miércoles, 29 de julio de 2015

KUMIKO, THE TREASURE HUNTER (David Zellner, 2014)


 
KUMIKO, THE TREASURE HUNTER (David Zellner, 2014)
 
 
 


Si no te gusta tu vida, invéntate otra, si no te gusta la gente no hables, si te enferma lo que te rodea busca un tesoro oculto antes de que te mires al espejo y te des cuenta de que has perdido la ocasión de vivir. A Kumiko ni le gusta su vida, ni su trabajo, ni su jefe, ni su madre. Perdida en la inmensidad de un barrio de Tokyo, sus pasos cortos, arrastrando los pies, con los hombros caídos, mirada al suelo, son los de una persona con la determinación perdida, una náufraga rodeada de millones de personas a las que no se puede recurrir por falta de empatía o porque, previamente, eso no lo sabremos, te han decepcionado.
 
 
 
 

“Kumiko” es eso y también es un homenaje, en “Kumiko” una película sirve de excusa para crear otra, deconstruyendo Fargo, los hermanos Zellner, con la asistencia de producción de Alexander Payne y la sugestiva y sugerente música de The Octupuss Project, realizan una película oriental que sobrevuela un relato que pierde altura cuando se desplaza al nuevo mundo, pero sin perder interés. En Kumiko absorbemos la herencia de Hou Hsiao Hsien en “Café Lumiére” y el espíritu de los personajes jóvenes de Kore eda en sus relatos tokiotas, pero la inspiración suprema de los Zellner se encuentra en una película de los 90, en un relato de la naturaleza humana más infame como es “Fargo” porque a raíz de la película de los Coen se deconstruye un personaje y se crea una historia, aunque bien es cierto que nunca terminaremos de saber dónde empieza la realidad  y donde la fantasía, donde la creación artística y dónde la recreación de un suceso con ciertos posos de realidad.
 
 
 
 

La vida de Kumiko es tan insatisfactoria que se inventa otra, se cree una persona con una misión especial, la de ser una nueva descubridora como los españoles del siglo XVI, “cada uno tenemos nuestro camino” es un referente budista tan palpable que no debería sorprender al jefe abúlico y sin nada que hacer, que intenta motivar a su empleada para que forme parte de un universo uniformado en el que muestre su deseo de progresar. Para Kumiko inventar una mentira es el paso necesario para rehacer un puzzle al que le faltan demasiadas piezas como para completarse, Kumiko encuentra, al principio de la película, una copia en video escondida en una cueva, y enterrada, de “Fargo”. Cuando la película empieza con los rótulos deterioradas de “esta película se basa en una historia verdadera”, los Zellner nos descolocan porque no sabremos si la historia verdadera es la de Kumiko o la que sirvió a los Coen de excusa para rodar su película del Medio Oeste, quizás, y para eso está internet y el gran hermano, sea todo un poco cierto, que los Coen se basaron el la realidad para transformarla y que los Zellner adaptaron un suceso con dotes trágicas de realidad para recrear las últimas semanas de una hipotética Kumiko.
 
 
 
 

Los minutos nos ayudarán a entender la personalidad de Kumiko, sus tesoros y su búsqueda no deja de ser la búsqueda de un horizonte vital necesario para afrontar un nuevo día. Sola, sin amigos, con una madre que recuerda vía telefónica sus continuos fracasos personales, la mente de Kumiko oscila entre la paranoia y la alucinación, asumiendo que la maleta que Steve Buscemi entierra en las nevadas praderas de Minnesota en “Fargo” es real y sigue esperando a su descubridor, ese tesoro es la meta a alcanzar. Encontrar el tesoro, como para Lope de Aguirre el “Dorado”, se convierte en la misión salvadora de Kumiko. Abstengámonos de exigir verismo a lo que se cuenta, ello es necesario porque si no fuera así, desde la primera escena, onírica, surrealista, quedaríamos cortocircuitados y ajenos al personaje, una mente sensible y necesitada de propuestas puede permitirse licencias poéticas en la creación de su relato. Todo sería más sencillo y prosaíco si Kumiko, como miles de japoneses todos los años, se suicidara en silencio en una solitaria habitación rodeada y atestada de efectos personales, para no llegar a ello, Kumiko necesita inventarse una historia de superación, la búsqueda y el hallazgo del tesoro que de sentido a lo vivido, al menos. para tranquilizar la llegada de la muerte, sus andares alienados, su presencia lúgubre y entristecida nos recuerda a un fantasma, más cuando se envuelve en un edredón y deambula con un objetivo, pero sin rumbo, por los helados paisajes de Minessota.
 
 
 
 

La soledad de Kumiko nunca sabremos de donde procede, vivir con un conejo no la convierte en Alicia para permanecer en un país de maravillas, ni las madres han de ser seres angelicales y comprensivos, bien pueden ser castradores y exigentes, hasta chantajistas y ventajistas. Renunciar al apego no le va a resultar difícil a nuestra protagonista, apenas un ser la mantiene con los pies en tierra y con obligaciones que asumir. Esa primera mitad de película en Japón es notablemente precisa y sugerente, algo que no alcanza en su segunda mitad con el desplazamiento a Minnesota para buscar el emplazamiento donde el tesoro espera la llegada de su descubridor, no en balde esa parte se titula “llegada al nuevo mundo”, la referencia epopéyica es patente y no se oculta, en la historia americana la película está a punto de perder pie en su absurdo y en lo hasta ilógico de las situaciones, si reproducir los personajes y situaciones de los Coen fuera tan fácil el estilo de estos no sería tan particular y reconocible, en el viaje de Kumiko hacia Fargo precisará de la solidaridad humana, justa y necesaria para alcanzar el objetivo, ayuda que procederá, justamente, de uno de esos policías absurdos y solitarios que patrullan por carreteras perdidas, otro ser acostumbrado a la soledad y a enfrentarse a seres destruidos y expulsados como Kumiko, como previamente el vigilante de la biblioteca de Tokyo que, asustados igualmente por su vacío existencial, comprueban lo poderoso de un ideal por alcanzar en una persona que, una vez pierda esa posibilidad, terminará de caer en el pozo para siempre.
 
 
 


“Si fuera un documental sería real, es una película normal, de ficción, no es verdadera”, declaración de intenciones sobre el cine y sobre esta propia película que el personaje del policía intenta hacer comprender a la mujer japonesa, triplemente perdida en un lugar y cultura ajena, perdida porque toda su vida es renuncia y ausencia, perdida porque se ha desplazado 10000 kilómetros para no encontrar el paraje que busca y perdida triplemente porque su conocimiento del inglés le impide llegar a comprender lo que las personas con que se relaciona le indican. La fábula termina como se presume, pero no como las imágenes cuentan, recordemos que nada es real, que Kumiko atraviesa un lago helado sin necesidad de barca, hace demasiado frío para que Caronte espere a una mujer que quiere cruzar al otro lado desde que abandonó su hogar y su mascota, pero esos diez últimos minutos en los parajes de Fargo, en las imposibles e inhabitables extensiones nevadas, recuperan una belleza visual digna de elogio, porque si algo no falla en la película en ningún momento es la imagen, la imagen frágil de una mujer en plenitud de cabezonería, sea cual sea el fín, que la misión se cumpla y se vuelva a demostrar que el cine es tan real como queramos creer que es verdadero lo que se nos cuenta, para Kumiko creer en una película significa recuperar la dignidad de su existencia ninguneada y despreciada, para  nosotros puede suponer una vivencia exagerada desde la comodidad del sillón, pero, ¿podemos decir que no es real? Quizás no sea verdadera, como apunta el policía, pero no por ello pierde realidad la historia de esta Kumiko, libremente adaptada de un suceso real, que no verdadero.