lunes, 6 de julio de 2015

NO ONE,S CHILD (Nicije dete, Vuk Rsumovic, 2014)


NO ONE,S CHILD (Nicije dete, Vuk Rsumovic, 2014)
 
 

 FESTIVAL ATLÁNTIDA
 
 

La sombra de “El pequeño salvaje” de Truffaut y de la obra filosófica de Rousseau es demasiado alargada para que esta película serbo-croata pueda despegar desde su inicio, y es comprensible, apartarse del precedente, buscar sendas diferentes, proponer soluciones que nos separen del clásico francés ha tenido que ser todo un reto para el equipo creativo de la película. En este caso el referente truffauniano tenía el viento a favor, el episodio histórico se desarrollaba en pleno periodo revolucionario, la Europa de la Ilustración, el siglo de las luces, mientras esta nueva película, partiendo de otro hecho real, la aparición  de un joven criado entre lobos en los bosques de Bosnia cuando Yugoslavia era la República Federal de Tito en 1988, se desarrolla en un ambiente muy distinto, el de una desintegración nacional en pequeñas naciones por razones étnicas y religiosas, unos hechos que pasan sin que Pucke sepa muy bien qué significan y qué van a suponer, unos hechos que se ven venir en los nuevos odios que surgen en un microcosmos como es el colegio en el que Pucke es recogido.
 
 
 
 


Estamos ante una película donde los pies y las miradas son esenciales, este niño salvaje recluido en una institución para jóvenes abandonados en Belgrado, comienza su aprendizaje y su introducción en la sociedad de la manera más predecible. Aparecerá el tutor que se preocupe por intentar revertir una situación de absoluta animalidad en el niño y el compañero de centro que se preocupará por él y por irle enseñando. Así, a la tónica mayoritaria de burla y de desinterés de los tutores, se abrirán en Pucke pequeñas alternativas para convertirse en humano, aunque, ¿qué es y qué supone convertirse en humano?. Convertirse en humano es, como revela la cacería de las escenas iniciales, acabar con la “familia” del niño para rescatarle y recluirle en una institución mientras es domesticado. Esa forma de recuperar al salvaje adelanta la idea central de eliminar al diferente, de exterminar lo que no se pliega a la situación dominante. Frente a frente, acostados en el suelo de un transporte, el niño mira la faz inerte del lobo muerto con el que se encontraba cuando es recuperado, es el primer, pero no el último, baño de realidad dolorosa al que Pucke se va a ir enfrentando.




 


 
 
 
Pies y calzado significan la domesticación, la eliminación de la parte salvaje del niño para presentarle como un ser recuperado. Obviamente la inteligencia está intacta y el aprendizaje es rápido una vez que Pucke entiende irreversible la situación e imposible su vuelta al estado de naturaleza inicial. No obstante, aun calzado y vestido mantendrá una posición, un movimiento, una forma de acurrucarse que mantiene en letargo su estado animal y salvaje, años de caminar sin calzado, años de andar a cuatro patas, de mantener una posición sumisa con la cabeza gacha frente al líder de la manada pero con la mirada vigilante de quien no puede ser sorprendido, diferencian a Pucke del resto de niños con los que convive. Puede parecer que mantiene una forma descoordinada y torpe de movimiento, pero sólo en apariencia, porque sus reacciones son rápidas y determinantes, incluso son de lo más previsibles en un entorno hostil donde hay que marcar un territorio, algo que para un animal salvaje forma parte de su naturaleza.

 
 
 
 


Y sin embargo, es en el tramo final de la película cuando el shock que provoca la situación de guerra civil y declaraciones unilaterales de independencia termina provocando la reacción desesperada de Pucke. Reclamado por las autoridades bosnias como nacional que se encuentra en una institución extranjera, su periodo de formación se interrumpe, su habitat es nuevamente vulnerado, sus rutinas obligadas a modificarse, su pequeño trabajo como ayudante de zapatero abandonado, su atracción hacia una joven que abandonó el centro para dedicarse al mundo de la noche y de la prostitución interrumpida. “¿Para qué has venido Pucke?” pregunta la funcionaria de servicios sociales a la que se presenta, buena pregunta para quien no tiene más respuesta que encogerse de hombros, no fue él quien pidió volver, en todo caso, y la nave en que es aparcado motiva al chico a buscar una salida más confortable, para empezar volver a escapar y dirigirse a esos bosques nevados que tanto le reconfortan y que tan bien conoce, los mismos que vió al partir hacia Belgrado en estado de semiinconsciencia motivada por los tranquilizantes y que ha vuelto a ver al regresar en tren a su antigua casa. Esa vuelta al hogar le enfrenta al horror de la guerra, a ser reclutado a la fuerza en el bando bosnio gracias a que su nombre le identifica racialmente como musulmán o descendiente de musulmán, algo que evita su muerte inmediata en una carretera aislada. Esos últimos diez minutos enfrentan a Haris “Pucke” con la pregunta de imposible respuesta ¿quién soy? ¿por qué estoy aquí? ¿qué hago disparando y a quien?. Una identidad maltrecha de origen que termina por desaparecer, una identidad que revierte y conduce a Haris a su único hogar, a abandonarse de nuevo tirado en el suelo nevado, a buscar al lobo, a su verdadera familia, mucho más humana que la naturaleza bestial del género humano que ha conocido. Al menos el lobo mata por una razón mientras el hombre no necesita de razones para ser violento, lo es por naturaleza, al final del camino la libertad de Pucke es volver a ver al lobo mientras tendrá que preguntarse para qué sirve haberse convertido en hombre.