del recuerdo de la película recién vista en su mente, lo que les hacía “trabajar” con alegría. Dice el personaje en la película “ Hay muchos fantasmas aquí, porque muchas personas fueron asesinadas en este lugar. No murieron de forma natural. No tuvieron muertes naturales. Vinieron perfectamente sanos y cuando llegaron aquí, fueron golpeados y murieron. Al principio los golpeábamos hasta matarlos, pero había demasiada sangre. Había tanta sangre ahí que aun luego de haber limpiado todo, quedaba un olor horrible. Para evitar la sangre, comencé a usar este sistema. ¿Te lo muestro? Tú sientate ahí, mirando para ese lado. Tenemos que recrear la situación correctamente. Así es como se hace sin que salga demasiada sangre. He tratado de olvidar todo esto, con buena música, bailes, sentimientos felices, un poco de alcohol, un poco de marihuana, un poco de, ¿cómo lo llaman ustedes? ¿Éxtasis? Cuando estaba ebrio, volaba y me sentía feliz.”

 
Una cosa me ha enseñado este documental, Indonesia no entra en mis opciones de viaje futuro y menos si los miembros de su gobierno forman parte de la organización mafiosa y paramilitar Juventud Pancasila, es aterrador comprobar cómo los miembros del gobierno no se esconden de las cámaras, ni en sus discursos se moderan por ser grabados para un documental. En un momento dado el vicepresidente se da cuenta de que lo que se acaba de rodar queda extremadamente violento, es el momento previo al asalto a una aldea, los hombres se han estado motivando delante de la cámara, y al terminar de rodar el político se da cuenta de que la imagen que se da es extremadamente violenta y puede ser perjudicial, pero al final le dice al director que no borre la escena, pero que la presente como la imagen de hasta dónde puede llegar Juventud Pancasila para defender Indonesia  frente al comunismo.

 
 

Un documental de horror, punteado por imágenes oníricas donde la presunta belleza que se ofrece no deja de retratar como unos mamarrachos sanguinarios a sus protagonistas, como si Mladic, Milosevic, Karadzic se prestaran a ser grabados en la actualidad. Su cercanía geográfica nos los haría más temibles, pero no por ello estos indonesios son menos sanguinarios. Una verdadera joya de cine documental