lunes, 13 de julio de 2015

MELANCHOLIA (Lars von Trier, 2011)


 
MELANCHOLIA (Lars von Trier, 2011)

 

Sin duda la más bella de las películas de Trier. Director preocupado por la forma pero no por la belleza de la imagen de sus películas, director de conceptos, más que de imágenes, amante de la cámara nerviosa y el plano cortado y hasta descentrado (el summum fue la tontería de “El jefe de todo esto”), con “Melancolía” da un salto hacia delante y demuestra ser capaz de encajar lo esteticista en el seno de una historia de desgarro personal, donde lo bello no está reñido con lo trágico. Esos 10 primeros minutos de película pictórica, pequeños cuadros en una especie de slow motion con  actores humanos y con la música de Wagner y su Tristán e Isolda, preludian el fin del mundo. Un fin del mundo que, si se veía venir en 2010, ahora, un lustro después, ha de imaginarse que, realmente, estamos todos muertos pero no nos hemos enterado todavía. La belleza de esas imágenes iniciales contiene, aparentando un sueño, una impresión surrealista, uno de los más enormes “spoiler” de la historia del cine, el inicio cuenta el final, solo quien ya ha visto la película lo advertirá, pero la recreación del cuadro “Ofelia” sólo sirve para decirnos que la novia está muerta.
 
 
 


2010-2011 fue un año de cine terminal, varios directores tan variados como Abel Ferrara, Jeff Nichols, Mike Cahill o Lars von Trier, situaron sus películas en la vorágine de una amenaza de fin, de extinción de la raza humana, pero con propósitos muy alejados al de las películas de catástrofes y efectos especiales, como ecosistema límite en el que valorar las reacciones, relaciones y complejidades de la psique humana puesta al límite de su resistencia. Von Trier, cuyo cine puede ser discutido, puede ser repudiado o admirado, realmente complejo o artificiosamente complejo en la preparación de esas atormentadas figuras humanas, pero a quien no puedo negar su carácter virtuoso (no referido a la virtud humana sino a la creadora) en el retrato de personas y sus deficiencias, en esta Melancolía decide unir el virtuosismo para evocar imágenes de profunda belleza, y también, haciendo honor al título, de profunda melancolía.
 



 
 
 
 

Porque la melancolía del título no sólo afecta a Justine, sino que va extendiéndose paulatinamente a todos los personajes de esta película que comienza en su primera parte como un “remake” de la celebrada “Festen” de Vittenberg, pero que termina en prolongado y turbador epílogo de magna belleza y terrenal apoteosis de la nimiedad de la vida, de la sublimación del amor romántico a la realidad de un matrimonio por imposición y sin quererlo, del descarnamiento de una mujer arrasada por la tristeza a la superación del miedo por la aceptación del final. Una película de mujeres donde los hombres sobramos, pequeños y ridículos, esquemáticos y simples, los hombres de Melancholia ni sirven ni ayudan, son necesarios pero su tamaño psicológico es minúsculo en comparación con las dos grandes heroínas de la historia, cuyos papeles van mutándose a lo largo de la película, Justine y Claire, Kirsten Dunst y Charlotte Gainsbourg. El reto que asume Trier con Dunst ésta lo devuelve con creces. Hay películas que con la simple presencia de un actor se justifican, pero hay películas que sirven para terminar de contemplar la magnífica presencia de un actor que, hasta entonces, o no has tenido en cuenta o has despreciado. Y el papel de Dunst ni es fácil ni está rodeado de malos acompañantes de reparto, Stellan Skarsgard, John Hurt, la Gainsbourg, Charlotte Rampling, Kiefer Sutterland rodean a la novia que no quiere serlo en los últimos días previos a un fin del mundo que nadie quiere asumir, que nadie quiere reconocer como inevitable, y en ese acompañamiento la interpretación de la joven se transforma en pura delicia visual, en pura delicia de sentimientos con la mirada y el rostro, en el desmadejamiento del cuerpo, en la ira de la fusta, en la contemplación de un planeta que se acerca para cobrarse sus víctimas.
 




 
 
 
 
 
Tener miedo de vivir es tan humano como cerrar los ojos para no mirar lo evidente, en el paso de los días el miedo a vivir, a ser feliz de Justine, se transforma en la tranquilidad de quien, por fin, no habrá de preguntarse diariamente cómo y con quién afrontar el futuro. Al mismo tiempo, la seguridad y frialdad de Claire, su necesidad de tener todo lo que le rodea controlado unido a la falsa armonía que otorga el dinero de su marido, se viene abajo. Nada sirve ante la inmediatez del fin, no hay bien material que permita afrontar sin miedo el impacto inevitable. La melancolía que no queremos admitir como consustancial al ser humano termina abalanzándose sobre nosotros en una masa incandescente que hace estallar el planeta como una bala una manzana. Ni hay tiempo ni posibilidad de poner en orden mente y cuerpo, lo mal hecho, hecho está, lo huido, lo temido, lo despreciado, quedará en nosotros de manera permanente. ¿Cuál será el último pensamiento, para quien el último recuerdo, a quién el último beso? Las últimas horas de Justine son las del héroe que sabe afrontar su destino, las de Claire las horas del miedo, la de quien no quiere perder  lo material ni la seguridad de su refugio. Claire, como los caballos que monta con su hermana, acepta el futuro sin oposición, su depresión, su melancolía persistente, tiende a desaparecer en cuanto los síntomas de desastre planetario son irreversibles, una tranquilidad de último momento invade su espíritu, ese espíritu autolesivo que la ha acompañado durante su vida. Paralelamente, su hermana, va incorporando a su seguridad, la duda y la incertidumbre, su mundo se derrumba y no está preparada para ello, su muerte es injusta porque no ha pensado en ella y se encuentra fuera de sus parámetros calculados. Su serenidad se transforma en desesperación y huida, pero ¿dónde vas a huir si solo la magia puede salvarte? Su eterna planificación no tiene sentido cuando nada va a ser duradero, su control de todas las situaciones se viene abajo ante la inminencia de algo inevitable.
 
 
 
 


Claire y Justine son, al tiempo, la Tierra y el planeta Melancolía, en la destrucción de ambas y su fruto, en este caso el niño, está la salvación, en esa descomposición de la materia ambas hermanas se fundirán en una ola de fuego desmembrador que las unirá definitivamente, mientras en vida han sido una antítesis incompatible. Esas manos que se unen son el abrazo definitivo que transforma en una a las dos mujeres cuando ambas han pasado por los mismos episodios psicológicos en sus vidas, por eso Justine se entregará metafóricamente al planeta que se acerca en una de las escenas más eróticas del cine reciente, absolutamente desconocida en la filmografía anterior y posterior del director danés, ese baño de luz nocturna mientras el planeta se va aproximando en el horizonte con el cuerpo tendido y desnudo de Kristen Dunst es una declaración de amor hacia ese planeta que se acerca y la va a salvar, como al tiempo, la Claire de Charlotte Gainsbourg tiende a rechazar lo terrenal, a huir de lo material buscando un refugio que no existe, a hundirse en una melancolía sin solución.
 
 
 
 


Junto con Las olas, mi película favorita de Lars von Trier, una película llena de sensibilidad, de femeneidad, de desprecio a lo masculino en su inanidad, una película de belleza portentosa que se sostiene sobre una sólida argumentación conjuntando a la perfección todos los elementos que participan de una gran película, gran historia, gran guión, grandes intérpretes, bella fotografía y aparatosa música para un final de la vida. Casi nada ha cambiado desde 2010 hasta ahora para mejor, y el mundo sigue, pero este mundo no es nuestro, sino de ellos