lunes, 15 de junio de 2015

VIOLET (Bas Devos, 2014)


 
VIOLET (Bas Devos, 2014)
 
 

Hay tantas ganas de encontrar nuevas miradas, de huir de lo visto y revisto que, a poco que alguien sea capaz de enfrentar situaciones muy utilizadas desde un plano estético y formal personal, conseguirá captar la atención del espectador y de un sector de la crítica necesitados de nuevas referencias, y es posible que Devos sea uno de esos cineastas prestos a deslumbrar si consigue nivelar dolor y aridez. La maestría visual ya demuestra con ésta su primera película que la domina sobre manera, la narrativa vuela muy alto en muchas ocasiones, pero en otras pierde altura, algo normal porque el reto es enorme, contar un desastre sin apenas palabras, mezclando formatos visuales y dejando la historia en manos de la interpretación del espectador , huérfano de referencias. Para esto sirve año tras año, y van cinco, el festival Atlántida que se puede ver en internet en la plataforma filmin hasta el 9 de julio, para descubrir nuevos talentos y para denostar a otros que se ofrecen como tales y no se lo merecen.
 
 

En los primeros cinco minutos de película se concentran todos los condicionantes de la misma, una cámara de un circuito cerrado de televisión en unas galerías comerciales va recogiendo las imágenes de dos parejas de jóvenes, una la de Jesse y Jonas, otra la de los amenazantes que esperan una presa. Según se acerca el cruce entre ambas parejas la imagen va alejándose, como tomando distancia ante la inmediatez de un hecho que afectará a la intimidad de todos los partícipes y de los que no están presentes, en el fondo a nadie le gusta la violencia extrema en primer plano, así que nos alejamos como lo hace el propio vigilante, ausente en el momento del drama. El único testigo del hecho, Jesse, compartirá con todos los espectadores la tragedia de la situación y el dolor de la inacción, de la reacción gélida, estatuaria, inmóvil de Jesse viendo a su amigo desangrarse en el suelo. La cámara se ha alejado todo lo posible y la programación del sistema cambia la orientación para pasar a enfocar pasillos vacios, sabemos que lo importante ocurre en otro enfoque, en otro cruce, pero la máquina no puede suplantar la voluntad del hombre. Cuando ese encuadre cambie pasaremos al lugar, una cámara a ras de suelo enfocará a Jesse mientras Jonas intenta levantarse una y otra vez hasta que llega el silencio.
 
 

A partir de entonces asistimos a la desintegración de Jesse, de víctima a culpable, de ayudado a repudiado, el carácter ya de por si huidizo y tímido se transforma en una cámara sellada a la que nadie puede acceder. Es su interior el que está en ebullición recordando una y otra vez lo sucedido y culpándose por su reacción, ¿quién de nosotros sería valiente o cobarde?, ¿quién se enfrentaría a dos enemigos mayores u optaría por someterse para evitar males mayores?. El grupo de amigos de Jesse intenta ampararle pero poco a poco ese grupo se va resquebrajando, como la entereza de Jesse, quien es retado sucesivamente por parte de aquellos que le recuerdan que no es bienvenido. Frases cortas y secas, puñaladas afectivas tan mortales como la que sufre realmente su amigo al inicio de la historia. Jesse ha sido condenado a vagar infeliz y solitario por no seguir el camino de su amigo ausente, y al tiempo seguirá siendo incapaz de articular una sola palabra a raíz del hecho, ni una referencia, ni un desahogo, ni una explicación.
 
 

Los padres se sentirán igualmente desamparados, afortunados por el resultado pero conscientes del derrumbe del joven adolescente, como los padres divorciados del muchacho muerto, a los que Jesse intentará visitar pero donde terminará él siendo el consolado en vez de los doloridos padres. Pero la grandeza de la película, más allá de este estilo de vida de jóvenes belgas que parecen sacados de una película de adolescentes americanos, con su pasión por las bicicletas BMX, por los circuitos de cross, en urbanizaciones miméticas a tantas otras pero que siempre hemos identificado con el “imperio”, se encuentra en la imagen, el sonido y la luz. Y se podrá decir que la película parece una mezcla de Gus van Sant con la cámara siguiendo a los personajes en estilo Dardenne, y a lo mejor es verdad, a lo mejor simplemente hemos cambiado a los “skates” de Paranoid Park por estos ciclistas, pero siento que no, que hay verdadero arte en las imágenes de Devos, hay un sentimiento notable y sensacional en el retrato huidizo y en deconstrucción de Jesse, un relato que no necesita palabras cuando las imágenes retratan a la perfección una situación.
 
 

Habitaciones vacías tenuemente iluminadas que representan la ausencia, el vacío, el dolor, rostros en penumbra que tanto ríen como lloran, pero cuyo entorno se adivina oscuro, el grupo como apoyo pero también como desamparo. Contiene la película escenas de belleza absoluta, marcadas por el dolor, como el primer paseo en bicicleta con todos los integrantes, un paseo que se repite, cámara en mano y sin ciclistas, al final de la película en un tour de forcé espléndido, en un amanecer que aventuraba ruina y que deja abierta la puerta a un mínimo de esperanza, una bicicleta tirada en medio de una calle de una urbanización y un padre que acarrea con su hijo adolescente y le hace entrar a pie en casa, una cámara que se pasea en soledad por los escenarios de la catástrofe mientras la luz del día se intensifica poco a poco. La casa se transforma en refugio, no sabemos si suficiente o no, pero frente al onírico paseo de dos bicicletas y un solo ciclista, seguido al ritmo de una banda sonora introspectiva y dolorosa, que no deja lugar a dudas sobre la tremenda soledad del personaje, con una fotografía inmensamente bella y fulgurante, el último momento de la película representa el lugar en el que está y estará siempre el apoyo incondicional y sin fisuras, sin juicios de valor, aunque quizás para Jesse no sea bastante ni suficiente y precise cambiar de aires para olvidar, o intentarlo, la presencia de una ausencia y las consecuencias de no actuar.